LEMBRANZAS

A LIBRETA DE MAN, DE MAN EN MAN

¿Quen non recorda aquela pequena e entrañable libreta que o famosísimo Alemán de Camelle ponía a disposición dos visitantes do seu museo para que deixasen nela, como testigo da sús visita, un debuxo, unha frase ou o que se lles pasase pola cabeza ó admira-la súa obra?

Pois ben, con motivo do primeiro aniversario da morte de Manfred Gnädinger, nace a iniciativa de crear unha libreta que viaxará por Galicia recollendo palabras e debuxos na honra da obra de Man.

O primeiro en escribir na libreta foi o actor Miguel de Lira, que participou no memorial celebrado durante o pasado Nadal en Camelle. Trala súa viaxe, a libreta será gardada no futuro museo adicado á obra de Man


Polo de pronto finisterrae.com quere sumarse a dita iniciativa poñendo a disposición dos navegantes unha libreta virtual na que podes deixar as túas mensaxes e debuxos.

Se queres deixar a túa mensaxe, pulsa na libreta de MAN.

Se desexas máis información podes escribir un e-mail a manporman@finisterrae.com.

 

Estamos aquí,

MAN ,

estás aquí.

 

As ondas do teu profundo sono

.......acercáronnos,

.........trouxerónnos,

!tocáronnos¡.

 

Os ventos,

van e veñen,

como a xente

vai e ven.

Pero tí estás a quedar

para sempre

entre nós,

para sempre.

 

¿Qué decir?

¿Qué falar?

¡Si escoitáramos as pedras,

as gueivotas, os peixes, as algas,

a mar!

!Si os escoitáramos¡

Falarían daquela certa maneira

dos que falan seu falar,

hoxe, agora, sempre,

sen parar.

! MAN ¡

Estamos aquí,

! MAN ¡

estás aquí,

para quedarte,

para sempre

entre nós,

...para sempre...

 

Solicitamos a todas aquelas persoas que teñan algún material gráfico, literario, ou de calqueira outro tipo relacionado con MAN e queran colaborar na súa lembranza nos envíen esa información a este correo.

ALÁ, AQUÍ.

HAI AIRES QUE CHEGAN UN DÍA
HAI AIRES QUE UN DÍA SE VAN,
XENTES QUE PARA SEMPRE QUEDAN
NA IALMA DO SEU LUGAR.

HAI HOMES QUE SE CHAMAN MAN
MAIS POUCOS QUEDAN XA,
O RASTRO QUE AO SEU PASO DEIXAN
E GUÍA CERTA DO NAVEGAR.

ÍNDICE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Es un hombre o una piedra o un árbol el que ha sido extinguido

Grupo Surrealista de Madrid

http://tectonicablog.com/?p=59519

Man.Camelle 30 de noviembre de 2012

Man, Manfred Gnädinger, alemán de origen siempre tuvo ambiciones artísticas y una percepción diferente de algunos aspectos espirituales.

“Queridos Waldtraud y Roland: os escribo con gran preocupación. Me siento mal por haber tardado más de cuarenta calendarios en dar noticias mías (…) La verdad es que cada vez tengo menos ganas de escribir, el silencio se acerca (…) Los seres humanos precisamos toda una vida para ponernos de acuerdo con nosotros mismos, y la mía toca a su fin. La mía, que yo siento perdida, como si nunca, nunca hubiese sido escrita (…) Lo importante es que cada uno viva como desee: los tipos raros como tipos raros, y vosotros tal y como sois, para mi dicha (…) En realidad escribo más de lo que parece por mis cartas, pero ello me lleva una eternidad, y además no es para vosotros sino para la posteridad”. “Si realmente queréis entenderme”,(…), “mirad una foto vuestra, en familia, y comparadla con la de mi museo y yo juntos”.”

Manfred Gnädinger.

Man Ultima carta escrita, dirigida a su hermano. Fragmento. Abril de 2002.

Publicado por X.Abeleira en El País. 3/12/2008

Quien era Manfred Gnädinger?, quien es Man? Para los que somos de Coruña , me refiero a la provincia y tal vez no a toda, Man era un personaje que un buen día ocupó su lugar y el rumor de su presencia, de su extravagante, excéntrica, extranjera, extraordinaria presencia, nos fue llegando sin darnos cuenta.

Hablar del alemán de Camelle era como hablar del sol que trae el nordeste. Me explico, era algo que se sabía, que estaba asumido, era parte del vivir cotidiano. Estaba ahí, siempre ahí, como las rocas. Ir a ver a Man se convirtió en una excursión habitual: “rapaces mañana vamos a Camelle, a donde el alemán”. Por momentos se convirtió en una atracción, en una curiosidad, en excursión familiar.

Casi en una tradición, como ir a ver “a pedra de abalar” a la vecina Muxía. Su personal manera de vivir, decididamente libre de límites que no fuesen los por el mismo afirmados, desconcertaba a la vez que fascinaba. Asombraba la libertad de Man. Inquietaba su renuncia de anacoreta. El ver vivir a Man, que habría su casa-museo a todo aquel que lo deseaba, con la simple condición de hacerle un dibujo y darle dos cuartos, era mirarse en un espejo bañado de salitre. No se acababa de definir , de encajar bien lo que se veía. Aparentemente un hombre libre.

Después, el 19 de noviembre de 2002, llegó el desastre del Prestige que sumergió el lugar de Man bajo un mar de chapapote. El 28 de diciembre, al alba, fallecía de un trombo. Hay quien dice que de tristeza al ver destruida su obra, su hogar. Cierto romanticismo facilón, de radionovela, enturbió siempre el conocimiento de la realidad construida por Man. El personaje, o mejor dicho ,los distintos personajes con que se le fue etiquetando: man el hippie, man “ o tolo” ( loco en gallego),man el nuevo Robinson Crusoe, man el solitario, man el personaje mediático, man el ecologista, man el muerto de pena tras el naufragio del Prestige,… han ocultado la verdadera dimensión y significado de la obra y vida de Man. Aunque tal vez sean parte de esa misma obra que es el mismo.

Manfred Gnädinger nacido en Radolfzel, Alemania, en 1936 ,llega a Camelle a principios de los sesenta donde se instala. Allí, hasta su fallecimiento, desarrolla un proyecto vital y artístico todavía desconocido en toda su dimensión. Una obra de marcado carácter espiritual, absolutamente multidisciplinar, dibujo, pintura, gravado, fotografía, video, land art, body art, fotocopia, collage, instalación, arquitectura, literatura,… abierta a experimentar con los distintos soportes, a manipular todo aquello que llega a sus manos. Siguió con tozudo tesón un camino de renuncia sin límites, en una búsqueda constante, obsesiva, de su autosuficiencia, de si mismo.

Poco a poco el interés por la obra va abriéndose paso a través del propio personaje.

Lentamente la obra de Manfred Gnädinger se va imponiendo y dejándose ver en todo su valor artístico. A esta corriente, a esta “teimuda”*1 mar de fondo, se sumó Obradoiro en su número 34 . Ahora queda estudiar la obra, catalogarla,… decidir como conservarla y exponerla. Saber que se debe hacer con el lugar que habitó y construyó no va a ser fácil. Las alternativas: restauración, mantenimiento, o tal vez dejar hacer a la erosión; que el sol, el viento y la mar cierren el círculo efímero de la existencia trazado por Man…. *1 En gallego:- terca Texto de Carlos Pita. Publicado en la revista Obradoiro

Man na WIKIPEDIA: En francés. Fai referencia a os documentáis e films realizados sobre a súa persona.

Cronica: El agonizante legado de Man de Camelle

Los restos de las esculturas de Man, azotados por la tempestad tal y como antes lo fueron por la brutalidad humana y la desidia de las autoridades.

 

 

http://www.que-leer.com/16943/cronica-el-agonizante-legado-de-man-de-camelle.html

En diciembre se cumplieron diez años de la desaparición de uno de los personajes más carismáticos, marginales e incomprendidos que han pisado la geografía gallega: Manfred Gnädinger, “Man”, el alemán de Camelle; un hombre solitario, único y pintoresco que sólo supo vivir como quiso y morir cuando creyó que debía hacerlo. Por desgracia, y a pesar de numerosas iniciativas y reivindicaciones privadas, su legado artístico y vital ha sido maltratado y ninguneado de forma sistemática por las administraciones de turno.

texto HUGO IZARRA

foto MIGUEL NÚÑEZ Hugo Izarra, editor y culpable de los poemarios “Gominolas para los patos” y “Música para atravesar los túneles”.

Reconozco que me habría gustado empezar este artículo diciendo que Manfred Gnädinger, o Man de Camelle, nació en 1940 —como rezan muchas crónicas— en Dresde, antigua capital del Estado libre de Sajonia y centro de comunicaciones del Frente Oriental Alemán durante la Segunda Gran Guerra. Sólo cinco años antes de que algo más de mil aviones de la RAF británica y de las Fuerzas Aéreas estadounidenses asolasen casi por completo la ciudad con sus bombas, convirtiéndola en paradigma mundano del infierno.

Me habría gustado que hubiese sido así, porque, en mi imaginación, Manfred lograba siempre sobrevivir milagrosamente a la tragedia. Tanto él como su familia, compuesta entonces por sus padres y sus seis hermanos, salían indemnes de las sucesivas tormentas de fuego y metralla que tuvieron lugar aquellos días. Habría estado bien que hubiese sido así, ya digo, porque, del otro bando, un indolente soldado americano de ascendencia alemana logró salvar también allí su pellejo —y esto no es fruto de mi imaginación— de la manera más insólita. Gracias a su desbordante torpeza. Los nazis le capturaron a las primeras de cambio y le encerraron, junto a otros pocos miembros de su batallón, en las cámaras frigoríficas de un antiguo matadero en las afueras de Dresde. Su nombre era Kurt Vonnegut. Al volver de la guerra trabajó en una fábrica de coches y después fue escritor. Algunos le conoceréis y otros no. Esta coincidencia espacial, esta, digámoslo así, casualidad fatal, debería haber sido absolutamente necesaria en mi relato.

Debería haber sido indispensable. Pero no lo es. No lo es, porque, en realidad, Manfred Gnädinger no quiso nacer en Dresde, sino en Radolfzell am Bodensee, un pueblo a cien kilómetros de Friburgo. No lo hizo tampoco en 1940, sino en 1936. Nunca supo de la existencia de Kurt Vonnegut. Y es casi seguro que, del otro lado del Atlántico, Vonnegut tampoco habría de conocer nunca la historia del alemán de Camelle. Sin embargo, sí escribió un libro fantástico sobre la tragedia que —si el azar hubiese querido que Dresde fuera, efectivamente, la ciudad natal de Man— les habría unido aún más, sin saberlo. Lo tituló Matadero Cinco. Allí, Vonnegut hablaba, entre otras muchas cosas, de la muerte. Decía: “Lo más importante que he aprendido (…) es que cuando una persona muere, sólo muere aparentemente. Continúa estando muy viva en el pasado, y por lo tanto es muy estúpido que la gente llore en su funeral. Todos los momentos, el pasado, el presente y el futuro, siempre han existido y siempre existirán”. Aunque mucha gente lloró cuando se enteró de la noticia de la muerte del alemán, esta teoría circular sobre la vida coincide, en gran parte, con una de sus principales obsesiones: “Todo es círculo”, repetía en su poco trabajado español. “Todo empieza y acaba en punto”. Todo —absolutamente todo— es circular, hasta la propia muerte, que es el último punto del círculo de la vida.

El hombre de las mil muertes

Man de Camelle ataviado con su pintoresco taparrabos,

la única vestimenta que lucía tanto cuando quemaba el sol como cuando arreciaba la tormenta

Si asumimos que dejar otras vidas atrás es lo mismo que morir, Manfred Gnädinger se ocupó de hacer buena la teoría de los círculos a lo largo de su intenso periplo vital: murió muchas veces y ninguna. Vivió su vida matando etapas. Murió, por ejemplo, el día en que decidió levantar vuelo y abandonar Alemania mientras ésta empezaba a levantar su Muro. Después de un breve paso por Suiza, donde fue destacado repostero de la casa Keller, y por Italia, donde se empapó de arte, se separó del grupo de alemanes que lo trajo a Galicia y llegó por su propio pie al diminuto pueblo costero de Camelle, en Camariñas, sin más compañía que su mochila. Antes de eso, ya había muerto una vez.

Cuando su padre, que abandonó su panadería para introducirse en el entonces floreciente negocio de la venta de cactus, introdujo en la familia a una mala arpía, una madrastra de cuento, que le maltrató e hizo que Man desease morir y desaparecer. Y así lo hizo. Sin despedirse de nadie —salvo de su hermano Roland, con quien mantuvo contacto mediante cartas a lo largo de los años—, se fue de allí para siempre. Su madre, Bertha, había muerto en 1951. Pero estábamos en Camelle, con ese alemán enjuto, bien vestido y educado, que no entiende una palabra de español. Es 1962. Los nativos del pueblo lo ven con el mismo recelo y fascinación que a un astronauta caído en planeta extraño, pero encuentra cobijo en una familia de origen alsaciano. La abuela de la casa ejerce de intérprete y decide acogerle de forma provisional, mientras sus hijos no reclaman su espacio, ayudándole brevemente en su adaptación al nuevo medio.

Poco después, haciendo uso de sus ahorros, se compra una parcela al final del puerto. Allí vivirá pacíficamente durante las siguientes cuatro décadas. O lo intentará, mejor dicho, porque conflictos no habrán de faltar. Allí encuentra, como él mismo recuerda en una de sus cartas “el paraíso perdido, entre la fuerza salvaje de las olas y la maleable roca marina”. A eso se dedicó Man en Camelle, y eso fue lo que le hizo querido por unos y odiado (o incomprendido) por otros: a preservar la naturaleza, a crear vida con los despojos que el mar le devolvía, a respetar a las especies, a construir un mundo a su medida en el lugar que consideró, si no el mejor posible, sí el más propicio para hacerlo. Aunque ahora es frecuente encontrar merodeando entre los restos de su museo a varios de sus “amigos”, su amor por las especies no incluía, en modo alguno, a la humana.

El alemán no era popular por ser un filántropo. Sus amigos eran, a lo sumo, dos o tres. Bien por sus problemas con el idioma, bien por oscuros episodios que le ensombrecieron el ánimo, Man confiaba más en el mar que en las personas. Construyó su cabaña en mitad de las rocas, sobre el mar, y empezó a recoger piedras, redondeadas por la erosión, para crear esculturas con ellas. Esculturas que recuerdan ligeramente a Gaudí. Con el paso del tiempo fue haciendo acopio de una colección considerable y decidió que aquél, que era su entorno, fuese también su museo. A partir de entonces, a sus visitantes les cobraría una cantidad simbólica por acceder al recinto y les pediría que dejasen, como prueba de su paso, un dibujo inspirado en su obra en una hoja de sus muchas libretas, porque su museo era “como un árbol”. “Outsider” con causa Por lo general, tendemos a tildar de locos a todos aquellos que entienden la vida de forma distinta a la nuestra.

Por eso es corriente encontrar en las hemerotecas artículos donde se ridiculiza el estilo de vida de Man, con titulares tan poco afortunados como “Envejecer en tanga”. Sí que es cierto que desviarse de la norma, como él hizo, nos convierte en diferentes. Y, al hacernos diferentes, nos condena. En su biografía, plagada de silencios e interrogantes, hay un episodio documentado más en la tradición oral que en cualquiera de sus manuscritos: el origen de su trastorno.

Se dice que el motivo que le hizo quedarse en Camelle fue una persona; la maestra del pueblo, la misma que le ayudó a aprender a manejarse un poco con el idioma, de quien se enamoró perdidamente y por quien fue rechazado, colmando el vaso de su locura. Todo esto, claro está, puede ser cierto o puede ser sólo otra parte de la leyenda. De ser real, no sería más que otra de sus muchas muertes. Tal vez la antepenúltima. Sería, en cualquier caso, la muerte de Manfred Gnädinger y el nacimiento de Man.

La cruzada de aquel alemán loco y solitario se va desmoronando, poco a poco, inexorablemente. Hay trastornados que matan, violan o torturan. Man no hizo ninguna de las tres cosas, aunque en 1985 intentaron acusarle de lo segundo. Sin más pruebas condenatorias que la palabra de una niña de seis años, la familia llevó el caso a la justicia, pero Man salió absuelto, tras un largo y complejo proceso judicial que se vio prolongado por su escaso dominio del idioma y sirvió para descubrir que su entrada en España no había sido del todo legal. Tras encontrar su rastro en Alemania, el consulado alemán le obligó a tramitar su pasaporte para que la causa pudiera continuar.

Entretanto, Man escribió al juzgado reclamando justicia, diciendo que “si el juez o el fiscal me mata con pistola es más correcto, porque menos duro”.

La actividad epistolar de Man fue frenética aquel año: en cuanto el ayuntamiento de Camariñas hizo pública su intención de ampliar el dique instalando un gran muro de hormigón sobre una parte de su terreno,

Man escribió una carta al alcalde para explicarle: “El museo es más que yo. Matar algo del museo es peor que matar mi. Porque de nuevo la vida para el museo no posible. Perdido un museo de mis primeros 10 años en Camelle y ahora en peligro el segundo museo de 14 años más. 24 años. Más fácil suicidio que tercera vez una vida para nada y envidias igual. De la muerte yo no miedo porque a mi me gusta la soledad, más que la muerte, no hace falta.

Si uno vive para algo, muere para algo”. Mucha gente no supo o no quiso entender la oposición de Man a este proyecto y el 17 de octubre una manada de vándalos entró en su museo. Allí destrozaron sus esculturas y le dieron una paliza importante.

Uno de los marineros que apalearon al alemán diría años después: “Levaba 40 anos alí, tocando os collóns. O que tiña que facer era traballar, coma nós”.

Huellas en gas lacrimógeno

Man de Camelle ataviado con su pintoresco taparrabos, la única vestimenta que lucía tanto cuando quemaba el sol como cuando arreciaba la tormenta No se rindió.

Pero, a pesar de su lucha contra las máquinas, valiente y dolorida como las protestas de Tiananmen, el 13 de noviembre del mismo año dieron comienzo las obras de aquella aberración necesaria, que Man describiría así: “El horizonte contra mis puntos de vista es como gas de policía para lágrimas”. En un último gesto de rebeldía, Man escribió su nombre sobre el cemento fresco y se tumbó tres veces: una de espaldas y dos de costado.

Dejó su huella, otra más, en aquel lugar. Y dejó tras de sí otra muerte. Precisamente, y como para celebrar un macabro aniversario luctuoso, el 13 de noviembre de 2002 el monocasco petrolero Prestige se hundía frente a las costas gallegas, dejando escapar al mar más de 30.000 toneladas de crudo. Lo que algún iluminado describió como “pequeños hilitos de plastilina” acabó condenando a muerte a los pueblos costeros, a su fauna y su entorno, y al propio Man, que era las dos cosas. Ahí se murió, realmente.

Escribió mucho aquellos días. Mucho antes de que el fatal suceso tuviese lugar, tuvo una premonición: “Seguirá llegando alquitrán hasta que no quedar más en mar, y cuando ya no llega alquitrán venir una ballena negra, grande como Costa da Morte, muerta. Entonces yo enterrar y todo acabar para mí”.

En realidad, su estado de salud había empeorado mucho en los últimos meses. Tenía problemas de circulación y la inhalación de todo aquel fuel que contaminó su espacio vital tampoco contribuyó a mejorarla.

Dejó bien claro que no quería que nadie limpiara aquello: “Yo decir que esto no deber limpiarse nunca. Ser episodio de la Historia. Quedar así debe, para todos recordar quién es hombre: (…) hombre no querer a hombre, ni querer a mar, ni querer peces, ni querer a playas”.

Habían matado a su Museo, que era su mujer; a sus obras, que eran sus hijas, y a su mar, que era su vida. Abandonó la medicación, dejó de comer, se echó en su catre y esperó, simplemente, a que llegase la muerte. Otra muerte. Quizá no la última, sólo otro punto. Duró un mes y medio.

Los restos de las esculturas de Man, azotados por la tempestad tal y como antes lo fueron por la brutalidad humana y la desidia de las autoridades. Con Man muerto, y en contra de su última voluntad, los voluntarios limpiaron el chapapote.

Los años y la desidia burocrática de las instituciones públicas acabaron por condenar su legado. En 2010, también en noviembre, un temporal desató su furia sobre las esculturas que quedaban en pie. Los expolios son frecuentes. Las administraciones se esconden. Sin embargo, hace unos años se construyó en el pueblo un costoso centro social al que llamaron Casa do Alemán que en nada tiene que ver con lo que Man pedía. Mientras tanto, la cruzada de aquel alemán loco y solitario se va desmoronando, poco a poco. Inexorablemente.

La isla de Man, hoy

El aspecto que hoy muestran las ruinas de lo que una vez fue su museo habla a las claras de la desidia de un pueblo que no sabe cómo cuidar de sus encantos. Galicia es así. Están los que no saben y luego a los que no les importa. Hoy existen distintas plataformas, una Fundación y varias personas que luchan, en vano, por conseguir que la isla de Man, ese pequeño paraíso de belleza demencial perdido en mitad de la nada más absoluta, no se extinga y vuelva a recobrar su esplendor. Sea digno de visitar y del hombre que la construyó.

A muchos se les llena la boca hablando del alemán ahora que está muerto y no puede defenderse. Unos lo utilizan con fines políticos, para colgarse medallas en época electoral. Otros, para sacarse unas cervezas en el bar del puerto contando anécdotas que les han contado, o les han leído, o se han sacado de la manga. Y luego están los románticos, los que recuerdan a Man, pero no actúan. No limpian su recinto de desechos. No lo defienden. No ayudan a mantener, aunque sea por puro egoísmo, el atractivo de un tesoro único, moribundo, completamente vendido y desprotegido.

Ninguna institución entenderá nunca la voluntad de Man.

Como probablemente tampoco hagamos ninguno de nosotros. El cementerio de Camelle, donde reposan los restos de su famoso vecino alemán. Kurt Vonnegut, aquel soldado americano del que hablábamos al principio, aquel que, por casualidad, se libró de morir en Dresde, donde Man podría haber nacido pero no nació, el autor de Matadero Cinco que algunos conoceréis y otros no, subtituló significativamente aquella novela como “La cruzada de los niños”.

Dijo que nunca había visto morir tantos inocentes por una causa tan absurda. Man de Camelle murió el Día de los Inocentes.

La Voz de Galicia.-13-9-2008

Entrevista coa escritora Rosa María Vidal Vázquez


«É unha realidade ficticia»
Acaba de publicar na Biblioteca Virtual Galega unha obra que xa tiña escrito hai tempo: «Camelle Man»

A obra pode descargarse para a súa lectura na Biblioteca Virtual Galega

Autor:
Patricia Blanco
Fecha de publicación:
13/9/2008
De orixe laxense, Rosa Vidal reside en Vigo. Ten escrito xa varias obras dende o 1987, ano no que publicou por primeira vez, entre elas O baile das mariolas. Agora, na Biblioteca Virtual Galega, un espazo da páxina web da Universidade da Coruña, os seus lectores poderán ler outra das súas obras: Camelle Man.
-¿Estamos ante unha homenaxe escrita a Man, o alemán de Camelle?
-Non se trata dunha homenaxe como tal senón dunha novela baseada naquela época, basicamente a que vai dende o 1969 ata o 1975, unha época na que a chegada de Man a Camelle tivo un forte impacto na zona.
-¿Predomina a realidade ou a ficción nesta súa obra?
-Case todo o que publico é ficcionado. E esta obra é, tamén, unha realidade ficticia, algo que vou logrando ao longo dos 26 capítulos. Neles alternan dúas pandillas de rapaces daquela zona e que van vivindo as experiencias propias daquela época, un tempo de escuridade, como poderíamos chamalo.
-¿Pero pódese recoñecer algún espazo da zona?
-Iso por suposto. Sobre en certos capítulos que ambiento xa no ano 2000 e que alternan con aqueles outros que corresponden á época comprendida entre o 69 e o 75.
-¿Pretende, nalgún momento, reivindicar algo ou despertar conciencias?
-Iso xa depende moito de quen o lea. Nun principio, o que trato é de que sexa, basicamente, un resumo social deses anos, un tempo no que Man foi moi importante para a zona. Logo, na súa esencia, non digo que non poida haber un certo tono reivindicativo, pero iso xa depende moito de como o sinta o lector.
-¿A elección de Man e de Camelle como fondo da súa novela responde a algún tipo de vencello persoal coa localidade?
-Nacín en Laxe e, por esa proximidade, xa pode haber un certo apego coa zona. Aínda que tal vez, no fondo, tal vez se poida percibir algo do impacto que puidera ter causado en min ese personaxe. Non obstante, para nada estou metida dentro da obra, aínda que poida parecelo polo entorno. Tampouco é autobiográfica. Nunca aparezo nas obras que escribo.
-¿Cales son as vantaxas de publicalo na rede?
-Camelle Man é unha colaboración coa Universidade da Coruña, coa que xa teño feito outras. Tiña escrito a obra xa dende hai algún tempo, pero colgouse recentemente. O de publicar na rede véxoo como unha moi boa oportunidade para interactuar cos lectores: eles poden deixar os seus comentarios e eu respondelos. É algo que fago dunha forma totalmente

www.museoman.com, un recordo particular
Fecha de publicación:
13/9/2008
Eran moitos os que visitaban a Manfred Gnädinger, Man, «o alemán de Camelle», no seu museo. Chegou a ser, para algúns, un dos puntos de referencia na Costa da Morte. Dende o seu falecemento o 28 de decembro do 2002, tamén son moitos os que o seguen recordando.
Internet está ateigado de referencias á súa figura e á súa obra, pero das páxinas con dominio exclusivo non pode dicirse o mesmo. A deixadez de certos organismos de cara o legado que deixou este persoeiro intenta ser combatida, non obstante, con iniciativas particulares. Unha delas, a do empresario laxense José Manuel Pato, que puxo en marcha, hai uns cantos meses a páxina web www.museoman.com. Defínea como «unha homenaxe a Man, unha iniciativa sen ánimo de lucro ningún e a cal pretendo poñer a disposición do Concello».

Ficción Producciones

Curtametraxe

Man é un soñador, un home libre que vive tranquilo en harmonía coa natureza. É feliz no seu xardín máxico que ten como terraza un inmenso océano. Ata que un día de lonxe, no horizonte, advirte que unha inmensa e escura masa uniforme desprázase ameazante cara á costa.
Director: Juan Carlos Abraldes, Luís Fernández Santiago, Luís Faraón
Duración: 8:30
Ano: 2006


Ficha na web da Axencia Audiovisual Galega

Produtoras

Ficcion Producciones

Equipo técnico

Director/a: Juan Carlos Abraldes, Luis Fernández Santiago, Luis Faraón
Guión: Juan Carlos Abraldes
Productor/a: Mamen Quintas Cruceira, Julio Casal Fernández-Couto
Produción executiva: Mamen Quintas Cruceira, Julio Casal Fernández-Couto
Compositor/a música: Manuel Riveiro
Director/a de fotografía: Juan Carlos Abraldes
Director/a de arte: Luis Fernández Santiago
Director/a -Xefe de produción: Toni Veiga
Montaxe: Juan Carlos Abraldes, Luis Fernández Santiago
Xefe/a Son: Meli Souto, Juan Piñeiro
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Outros datos

Formato: Curtametraxe
Xénero: Fantástico
Modalidade: Animación
Convocatoria: Curtametraxes
Formato gravación: Betacam
Duración: 8 min
Idioma gravación / Rodaxe: Galego
Orzamento: 105.684€
Subvención concedida: 20.000€
Ano de produción: 2006
Ano de subvención: 2006
Email: julioc@ficcion-producciones.co m
Data estrea: 27/12/2007

Descrición
Este proxecto de animación en 3D realizado por Audiovisual de Servizos Kairos, pretende ser un modesto, pero comprometido pulo a sensibilización solidaria para conservar, protexer e restablecer a saúde e a integridade do ecosistema mariño, en aras dun desenvolvemento sostible baseado nunha nova cultura de cooperación e xustiza social.
Man quere ser un recordatorio da catástrofe ecolóxica acontecida nas costas galegas, utilizando, como fío condutor o símbolo de Manfred Gnädinger.
Esta curtametraxe será un primeiro paso en sentido contrario á liña trazado por outras empresas do sector. Pretendemos, con este proxecto, iniciar unha serie de futuros produtos onde a imaxe real e a dixital se unan nunha perfecta simbiose.

Argumento
Man irradia misterio e misticismo. É un soñador, un home libre que vive tranquilo en harmonía coa natureza. É feliz no seu xardín máxico que ten como terraza un inmenso océano. Naquel lugar perdido, as rochas cobran vida e as algas danzan ó son das mareas. Recibe constantes visitas das súas amigas as gaivotas, do seu amigo o pescador e en especial, da súa amiga a serea e o delfín.
Man dedica o seu tempo á contemplación e a arte. Aquela mañá, mentres realizaba unha das súas obras coa axuda do seu amigo o pescador, sentiu un forte calafrío.
Unha sensación terrible apoderábase de todo o seu ser. Ó lonxe, no horizonte, advirten que nunha inmensa e escura masa uniforme desprázase ameazante cara á costa.
O pescador e Man son incapaces de facer fronte á horda de criaturas deformes que se achegan inexorablemente ó paraíso creado por man, coa pretensión de destruílo e devorar a beleza que emana das súas rochas.
As criaturas cada vez están máis preto da costa. O azul do mar tínguese de escuridade ó seu paso. Mentres, Man observa a destrución do seu xardín máxico, a súa creación, a obra da súa vida botada a perder nun intre. O pánico faille retroceder mentres a escuridade devora a natureza que el tanto ama, sente que a súa única protección neses momentos é a súa creación, o xardín máxico. Sérvese dunha das súas esculturas para defenderse fronte ás criaturas da escuridade. Estas, non se conformarán con arrasar o entorno, queren apoderarse do creador de semellante paraíso, para que este non poida volver nunca máis a crear un lugar de tanta beleza.
Os seres mórbidos derriban a escultura, Man cae derrubado sobre a area da praia, intenta escapar, pero as criaturas son máis rápidas, nada escapa ó seu escuro abrazo. Man é capturado e os aberrantes terminan coa súa existencia.
Pero uns misteriosos seres vestidos de branco loitarán contra as criaturas, ás que rematan vencendo.
Finalmente a harmonía e a beleza reinan de novo no xardín máxico. A natureza recobra toda a súa forza e grandiosidade, a costa volve a ofrecernos esa luz chea de vida que tiña noutro tempo.
Man rexurde coa axuda da Serea e se renova na forma dunha nova criatura mariña.
Agora xa é realmente libre.

La Voz de Galicia.-18 de xaneiro de 2003

Opinión

Man, un artista sin mérito
VIVIR SIN SER VISTO

Autor del comentario: CÉSAR ANTONIO MOLINA

 

CUENTA DAISETZ Teitaro Suzuki, para Jung el más grande estudioso del Zen, que un hombre vio como un niño se ahogaba. Se lanzó al agua y lo salvó. Cuando las gentes que habían contemplado aquel acto de generosidad se acercaron para agradecérselo, él las rechazó y continuó su camino. El Zen llama a esto «una acción sin mérito». Cualquier recompensa dejaría huellas y sombras, una acción buena no deja vestigio de vanidad o altivez. Esta virtud oculta es la que vienen practicando los miles de voluntarios que han acudido a las playas y a los acantilados de la Costa da Morte para recoger el fuel y devolver a las rocas y al océano el antiguo rostro de la creación. No piden nada, no esperan nada. Trabajan en la tierra de nadie, o mejor dicho, en la tierra de todos, en el mar comunal de todos, sin exigir ningún fruto. Este espíritu de confraternización fue el mismo del que, durante toda su vida, hizo gala Manfred Gnädinger, Man , el artista sin mérito.

Durante cuarenta años, este hombre libre no sólo construyó en las peñas de Camelle una obra de arte peculiar, sino que él mismo se convirtió en su elemento esencial. Su vida era una permanente action painting y sus construcciones verdaderos landscape . La vida es un arte y, como todo arte imperfecto o consumado, debería ser desinteresada. Man vivía como vuela un pájaro o como nada un pez. Nunca pidió nada, nunca exigió reconocimiento ni retribución: era el artista primitivo. Man vivió la metafísica de la creación. Se desprendió de todo lo superfluo y se dedicó al cultivo del espíritu y su representación. Durante cuatro décadas flotó en la quietud, en la contemplación, en el silencio y en paz con la naturaleza. No era un espíritu puro, pero sí era un espíritu limpio de impurezas. Manumitido de las palabras, de la lógica, de las convenciones artísticas, intelectuales y sociales, este artista sin nombre, sin prestigio, buscó el conocimiento a través del desprendimiento.

Man, como un trapero, recogía piedras, conchas marinas, esqueletos de peces, objetos naufragados como él; dibujaba espirales, círculos con restos de las pinturas de los barcos o la brea de calafatear. Estas especies de mandalas representaban el mismo simbolismo del centro que los antiguos lugares sagrados habían perdido. La inscripción de estos círculos sobre el suelo equivalía a un ritual de iniciación, de defensa contra toda fuerza exterior nociva. Un día le invadieron su territorio. Las máquinas, para construir el muelle de abrigo, arrojaron hormigón y cemento. ¿Cómo podía luchar un artista contra estos monstruos? Se colocó pacíficamente delante de ellas, luego tumbó su cuerpo desnudo sobre la masa gris, aún blanda, y garabateó: Man (Hombre). ¿Puede existir alguna performance más inquietante, original y verdadera? Con este gesto Manfred construyó una obra maestra: su autorretrato y el autorretrato de la humanidad. Pocas obras de arte me emocionan tanto.

Man estaba ya gritando «¡Alto!», no destruyamos a la naturaleza. La silueta del alemán en el dique de Camelle es como la de uno de los fusilados de Goya o la de El grito de Munch. Una premonición y una advertencia. Man sucumbió a la degradación de su entorno. Su paisaje panteísta se había convertido en el receptáculo de una gran sombra negra y pegajosa. ¿Quizá este hecho lo asoció al advenimiento de su propia muerte? El poeta norteamericano Charles Wright, en su libro Zodíaco negro, escribe: «El paisaje es palanca de trascendencia».

Las campanas de la iglesia de Camelle tañeron por Man: el eremita, el yogui,el hombre tántrico necesitado de una experiencia personal para reanimar en su conciencia ciertos símbolos primordiales de unión entre la vida cósmica y la mental. Las campanadas de la iglesia de Camelle tañeron por Man, el artista sin mérito. Tañeron por todos nosotros, hombres indefensos ante la depredación del propio hombre.

 

Agasallo Anónimo...
O día da Homenaxe a Man, alguén, deixou ista tarxeta para el...

penso que débenos encher de esperanza que haxa alguén que teña este sentimento e o sepa e quera expresar dista maneira... ¡Gracias Man! e, ainda que non te coñezo e non sei nada de ti... ¡Gracias a tí tamén!

O COLECTIVO "Urbano Lugrís"

Este colectivo tamén se lembróu de MAN na súa web e convocando un homenaxe.

The mundo-limite de Man in Camelle:

FANTASTIC ARCHITECTURE IN SPAIN

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Outro poema pola morte de Man


O músico César Morán, que puxo son ao libro de poemas de Manuel Rivas, 'O pobo da noite', vén de enviarnos un poema dedicado a Man, o alemán de Camelle, un día despois da súa morte.


NA MORTE DE MAN, ABATIDO POLA TRAXEDIA

A Negra Sombra no mar
borrou pra sempre a túa imaxe loura.

Na paisaxe de luz e de acuarela
entrou a noite co seu manto escuro
e quebrou a beleza da túa casa
arrasando esculturas de esmeralda.

Foi un día calquer que ti chegaras
entre leve borbulla solitaria,
poeta louco pintor de caracolas,
salgada delgadez de pel morena.

Oh, meu amigo Man, que veu do Norte,
o cadavre do mar errou a sorte!
Oh, meu amigo Man, que veu de lonxe,
nas feridas do mar achou a morte!

O teu andar lixeiro en alancadas,
o dourado cabelo desleixado,
as longas soedades entre a escuma
ficarán para sempre na memoria.

Home de luz, espello de illas verdes,
espida imaxe solitaria e breve!
O mal do mar entrouche no máis fondo
como unha arremetida sen remedio.

A cabeza entre as mans, levas na ollada
o espanto da traxedia, como un berro,
como O berro de Munch levas a cara,
unha ollada de fuel, cabeza baixa.

Home de ben, mergullador de soños!
que a terra onde repouses se confunda
co teu louro cabelo e a túa imaxe
de luz!

Oh, meu amigo Man, que veu do Norte,
o cadavre do mar errou a sorte!
Oh, meu amigo Man, que veu de lonxe,
nas feridas do mar achou a morte!

Carta a Man, o Alemán de Camelle

Ese espanto de manchas enormes de marea negra que se estende polo noso mar, e que ti xa sufriches hai días arrasando o teu museo, eu, de momento só as mirei en imaxes de televisión e fotografías. Si que vin, en Laxe, o escuro piche recubrindo o pequeno peirao da beira do cemiterio, e tamén os cons da beira. E moi cerquiña vin agalipotadas todas as pedras dunha entrada que se chama a Furna da Escuma, porque naquel lugar ese mar océano que ti tanto amas, nalgunha marea enchía como unha especie de válvula natural, e co efecto sifón as augas ceibes escumaban a aba daquel monte que non sei se coñecerás. É onde está o faro de Laxe. Perto do Cabo da Laxe, logo.

Por Xosé Luís Santos Cabanas.


Querido Man: Foi sábado, un día antes da grande manifestación de Compostela da que non sei se ti oirías, pois teño a idea, e corrixirasme se me equivoco, de que, desde hai tempo, a túa cabeza anda en cousas das que non te podes distraer. Ese sábado aínda non chegara á costa a segunda bocalada de peste negra. Mariñeiros/as miraban desde alí as augas, que aquel día aínda non tiñan escura a tona. Pero era moi estraña a color, meu querido Man, moi estraña. Semellaba artificial, aquel azul, coma o cheiro a contaminación que mataba a intensidade dese aroma mariño que eu, asegúrocho, amo tanto coma ti.

Díxenlle a aqueles mariñeiros que o vía raro, ao mar. Un deles contestoume, abaneando a testa, cun aceno de pena na boca.

-Quitáronlle o orgullo.

Falamos despois da atrocidade, da incompetencia, da indecencia dos políticos, do cinismo, da desgraza, da necesidade de protestar, de botalos, da rabia. Non tiñamos palabras. A peste xa andaba daquela polos baixos mariños, que un dos homes que alí estaba xa erguera unha nasa con centolas achapapotadas.

Unha muller, aínda nova, lembrouse naquel instante de ti. Vírate na televisión. Derrotado. Falaba de ti, Man, dese home que en tempos xa tan arredados foi un neno alemán da guerra, e que de mozote decidiu acubillar en Camelle. E xa irá para os corenta anos que dediciches usar como única prenda de vestir o taparrabos, e bañarte verán e inverno nas augas bravas do teu mar de Camelle.

Eu mireite por primeira vez, daquela non había turistas por aí, hai máis de vinte anos, non te lembrarás, que desde entón recibiches moitas visitas. Aínda recordo o meu asombro cando te descubrín, alto, loiro, esvelto, case nú, correndo mollado por entre as barcas varadas do porto. Viñas de nadar, un día calquera do inverno. Chovía, era no mes de xaneiro se a miña memoria non me engana.

Daquela xa descubriras como para ti o círculo era a fórmula perfecta.. Por eso te dedicabas a pintalos de tamaños varios nos cantilados, nas pedras do medio do mar, nalgunha casa se te deixaban. Aínda non crearas o museo, ese teu espazo entre as rochas, na mesma beiriña da costa, valéndote das pedras que por alí mesmo achabas, e sempre predominou a dondez da esfera nesas esculturas que foches compoñendo, e un pensa que miraban o mar como se ti lles prestaras os teus propios ollos. Só ti e o mar lles destes forma, a aquelas rochas, Man, e tamén as pintaches de cores vivas. A peste negra enterrouchas no piche.

É a Morte, dixo aquela muller de Laxe que ti dixeras. Chorabas. Se cadra porque eses cristaliños varios que instalaras na túa cabana xa non che valían para mirar a través deles o mar, para vestilo da color que ti elixiras. Porque nos anegaron en negrura o mar, Man, ti ven o viñes.

Á muller de Laxe e aos mariñeiros que estaban ao meu carón tamén lles arruinaron a vida. Sabíano. Pero un deles dixo:

-Por favor, que non o deixen entrar na Ría de Arousa. Que salven polo menos algo. Que fagan algo, que aínda están a tempo. Que ata agora non fixeron nada, a parte de dicir mentiras.

Ti, Man, que levas tantos anos preocupado polas túas pinturas, polas pedras que traballas a medias co mar, se cadra non reparaches en que o Mar de Arousa é dos máis fértiles do mundo. Se cadra nunca fuches por alí, que aínda non che deu tempo, ocupado como andas disfrutando da tolemia exaltada e veemente dese teu mar da Costa da Morte, que tamén sabe de momentos docísimos de calma.

Foi sábado, Man, como xa dixen, cando mo dixeron: que non a deixen entrar na Ría de Arousa. Mais esta burla negra entrou. Se algo se salva, se non arruínan todas as Rías Baixas, será, querido Man, porque os nosos vellos mariñeiros, eses homes tremendos que atúan o mar, se enfrontaron á peste negra aínda sen teren medios, porque pasaron por riba do cinismo dos responsables da catástrofe. Eles e máis as mulleres de corazón rexo daquela costa.

Confésocho, Man. A min tamén me doe o corazón. Porque coma ti, querido Man, amo o mar coa intensidade da onda máis fera rebentando nos cantís do Roncudo, de Teixido, das Cies, no Mar de Fóra.... E as bágoas de tristura e rabia porfían por saír, amigo Man, se penso na catástrofe. Pero non as deixo. Porque non é tempo de chorar.

É tempo de limpar o mar, claro que si. De conseguir que os responsables da atrocidade declaren a 'zona catastrófica', para que a xente pase a menor fame posible. Pero hai que limpar tamén esa outra Burla Negra, a burla negra dos que están demostrando que odian o teu e o meu mar, Man, o mar de todos, que desprezan públicamente este meu país e as súas xentes galegas. Non sei se os viches, todos engarabatadiños, con esas súas caras de cemento armado, aos que non nos queren deixar ser nós propios, aos que por non deixar nin queren deixar que limpemos.

Non sei como, Man, pero faremos esa limpeza profunda. Non te desanimes. O noso amigo o mar, tan exaltado, sobre todo aí, na túa Costa da Morte, choutará outra vez ceibe para ti, para todos, traballará máis pedras. E a pintura xa a procuraremos.

Eu, Man, pola miña parte, penso que as miñas obrigas vanme permitir achegarme á costa da Arousa esta mesma tarde. Teño amigos por alí, e a ver se limpamos unha pouca merda. Pero prométoche, Man que, na medida das miñas pobres forzas, traballarei arreo o resto da miña vida para facer esa outra
limpeza, tan necesaria, da Burla Negra dos que levan séculos desprezándonos.

Un meu amigo di que a Marea Negra, ese pegañento piche co que pretenden afogar a vida do noso mar, ven sendo a materialización dos pensamentos destas xentes cínicas, esas da cara de cemento armado. Non sei que che parecerá a ti. Para min que está no certo.

E sen máis por hoxe, que me apura o tempo. Recibe, querido Man, unha forte aperta deste teu amigo que ti non coñeces.

Ánimo, Man.

Compostela, 5 de Decembro de 2002.

Xosé Luís Santos Cabanas.

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Nós, coma Man, mar. Eles, chapapote


Nós-outros, os bos e xenerosos, estamos na rúa. Esiximos responsabilidades, demisións. Que limpen. Berramos contra das mentiras permanentes dos ppopuleiros, que acadan hogano graos de perversión dificilmente asimilabeis. Apoñémoslle o noso Nunca Máis. Limpamos voluntarios o mar que, coma Man, amamos.
Andas pola rúa e recolles retallos de conversas. Por exemplo unha moza, co mancontro na orella, unha mañá calquera, Compostela adiante:

-Chorei a noite enteira. Non dormín. Acordábame Ons.

Que nos doe na alma, coma a Man, o mar. Como a esta amiga que me falou, máis ou menos así, despois dun dos actos da protesta multitudinaria:

-Cada noite soño co mar. Co meu mar da infancia, que nos días de brétema, no meu Vigo de antes dos radares, era un balbordo gris con sereas de barcos. E esa brétema e o rouco son das sereas do pasado son tamén mar, o mar limpo que amo.

-E sorpréndome –continuou-, nunca pensei en ter tantos cómplices. Mesmo persoas das que unha non contaba. Non, non falo da raiba polas mentiras, pola contaminación, polo desastre económico e social. Falo de como ás galegas e galegos nos doe, no fondo de nós propios, o noso mar. Desa relación intensa e primitiva con ese monstro que dorme calmo, que chouta, exáltase. Doénos o mar. Estamos tristes, choramos, anéganos a carraxe.

Non me acordei de lle contar, a esta miña amiga, como outra moza, do Pindo, anda a limpar chapapote pola parte de Oia, mália ter abondosa negra materia contaminante diante da súa propia casa, porque en Oia parécelle que sofre unha miga menos.

Nós, coma Man, mar.

Eles, chapapote. Nas tabernas do interior, na zona rural ou rururbana, escóitanse os recadadores de votos ppeiros. Xuran que a costa xa está limpa.

Eles, chapapote. ¿Amarán algo, os Rajoys & Company, a parte dos cartos, o poder, os privilexios, le prestige? E xa nin mento o Escopeteiro Maior, o que se gabou de matar a última pita de monte. A ese hai ben tempo que ninguén lle presupón unha sensibilidade diferente da de aqueles que paseaban pistola en man no 36 polos camiños de Galicia.

Eles, chapapote. Perversos. Menten. Enmerdan o mar, o pensamento. Insultan con termos resesos, franquistas. Chámanlle intelectuais, ás cabezas visibles de Nunca Máis, e, para eles-chapapote, intelectual é alcume, pois pensar é delicto. Nós, coma Man, mar. Eles, chapapote.

Nós-outros, coma o mar, limparemos. Coa tranquilidade e o tesón das augas calmas ou coa fereza das ondas atemporaladas. Dependerá do momento.

Nós, coma Man, mar.

P.S. Que che sexa leve, amigo Man, o nicho do cemiterio de Camelle a onde chegaches riba dos ombreiros dos teus veciños, algo lonxe do teu mar e dos teus círculos.

Xosé Luís Santos Cabanas.
10 de xaneiro de 2003.

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Clara Aguado López. ©2003

¿Quién mató a Manfred?


Los vecinos de Camelle nunca llegaban a aburrirse. El mar trae suficientes cosas con la marea, como para que todos los días hubiese alguna novedad. Cuentan que un día naufragó un barco mercante dejando escapar de su interior latas de leche condensada que fueron a parar a las playas de Camelle. De ahí las recogió un paisano pensando que eran botes de pintura y con ellos pintó su casa dejándola tan dulce que ninguna mosca se resistió a probarla.

Pero la rutina siempre se acaba notando, haya o no haya mar, por eso, cuando en el año 1962 llegó Manfred, en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Esta vez la novedad apareció por tierra, desde Alemania, joven, guapo y bien vestido. Pero cuando digo que no se hablaba de otra cosa no me refiero al momento justo en que llegó, pues los gallegos, muy cordiales, están acostumbrados a recibir gente de todas partes y a alentarles en su peregrinaje. Fue al anunciar que no venía a ver a Santiago sino a instalarse en el pueblo cuando Manfred causó impresión. Como buenas anfitrionas Lola de Benadita y Carmen de Chuco le habían dado alojamiento y algo de comer, pero cuando vieron que la cosa iba para largo y que el alemán no hablaba español, le propusieron irse a vivir a casa de Euxenia Heim con la que podría hablar en su idioma.

Al parecer Manfred había encontrado su lugar. ¿Cuánto tiempo habría estado buscándolo y por qué se fue de donde estaba? Quizá quería huir de una infancia marcada por la guerra y por la muerte de su madre, quizá de la justicia de su país o de la rabia de un marido celoso; incluso pudo ser un millonario al que el dinero no le hizo feliz y decidió abandonarlo todo por una vida tranquila; o una persona con mucha vida interior, desubicada y decidida a dedicar su vida al arte sin tener que pasar por el aro... se hicieron todo tipo de especulaciones desde su llegada, pero si él mismo le contó la verdad a alguna persona en Camelle, ésta ha sabido muy bien guardarle el secreto.

Eligió este sitio porque era estratégico, el campo de batalla perfecto para explorar la flora y la fauna del mar y de la tierra y dejarse de luchas. Además ese mar grisáceo de arena parda le ayudaría a hacer su trabajo en el taller, dándole materiales e ideas para sus pinturas y esculturas.

Durante esos años de recién llegado iba a misa todos los domingos, así escuchaba las palabras de Dios y las de su diosa, con la que solía quedarse hablando a la salida. Ella que era maestra sabía inglés. Una lengua en común y otra que aprender y que enseñar marcaban el rumbo de largas conversaciones de las que nunca se cansaban. Manfred se había enamorado, pero ella esperaba el día en que llegase del mar su marinero para casarse. Y llegó y a ella la destinaron a otro lugar y a Manfred se le fue la razón de posponer durante más tiempo la idea que venía madurando desde que partió de Alemania: levantar su casa-museo a orillas del mar.

Fueron unos vecinos de Camelle los que le construyeron una pequeña casilla junto a las rocas que luego él compró por el precio simbólico de una peseta. Se quitó el traje para ponerse un taparrabos y a su nombre le quitó una sílaba, porque significaba paz y la paz no existe. Poco a poco las rocas se fueron convirtiendo en un acuario. Era como si Man quisiera construirse un decorado imitando las profundidades del mar. Su casa sería el barco hundido; las esculturas esbeltas y de formas curvas, los corales, algunos pintados con colores llamativos; las flores y las plantas serían algas de todas las clases y el resto se lo iría prestando el mar.

Cuando abandonó su tierra buscaba un paraíso en el que aislarse, hasta el punto de imponerse la barrera del lenguaje, una de las más grandes que se pueden establecer. Pero nunca fue huraño ni perjudicó a nadie, por eso su plan no salió al pie de la letra y se sorprendía diciendo:
-Es curioso, yo me vine aquí para estar alejado del mundo y ahora es el mundo el que se acerca a mí.
Y es que al poco tiempo de comenzar a llenar su museo, Man y sus obras se convirtieron en el reclamo de Camelle. Muchos acudían a visitar este pequeño trozo de costa lleno de encanto, tan irreal que parecía sacado de un cuento. Un pedacito de bosque o de jungla lleno de sorpresas que tenía el misterio de las cosas desordenadas y revueltas que hay que ir descubriendo poco a poco. Y el misterio de la mente de Man. Pero aquellos que han ido a verlo saben cuánto disfrutaba con las visitas aunque le quitasen tiempo para trabajar.

Se dejaba la vida en su casa-museo, piedra sobre piedra, pinturas redondas como planetas, troncos, huesos, un teclado de ordenador oxidado... materiales que el mar le traía y que él encontraba por los alrededores. Incluso cuando salía a hacer ejercicio y a recoger hierbas para sus infusiones terapéuticas miraba y observaba lo que se le iba cruzando en el camino con vistas a utilizarlo a la vuelta. Estaba en un estado continuo de creación regida por la ley del máximo esfuerzo. Por eso cuando llamaba “mis hijos” a sus obras nadie se extrañaba, ya que le veían volcarse en ellos como un auténtico padre. Como padre, quiso también asegurarles un buen futuro para cuando él muriese. Man sabía que si la gente adquiría sensibilidad por su obra no dejarían que ésta fuese destruida. Así pues decidió darse a conocer utilizando los medios de comunicación de masas que tan poco le gustaban.

Estableció un curioso sistema de pago: “cien pesetas, y si quieres hacer fotos cien pesetas más, si no haces dibujo pagas doble”. Repartía un bolígrafo y una pequeña libreta a todos los que traspasaban el murete adornado con círculos de colores que delimitaba su jardín. En ella tenían que dibujar cualquier cosa que transmitiese lo que veían, o lo que más llamaba la atención, o lo más feo, daba lo mismo, él sólo pedía un dibujo. Guardó celosamente todas las libretas que los visitantes habían ido rellenando a lo largo de la historia de su museo. Le gustaba que a lo que él comunicaba a través de su obra se le diese una respuesta utilizando el mismo medio, ¡una bonita forma de estudiar el lenguaje artístico!

Solía mostrar el lado bueno de las cosas y hablaba poco de las penurias que había pasado, esas que engordan cuando uno decide seguir su vida por un camino tan lejano al que sigue la mayoría y desde tan cerca. Lo que más le dolía a Man era ver cómo Camelle iba siendo transformado por la mano de la industrialización. Más que los insultos que a veces recibía por parte de aquellos que no entendían que fuese diferente. ¡Y es que creía haber encontrado un lugar tan perfecto que le parecía intocable!, pero esto siempre ha hecho sonreír a los que valoran el progreso económico por encima de la ecología y de tantas otras cosas. Lo malo es que la sonrisa se convirtió en hostilidad cuando vieron que Man estaba decidido a no dejar que las máquinas modificasen la costa y se presentaba todas las mañanas desnudo ante las grúas que iban a construir el puerto. Como no pudo luchar contra el interés de todo el pueblo, una vez construidos los muros de cemento decidió utilizarlos como lienzo. Iban desde Camelle hasta Arau bordeando el mar.

Ese era un tiempo en el que se sentía con fuerzas para arreglar estropicios. Ya era viejo pero tenía una salud fuerte y muchas ganas de vivir. Dicen que no fue más que una vez al médico desde que llegó a Camelle y fue debido a la mordedura de un perro que sólo se dejaba acariciar por Man y por su dueño. Pero nada de resfriados a pesar de que tanto en verano como en invierno vestía sólo su taparrabos y se metía a nadar en las aguas heladas del Cantábrico. Los pescadores le habían visto llegar muy lejos, hasta donde se hundió aquel barco inglés del que se conocieron tan pocos supervivientes. Pero en estos últimos años que ya la edad no perdona, el frío le había ido dañando la circulación.

Hacía poco que Man había salido del hospital cuando el mar comenzó a adquirir un extraño color negro, cielo todavía tenía el color azul de un mediodía despejado. Eran mediados de noviembre e inevitablemente el cargamento del Prestige estaba saliendo a flote. Habían intentado esconderlo debajo del mar pero resulta que éste es transparente y lo muestra todo. Desde este día de diciembre todo el mundo sabía ya que a Galicia se le venía encima una muy gorda, pero no hay espacio en la mente para visualizar la magnitud de una tragedia como esta.
-Nunca mais vamos a ver las rocas blancas- era lo que comentaban los percebeiros cuando recogían chapapote.
Realmente era imposible de quitar, era tan pringoso, viscoso y pegajoso que el hecho de pensar que todos los voluntarios que llenaban los polideportivos iban a poder con él era una utopía; porque el chapapote agarraba fuertemente las palas, y había que cortarlo en rebanadas para poder despegarlo de la masa; porque en los sitios donde hacían falta palas había azadillas y donde hacían falta azadillas llevaban palas; porque el mantenimiento de las tareas de limpieza le estaba costando a las juntas de las comunidades dañadas cantidades enormes de dinero que no se rentabilizaban; porque, en definitiva, quienes tenían el interés de limpiarlo no tenían los medios y quienes tenían los medios, aunque medios había pocos, se preocupaban más de otras cosas.

El caso es que en los meses sucesivos al hundimiento del Prestige la llegada de los voluntarios dio esperanzas a los habitantes de la Costa da Morte y un apoyo que les ayudó a hacerlo todo más llevadero. Era como si acabase de morir un ser querido. Con tanta gente alrededor, tanto movimiento, tantos gestos de cariño, no había tiempo para tomar conciencia de lo que realmente estaba pasando, pero tarde o temprano habría que bajar de esa nube y afrontar la realidad a solas...
La arena era difícil de limpiar, pero las rocas eran imposibles. El museo de Man estaba sobre las rocas y el chapapote se coló por todas las grietas. Ahora nada más salir de su casa tenía un pantano de arenas movedizas cuyo olor tóxico y pestilente impregnaba todos los rincones de su casa. Hubo gente que con todo el nerviosismo, la impotencia, la rabia... se olvidó de que el museo seguía estando allí, negro pero allí. Y entraban sin ningún respeto para ver cómo avanzaba la marea e incluso llegaron a arrancar pináculos para ver cuánto tardaban en hundirse en el chapapote. Con el agua salada de sus lágrimas, ahora la única que estaba a su alcance se encerró en su casilla y dejó de tomar los medicamentos. Fue el día 28 de diciembre, al ver que ya pasaban dos días sin que Man recogiese el pan que le dejaban en la puerta, cuando decidieron romper una ventana para ver lo evidente. Entre ellos estaba un crítico que iba a hacer una fundación para conservar el museo, con chapapote incluido tal y como lo quiso Man.

Así fue como se confirmó lo que tantos habían estado temiendo desde el día en que dijeron que “pequeños hilillos” de fuel llegaban al agua y se dirigían a las costas gallegas... murió el hombre que a muchos había hecho pintar su primer dibujo abstracto (intencionado) pues abstractas eran sus esculturas. Yo cuando fui dibujé una.

Clara Aguado López. ©2003

Felipe Senén López Gómez: «É un monumento ó ecoloxismo»

Felipe Senén López Gómez, técnico cultural de la Diputación de A Coruña, se mostraba ayer muy afectado por la muerte de Manfred, a quien trataba a menudo. Desde Roma, donde se encuentra de viaje, explicaba que la obra que deja Man «é un monumento ó ecoloxismo, de interés internacional».


La Voz de Galicia,Martes, 31 de Diciembre de 2002

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MAN

EL MUNDO lo dejó huérfano. Huyó de su Alemania para buscar el paraíso y lo halló en el corazón de la Costa da Morte. Amó tanto el mar que vivió y murió a su pie. El cielo Atlántico amainaba ante su lecho como un león amaestrado ante su domador. Vivió tan libre como los vientos que le susurraban extrañas historias de hombres, mar y tierra que convivían sin agredirse. La paz era su razón de vida y por ello recibió su castigo.? Ya es sabido que la ingenuidad del luchador noble se paga con la ingratitud o la injusticia, la misma que un día lo llevó al calabozo o a recibir una paliza. A saber qué fue más cobarde.?El Prestige dictó su sentencia de muerte. Condenó a Man a morir ahogado en sus propias lágrimas. La pena se llevó su aliento. El más inocente estaba sin vida un 28 de diciembre. El mito de Camelle, el novio de la Costa da Morte se fue al universo. Ese mismo que él pretendía reproducir con sus círculos en el museo. Man se ha muerto, pero su espíritu vagará libre por los siglos entre rocas y acantilados. Cabalgará sobre las olas con sus cabellos dorados al viento y se detendrá un momento para que alguien le dibuje sobre la nada un mundo sin violencia y sin el galipote que tiñó su obra y su alma de negro.

La Voz de Galicia,Martes, 31 de Diciembre de 2002

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MAN, EL HOMBRE QUE MURIÓ DE PENA: artigo en lembranza de MAN do especial de La Voz de Galicia, adicado ao Prestige.

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No enterro de Man.

Por Manuel Miragaia



Perante esa paisaxe montesia
dos albos salseiros invernais da beiramar,
a soas, ti e mais o cosmos,
como Home diante o destino.

Abraiaba-che a cotio
a noite co seu luar estrelado.
Emocionaba-che de dia
o raiolar circular e xeneroso do sol,
mentres o vento abalaba os teus longos cabelos.
Ouviste durante un tempo delongado,
co ritmo canso das ondas batendo no coído,
coa música zoante do vento,
a trascendéncia nua e senlleira da vida.

Ese mar enorme compañou-te,
cos seus xogos xuvenís,
co movimento ledo do seu dondo lombo azul verdoso e os monólogos interminábeis de vagas.Era a tua familia e o teu fogar,
o teu amigo da alma,
que desfacia abisais soidades
e lamia as cicatrices íntimas.

O mundo e a vida son circulares.
O sol e as ondas son circulares.
Ti foste o sábio
que comprendeu o círculo tráxico do home,
a mágoa infinita da vida,
despido perante ela,
agarrando, inocente, cunchas de nácar,
como un elemento humilde da natureza.

Eras monolito primixénio da mística máis pura,
adorador panteísta desta mátria de mar e terra.

Morreu en siléncio o lendário anacoreta do coído,
abatido pola dor do seu templo profanado.
Os cons de Camelle fican orfos,
mas a tua alma navega nas vagas eternamente.

Camelle, 30-XII-2002

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Man murió de pena y dijo solo: «yo decir que esto no debe limpiarse nunca..., porque hombre no querer a hombre, ni a mar, ni peces ni playa».

A Costa da Morte nunca fue negra. Fue brava, arisca, inconformista, festiva hasta en sus lutos, fue el lecho del sol, el fin del mundo, final siempre de largos recorridos. Pero hoy es una costa negra. Y por ello parece acertado iniciar el recorrido en el mausoleo, perdón museo, de Man. Man, diminutivo de Manfred, fue hasta hace poco el alemán de Camelle. Hoy es un mito. Manfred Gnadinger (Dresde, 1940) llegó a esta costa conducido por los cantos de sirena hasta el pie de la palestra donde una joven profesora enseñaba caligrafía a los niños. La vio, se enamoró y aquí viviría para siempre, sin la maestra. Siempre terminó anteayer, engullido por la codicia de los nuevos piratas que rociaron su museo o su vida y su mar de muerte o alquitrán. Así hoy, el museo de Man, una suerte de jardín de piedras que a lo mejor recuerda las formas de Gaudí o las ruinas de su ciudad alemana bajo la revancha aliada del 45, asentado en tierra de océano, queda para gloria del turismo convertido en la memoria negra del Prestige. Los turistas admiran su paisaje con tomavistas. Cuando Manfred vivía, y vivió aquí 40 años, era imposible adentrarse en sus piedras sin ser visto: el hombre en taparrabos (invierno y verano) observaba incansable desde su atalaya, salía al acecho del visitante con una cajita de pinturas y un bloc de miniaturas: «Ver, haces un dibujo; fotografías, tres dibujos», era el precio de la entrada. Pero Man ya no está: murió de pena, primera víctima de la marea última; fue enterrado por los vecinos. Están sus piedras, que te pegan las suelas de alquitrán, quedan sus plantas (ya secas, del aire enrarecido, el olor a fuel que también mató a Man), impone asomarse a sus diminutas vidrieras, porque en el interior de su cueva el lecho no está intacto sino desventrado, sus papeles han sido vaciados de las cajas, sobreviven sí algunos cuadernos de dibujos/boleto, entre los miles que tendría. Man murió de pena y dijo solo: «yo decir que esto no debe limpiarse nunca..., porque hombre no querer a hombre, ni a mar, ni peces ni playa». Nadie se ha atrevido a contravenir su último deseo, llenas permanecen sus pozas de chapapote.

http://www.el-mundo.es/viajes/2003/18/1048870672.html
Marzo de 2003, número 18

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La Voz de Galicia

05/01/03

Símbolos

Para os que sentimos que o mar da Costa da Morte rompe directamente contra o noso corazón, Man, o alemán de Camelle, era todo un símbolo desa comarca fermosa que se amarra con paixón a un mar magnífico e salvaxe. Man concentraba na alma toda a forza da Costa da Morte, a súa capacidade ensoñadora, a visceralidade da súa paisaxe, e tamén a súa incrible inxenuidade, a súa bondade. Coa morte de Man, non só morre unha persoa e un creador, senón que tamén morre o mellor símbolo dunha costa agraviada por esa infernal pasta de piche. Man era un símbolo, como tamén o é xa Muxía, convertida no referente indiscutible da marea negra para o mundo enteiro. Pero hai moitos máis símbolos. Os mariñeiros son o da valentía, o da tenacidade e o da resistencia. E os Patróns Maiores que estiveron en folga de fame encarnan a dignidade. Mesmo unha persoa coma min, escasamente mitómana, recoñece todos eses símbolos, que se identifican tamén nos comportamentos da sociedade civil desde que comezou a marea negra.

Sen embargo, o símbolo máis emblemático que a sociedade civil esperaba dos gobernos (galego e estatal) non chegou a producirse. Estou a falar da dimisión dos responsables políticos, cada vez peor valorados pola cidadanía, segundo as enquisas. A dimisión simboliza a humildade e, en ocasións, pode simbolizar tamén a honradez. O que, desde logo, non é honrado é facer crer que a democracia consiste só en escoller co noso voto, a través das urnas, as persoas que nos van representar nos distintos gobernos e cargos públicos. Sen tolerancia, sen diálogo social, sen capacidade de interlocución, sen consenso e sen solidariedade a democracia non existe. A democracia non é un rito, é un xeito de entender a vida, as relacións humanas e as relacións sociais. Por iso resulta incomprensible que o goberno galego e o goberno español permanezan xordos ante un pobo que lles solicita a berros a súa demisión. E o peor é que o seu comportamento autista vai en deteriorio da propia concepción democrática, dese sistema democrático ao que representan. O feito de negarse a dimitir é unha perversión política que non ten ningún tipo de xustificación. E moito menos na Europa do século XXI.


FRAN ALONSO

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Man, el náufrago voluntario

Hace cuarenta años llegó a Galicia, a la Costa de la Muerte, un alemán que se buscaba a sí mismo. Y se quedó. Es Man: el náufrago voluntario, el ermitaño, el artista de Camelle

José Luís Secorún
Un equipo descubrió este hombre y le dedicó un reportaje. Por aquel entonces la gente del pueblo lo rehuía, pero ahora, tanto él como su museo se han convertido en atracciones turísticas.

Man vive tranquilo en la Costa de la Muerte, cerca del mar, allí donde rompen las olas, rodeado de su propio universo. “Cuando vine aquí, esta zona fue para mí como un paisaje lunar, a parte del mundo. Yo siempre había soñado cómo sería poder vivir en la luna o en el espacio, en el universo... Muy lejos de todos, a parte del mundo, muy lejos”, explica.

Después de vivir diez años en una casa de las afueras de Camelle que le dejaron, Man se compró una pedrera. Allí, en primera línea del mar y con la ayuda de algunos pescadores del pueblo, se construyó una casa, su ermita. Entonces comenzó su renuncia absoluta del mundo.

Poco a poco Man fue modelando el paisaje que rodeaba la casa. Utilizando los objetos que le daba la naturaleza, se construyó su propio entorno. Al cabo de un tiempo sintió la necesidad de abrir su mundo a los demás. Así nació el museo de Camelle.

Con el dinero que recauda con la entrada al museo, Man tiene lo justo para comprarse un poco de fruta o verduras en el pueblo que, junto con las algas que recoge del mar, son su único alimento.

Una vida al margen de todo

A Man le es indiferente vivir al margen de los corrientes artísticos, de los que desconoce prácticamente todo. Él vive para él mismo. Sólo hay un artista que le ha conmovido. Se siente cercano a él, pero no a su manera de trabajar: es Antonio Gaudí. “Si, Gaudí es mi padre. Hacer algo como yo con planos es imposible, porque es una obra espontánea y de antemano no puedes saber las circunstancias, ni cómo irán las piedras. Así, sin planos, es más interesante. Así no puedes saber el resultado de antemano", comenta.

Man trabaja solo y exclusivamente con las manos. Es un ejercicio de mucha paciencia que da resultados muy lentamente, con mucho esfuerzo. Él sabe que las cosas podrían ser diferentes: “Me parece que en mi trabajo sólo con mis dos manos es muy infantil, aunque las piedras que puedo mover cada vez son más grandes, pero me parece que hacer mis monumentos sin grúa es muy infantil”.

Visitantes curiosos

Los niños seguramente son los únicos que visitan a Man durante los meses de invierno. Los adultos del pueblo no quieren saber nada, no le entienden.

Para los niños, Man es diferente de toda la gente que conocen. Es el que siempre va corriendo medio desnudo, aunque sea invierno. Les deja papel y lápices de colores para que pinten lo que quieran. Es como un personaje de cuento, que ya forma parte del paisaje de Camelle. Algo que le hace gracia al mismo Man: “Esto es para la interpretación libre, sí, para que los niños produzcan su propia imaginación, y yo les doy a cada niño una libreta para hacer un dibujo libre sobre el museo”.

El dibujo forma una parte muy importante en la vida de este náufrago voluntario. Cada vez hay menos espacio en su habitáculo. Vive rodeado por más de dos mil libretas llenas de dibujos y escritos, fruto de aquellos que alguna vez visitaron al náufrago de Camelle y a su museo. “El museo es el árbol, y cada folio de la libreta es un folio de ese árbol y cada dibujo es un fruto de ese árbol", explica.

Un pueblo distinto

Camelle ha cambiado mucho desde que llegó Man. Hace cuarenta años era un pueblo de pescadores completamente aislado, sin carretera, donde la dura vida cotidiana obligó a la gente a emigrar.

A Man, el Camelle moderno no le gusta, ni sus nuevos edificios de hormigón, ni que la gente haya cambiado y sea más desconfiada. Para Man, Camelle se ha convertido en un pueblo sin encanto. Él siempre pasa corriendo. El único contacto que tiene es cuando recoge el correo o cuando va a comprar las frutas y verduras que necesita.

María Tajes, vecina de Camelle, se sorprende la expectación que genera Man en el pueblo: “Vienen de Coruña, vienen de Madrid, vienen de todos los sitios, la gente de fuera todos vienen para verle y nosotros no sabemos porque, pero los turistas vienen a Camelle”.

Un incomprendido con un sueño

La antigua y buena relación que tenía Man con los pescadores se rompió cuando empezó a cobrar a los turistas que visitaban el museo. Un abismo de incomprensión se abrió entre Man y los demás. El momento más trágico fue cuando le dieron una paliza: “Cuando se me castigó una vez por lo del museo, y vinieron con palos, yo dije: soy Man, el hijo del hombre y hace dos mil años me han tratado como hoy. Poco después de estas palabras, unos dos minutos o así, me dieron con los palos y tuve que estar dos meses en cama, sin poder correr”.

La relación de Man con el mundo es la de un pez fuera del agua, la de un náufrago que no quiere volver, pero que continua enviando mensajes. Pero Man, como cualquier hombre, también sueña y en su sueño expande su universo más allá de sus propios límites. Y se deja llevar por su imaginación: “Me gustaría poder comprar las fincas y con camiones poder llevar mis piedras hacia el monte, para encerrar el museo en su propio mundo, protegido del pueblo".

http://www.planetaazul.com/revista/article.phtml?id=161
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A LÚA NOS BEIZOS
Ladaíña para 'Man o Alemán'.

Por Avelino Abuín de Tembra

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Man, o home de Camelle

O Día dos Santos Inocentes morría Man, 'o Alemán' de Camelle, un dos artistas máis característicos da Costa da Morte, un home que lograra fundir a súa vida coa vida propia de Camelle, a vila na que residía desde 1961. A razón da súa morte, na asepsia científica do parte médico, foi o agravamento da tromboflebite que o mantiña desde había meses a tratamento, anque todos en Camelle saben que a marea negra do 'Prestige' sobre o seu Museo foi a causa que precipitou o desenlece. El, que se fundira pedra a pedra coa costa encrechada de Camelle e coa historia dunha terra marcada polo mar e o vento, non podía acabar doutro xeito e, a súa morte púxolle final épico a unha vida chea a partes iguais por sangue e por lenda. Man pertencía a esa caste de artistas afastados dos circuítos comerciais e que lograran facer del mesmo unha obra de arte, dentro da corrente máis contemporánea da plástica. O froito máis visible desa reviravolta é o museo que, pouco a pouco, foi construíndo en Camelle e que as primeiras valgadas de pichi sepultaron irreversiblemente no pringue visgoñento do 'Prestige'. Del queda tamén a súa figura inmortalizada no dique de abrigo do porto de Camelle, pois así o pediu el cando se construíu. Os operarios, daquela, tiveron que realizar unha masa de cemento máis mol, sobre a cal o "místico do mar'' —como algúns o chamaron á súa morte— se deitou para gravar a súa silueta. Previamente, o proxecto do dique xa fora modificado para evitar que a súa construcción afectase ó museo, unha das pezas máis entrañables e visitadas da arte ó aire libre en Galicia. A supervivencia deste labirinto de esculturas, calladas de círculos e cromatismo contundente, é agora unha cuestión latente, así como a súa recuperación como símbolo da reconstrucción que a Costa da Morte agarda tralo paso da marea negra. O museo é a biografía de Man, pero tamén a de Camelle e do propio mar, un triángulo que a arte fundiu con mitoloxía lendaria, carne, sangue, salitre e algas.
Era 28 de decembro, o día dos santos inocentes, e miles de persoas saían á praia do Orzán, na Coruña, para chorar o velorio do mar. Nesa mesma mañá, neboenta e chuviosa, con vento, difundíase a noticia da morte de Man, Manfred, o alemán de Camelle, o home que durante anos levantou nun recuncho ó bordo do mar, un labirinto de esculturas simbióticas e inquedantes, debedoras da arte bruta pero tamén dun proceso creativo no que vida, arte e supervivencia se engastan nunha única expresión. Era un labirinto no que, en certo modo, Man traducía, en pedra e cor, a súa biografía e a do mar, canteira nutricia da que el extraía boa parte do seu material artístico: boias, croios, rellas, antenas, pneumáticos, barrís, botellas, timoas, táboas, ferranchos, farrapos... A súa morte foi unha nova que veu incrementar a xa estarrecedora paisaxe da costa galega nestes últimos meses, en boa parte porque o Museo de Man fora o primeiro pico afectado pola marea negra do Prestige e porque Man —coa súa atrabiliada figura, escuálido e anacoreta— se transformara nunha especie de símbolo da traxedia. "Síntome moi mal. Isto deixoume moi mal'', díxéralles Man ós periodistas cando viu o seu labirinto enzoufado polo pichi, o labor de anos de vida sepultado baixo o efecto químico dunha mutación que, ó seu paso, ía solidificando todo canto tocaba, incluído o mar, avolto agora o mar nunha masa visgoñenta e lúgubre, parda, que paralizaba as gaivotas e os araos, que mataba os peixes e as ameixas, que erradicaba o placto e as algas. Man, que era historia na historia da Costa da Morte, lenda viva en coiros e guedellos alboreados, sentiu en si mesmo a fin da historia na Costa da Morte e o comezo dunha era de incertezas que el —xa enfermo e debilitado polos achaques do inverno pasado— non resistiu.

Man chamábase, en realidade, Manfred pero prefería que lle chamasen Man (home), denominación que, en certo modo, lle acaía ben ó seu modo de vida, anacoreta e solitario, hippie e bohemio, naturista e radical. A xente en Camelle, sen embargo, coñecíao polo alcume de O alemán. Como ocorre cos personaxes lendarios, a historia de Man está sucada de misterios e lagoas escuras, algunhas desveladas pouco despois da súa morte e outras integradas xa no folclore popular de Camelle sen importar o grao de verismo. As relacións da vila co alemán non foron sempre harmónicas, anque nos últimos anos amainaran as arrautadas que, nos momentos álxidos de máxima tensión, canexara conflictos virulentos, mesmo as agresións físicas e a destrucción dalgunhas das pezas do seu labirinto. Non era tampouco fácil encaixar, nestes confíns do mundo, os caracteres dunha vila mariñeira coa excentricidade social de Man, que con frecuencia corría espido pola ribeira de Camelle, enlevado ás veces de paixón alucinada e poderosa inspiración para alporizamento dos veciños e o escándalo do decoro católico. E anque a maioría o aceptaba e respectaba, só despois da súa morte comprenderon todos que Man e Camelle eran unha simbiose: Man non existiría sen o mar violento de Camelle e Camelle non tería unha singularidade propia na Costa da Morte se non fose do universo do alemán, motivo de atracción para miles de visitantes. Man chegou a Camelle arredor de 1961, anque algúns cronistas fixan a data da súa chegada na véspera do día das festas patronais da vila, o Espírito Santo, en 1962. Son estes os mesmos anos nos que o fotógrafo Jean Dieuzaude realiza a súa última serie de retratos sobre Galicia, captada coa súa cámara como un espacio onde o tempo da postguerra permanece aínda palpable. As razóns de que Man se establecese en Camelle non son claras. Ó parecer, nacera nunha familia alemana de clase media e era o último de catro irmáns. A súa nai morreu sendo neno e a nova esposa do seu pai, unha muller debuxada pola lenda como un deses personaxes das novelas de Dickens, meteu a Manfred nun correccional, onde permaneceu ata os 18 anos. Ó acadar a maioría de idade, fúgase de Alemaña e inicia unha peregrinaxe pola costa Atlántica de Europa. Percorre a Bretaña francesa, baixa polas Landas e entra en España pola cornixa cantábrica ata Ferrol. Cando chega a Camelle, decide

que aquel porto recóndito da Costa da Morte é o seu destino. Nestes primeiros anos de estadía, as informacións son confusas. Algúns indican que a súa primeira noite a pasou na casa de Lola de Benadita e que na casa de Carmen de Chuco lle arranxaron uns zapatos. A primeira comida que lle ofreceron foi un banana con pan e a primeira casa na que viviu proporcionoulla gratuitamente Euxenia Heim, unha muller que sabía alemán.

Os seus biógrafos subliñan —hai un completo perfil na páxina camelle.net— que durante estes primeiros anos, Manfred era un home de porte ergueito que vestía con esmerada elegancia, peiteado coidadosamente e lucindo uns modais exquisitos para agrado daquela aldea no confín do mundo. Asistía todos os domingos a misa e mantiña relacións de grande afabilidade coa xente do pobo. Xa entón tiña inquedanzas artísticas e anque non se lle coñecía oficio nin beneficio —recollía, segundo contan, animais e plantas que estudiaba despois na súa casa— si se sabe que esculpía e pintaba con asiduidade, nun estilo pola contra que non cadra co que logo o faría famoso.

A lenda tamén conta que, nestes anos, Manfred se namorou dunha mestra, co que mantiña longas conversas en inglés. El estaba loucamente namorado pero ela, ó final, desprezou o seu amor e, deste xeito, empurrouno cara á unha nova forma de enfrontarse á vida: Manfred transformouse en Man. Hai quen apunta que ela, desde o primeiro e ó estilo desas heroínas perversas dos melodramas, non estaba en absoluto interesada en Manfred senón en aprender alemán e que o abandonou en canto satisfaceu o seu interese.

É entón cando Man comeza a construírse: facía grandes distancias correndo, descalzo e co seu característico taparrabos, en busca de materiais para o seu museo ou nadaba longas distancias entre Camelle e Traba, alancada que sempre levantou grande expectación entre os veciños da vila. Os veciños cedéronlle o espacio no que el instalou o seu labirinto de esculturas, construccións de formas redondeadas que se suporpoñen —alguén cualificounas de estalagmitas— e que tracexan unha paisaxe de inspiración surrealista con peso innegable de formas orgánicas.

Neste labirinto viviu Man como o faría un ermitaño: alimentación vexetariana e escueta, infusións realizadas a partir de plantas autóctonas e escasos contactos sociais. Vinte pesos cobraba Man por adentrarse no seu labirinto e o visitante quedaba, ademais, inmortalizado nel a través dunha folla de papel que el lle entregaba para que escribise o seu nome e debuxase as formas suxeridas pola súa visita.

Esta rutina rompeuse o ano pasado cando tivo a primeira crise de saúde que se lle coñece. Daquela, impuxéronlle un tratamento que implicaba visitas periódicas ó hospital para o seguimento do Sintrón. O agravamento da enfermidade foi, sen dúbida, o que acabou coa súa vida e o parte do médico así o confirma: insuficiencia respiratoria e tromboflebite. Camelle, sen embargo, sabe que "o do Prestixe'' foi quen "acabou de matalo'', como dixo Purificación Suárez, a súa veciña máis próxima, unha muller que medrou con Man e que de nena caíu engaiolada do xiradiscos que el lle poñía. De maiores, tamén tiveron o seu enfado porque ela vivía tan cerca do labirinto del que "el tiña medo de que lle estragaramos o contorno''. No enterro de Man, Purificación chorou como chorou boa parte do pobo de Camelle. Despois de tantos anos de encontros e desencontros, o que todos tiñan claro era a necesidade de preservar o legado do Alemán, ese labirinto da súa biografía que é tamén a biografía de Camelle e a biografía do mar.
Domingo Antonio Chavaga.

El Correo Gallego, 2 de Enero de 2003

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Manfred Gnadinger

Daños colaterales

En el planeta Tierra hay un continente llamado Europa.
En Europa hay un país llamado España.
En España hay una Comunidad Autónoma llamada Galicia.
En Galicia hay una provincia llamada La Coruña.
En La Coruña hay una zona costera llamada la Costa da Morte.
En la Costa de la Muerte hay una población llamada Camelle, cuyos habitantes se dedican a la pesca y al percebe.
En Camelle hay un bar llamado Rotterdam.
Junto a este bar, al lado del mar, hay una casa-museo.

En esta casa ( dos por tres metros ) vivía hasta el pasado 20 de diciembre del 2002 Manfred Gnadinger.
Manfred, alemán, llegó a Camelle en 1961 y se quedó para siempre.
En esta casa vivía desde hace 30 años, como un anacoreta.
Él mismo construyó con sus manos su museo, compuesto por esculturas de las piedras que encontraba junto al mar, restos de automóviles y esqueletos coloreados de peces.
Hoy Manfred está muerto, tenía 63 años.

A las costas de Camelle, al igual que otras muchas en la Costa da Morte, llegó el fuel vertido por el petrolero Prestige y embadurnó toda su obra y arruinó sus colores.

La opinión de los vecinos de Camelle sobre Manfred resumen su forma de vivir y morir:
"Vivió como había elegido vivir".
"El chapapote había arruinado la obra de su vida".
"Manfred ha muerto de melancolía".

Camelle va a conservar su casa-museo porque es una de las señas de identidad del pueblo.

!! Manfred fue un hombre libre ¡¡.



Comentario: Manuel Rodríguez

 

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Ventos ábregos

Nenia por Man o Alemán

http://www.galiciaviva.org/index.html
O dilectísimo Antón Avilés de Taramancos estaría de acordo co cronistra. Compartiría as honras do 2003 con Manfred Gnadinger, Man o Alemán, o Home de Camelle.

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Cartas al Director

Réquiem por un hombre llamado 'Libertad'

Angel Piedra Cuevas

Sr. director:

Ese hombre era Manfred Gnadinger más conocido como 'Man' el ermitaño de 'Camelle' y quizás la primera víctima mortal del 'Prestige'. Por razones profesionales tuve la suerte de vivir y trabajar durante 3 años en ese lugar, a veces caótico y siempre misterioso llamado la 'Costa de la Muerte'. Allí hace 20 años conocí a 'Man', pasé muchas horas, en ocasiones días enteros contemplando su museo esculpido sólo con sus manos durante más de 30 años; un museo para algunos estrafalario, para otros excéntrico y rocambolesco y para mí un jardín donde incluso las rocas olían a paz y libertad.

Algunas veces le ví zambullirse sólo vestido con taparrabos durante el invierno en las heladas aguas del Atlántico cual animal marino libre y salvaje. Pero un día el olor a vida y salitre del pueblo de 'Camelle' dio paso al olor a fuel y el color azul oscuro casi fantasmagórico que tiene el mar en esa parte del océano se tiñó del color de la muerte cubriendo con su negro y letal manto al anacoreta y su jardín y 'Man' murió de pena, pero su 'obra' ahora teñida de negro y su memoria seguirán siempre vivas.

R.I.P. Manfred Gnadinger. (Man)

Sábado, 18 de enero de 2003

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30.12.02

Geografía emocional I

-¿Dónde vamos?
-A Camelle. Ya verás, te va a gustar.

Mi padre nació a quince kilómetros de la Costa da Morte. Así que cuando íbamos a la aldea, si hacía buen tiempo, recorríamos los pueblos marineros disfrazados de familia. No creía realmente que Camelle fuera diferente de Camariñas, de Cee o de Muxía, pueblos marineros, con puertos, barcos, redes por el suelo, restaurantes... esas cosas, vaya. Y lo era.

-Aquí vive un señor muy curioso. Es alemán y vive como un ermitaño.
-¿Qué es un ermitaño?
-Es como... Va casi desnudo, y hace esculturas, entre las rocas. Es alemán.

No me quedó muy claro el concepto de ermitaño. Pero la posibilidad de que un alemán optase por vivir desnudo en un remoto pueblo gallego era lo suficientemente surrealista como para interesarme. Mientras caminábamos por entre las rocas, salió a nuestro paso, en efecto, un anciano en taparrabos. Holaa, toma una libretaa, dibuja lo que vesss, son sien pesetasss ¿Lo que veo? Yo veía al hombre más extraño del mundo, con el pelo y la barba largos, descalzo, desnudo, con un taparrabos de cuero, sonriendo. Hola niñoss. Me dio la mano y sacó libretas y lápices de colores de entre las rocas. Y con un gesto nos invitó a recorrer su museo.

Manfred Gdaninger nació en Dresde justo antes de la guerra. Llegó a Camelle el día de la fiesta del Espíritu Santo de 1961. Aquella noche conoció a la maestra del pueblo, se enamoraron, vivieron dos años juntos. Y cuando ella hubo aprendido alemán, le dejó para emigrar. A Man le gustaba el mar, le gustaba recoger cosas que quedaban entre las rocas después de la marea, y hacer esculturas con ellas.

Nunca había visto a mi padre dibujar. Se peleaba con los lápices de colores, delante de lo primero que había visto. Yo no sabía qué dibujar. Las rocas estaban llenas de extrañas figuras redondeadas de colores. Así que ojeé lo que la gente había dibujado antes en mi cuaderno. Cada dibujo tenía un nombre, una fecha y una firma. Eran dibujos tan extraños como el arte del ermitaño, que se había arrodillado junto a una escultura sin terminar y parecía no hacernos caso.

A Man no le hizo gracia que se construyera el paseo marítimo, porque estaba planeado sobre su museo. Tras discutir con el alcalde, el paseo marítimo hizo un quiebro y esquivó las rocas. Desde entonces, a Man le gustaba correr por el paseo. Man recogió durante cuarenta años lo que el mar se dignara a abandonar en Camelle. Man seguía esperando una ballena varada, para construir con su esqueleto la escultura más grande de su museo.

Man se arrodilló y se puso a llorar sobre las rocas de Camelle el 18 de noviembre. Se manchó las rodillas de la misma mierda negra que cubría su museo. Luego miró alrededor y vio que no había nada que hacer. Que era imposible. Hablando con los vecinos, dijo que prefería que no se limpiaran las esculturas. Que ya iba siendo hora de que la Xunta se hiciera cargo del museo. Que se sentía cansado.

-Oye, ¿te acuerdas de alemán loco que vivía en Camelle?
-¿Quién?
-Sí hombre, que lo fuimos a visitar cuando érais unos críos.
-Ah, ya, sí, el anacoreta.
-Pues ha muerto.
-¿Qué?
-Mira.

Ya no importa lo que diga el parte médico: el Prestige se ha llevado a Man. Su intensa cola de fuel pintó de negro plomizo las rocas que él coloreó durante cuatro décadas junto al espigón de Camelle...

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Elmundo.es.-Viernes, 3 de enero de 2003

LOS PLACERES Y LOS DIAS

Una víctima

FRANCISCO UMBRAL

Tenía la cueva vuelta del revés, los víveres en la fachada de roca y el arte, su arte, escondido en su mundo interior de piedra y soledad. Le llamaban Man, que significa «hombre» pero que también es la primera sílaba de su filiación completa, Manfred Gnadinger.Tenía algo de Cristo germano y algo de bañista viejo. Era alto, alemán y barbado. Se había convertido en una astilla humana del mar. Era el crucifijo natatorio de la Costa de la Muerte. Tenía 43 años y había nacido en Dresde. Seguía hablando español en infinitivo, como los pieles rojas y los turistas torpes. Man era artista o más bien coleccionista de las minucias que le traía el mar: una espina delicada, una piedra esculpida por la paciencia del viento, una vértebra de cetáceo, un esqueleto de burro y otras entrañables miserias con las que había construido su domesticidad de solterón, pues Man era soltero de una maestrita del pueblo que no le quiso de amores allá por los felices 60.
El pueblo es Camelle, un pueblo de pescadores y guardias civiles.Man, después del desavío amoroso, se hizo pescador solitario del mar, este mar bravío y limpio que él ha pisado tantos años -nunca usó zapatos- y últimamente pisaba sobre el fuel negro que le ponía sandalias de monje de las abadías del mar a sus pies esbeltos que empezaban a hincharse. A Man lo encontraron muerto en su cueva, la otra mañana, vencido por la tizona o el tizón del mar, muerto de tanta salud y caído, como los dioses, en la lucha del hombre contra los elementos, que es una lucha mitológica hoy repetida kafkianamente en la lucha del hombre contra las instituciones. Cuando ese primer desamor de los 60, todos debimos retirarnos a una roca, a una orilla, a una soledad, a un paraíso picudo de peces y cormoranes, porque eso ya no se repite, dos veces no pasa el amor, como dijo Machado, y si todas duelen, horas conceptistas, la primera mata.

En Camelle la gente, a Man le tenía amistad. Lo que no sabemos es cómo llegó este alemán a España ni por qué se quedó en la orilla galaica de la muerte, en el extremo del mundo. Esculpía las piedras en el hormigón de Camelle, era el último prehistórico, sólo que en romántico, y el Romanticismo es una cosa que tardaría muchos siglos en elaborarse. El vertido del Prestige había puesto un vernisage de muerte en las obras de Manfred.

El desengaño amoroso apartó a Man de la misa dominical, de los zapatos elegantes y de las buenas costumbres. Nadie se repone de ese desengaño y da igual salir todas las mañanas a tomarle el pulso al mar que salir a la oficina para cobrar un sueldecito.El mar del abandono, con sus oleadas de celos, va por dentro.Man nadaba mucho, era vegetariano y no iba al médico. El hidrocarburo arrasó su casa/museo. Man explicaba la tragedia con los verbos españoles en infinitivo, como ya hemos dicho. Decía que no hay que limpiar nada sino dejarlo todo negro como un amargo testimonio.Este panteísta ascético había perdido de pronto la fe en el hombre y su desamor por los mares y los peces. No sé si dormía sobre una balsa de la orilla o él era la balsa. Man, la única víctima humana del Prestige, parece un caso excepcional, pero todos llevamos dentro a ese romántico primitivo que un día, tras mirar el mar, entra en su cueva natural, se despoja de sí mismo y se deja morir.Todo desamor es un naufragio y mana interminablemente como el fuel del corazón.


 

 

23 de abril de 2003,

Els municipis mallorquins de Santa Maria i Fornalutx acolliran l'exposició de serigrafies 'Per Man Per Galicia'

PALMA DE MALLORCA, 23 (EUROPA PRESS)
L'exposició de serigrafies 'Per Man Per Galícia' s'exposarà a partir de demà en les localitats mallorquines de Santa Maria i Fornalutx, on romandrà fins al 4 de maig i el 30 d'abril, respectivament.

En Santa Maria serà inaugurada a les vuit del vespre pel director general de la conselleria balear d'Interior, Antoni Torres, i l'alcaldessa d'aquest municipi, Maria Rosa Vich. A Fornalutx s'inaugurarà a la mateixa hora pel director general de la conselleria balear de Funció Pública, Jaume Colom, i pel bisbe de la localitat, Salvador Sastre.L'exposició, composada per trenta-set serigrafies, cedides per pintors de les illes, amb el format de punt de llibre, pretén recaptar fons que es destinarà a l'Ajuntament de Camariñas (A Corunya).

El títol, 'Per Man Per Galícia', és un homenatge a Manfred Gnädinger 'Man', l'artista alemany establert a la localitat costanera de Camelle que havia creat un museu en els penya-segats i que va morir dies després de produir-se l'accident del petrolier.Alguns dels artistes que participen en l'exposició són: Guillem Aulí, Mateu Bauzà, Joan Bennàssar, Jim Bird, Ramon Canet i Maria Carbonero.

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Man Jabois
“Man de Camelle” é o título do artigo co que Manuel Jabois gañou o premio Julio Camba na edición do 2003. Un premio que está dotado con 6000 euros. O segundo premio foi para Manuel Vidal Villaverde polo artigo titulado “Historia Universal de outra infamia” que publicou en "El Correo Gallego"; o terceiro premio foi tamén para un xornalista do Diario de Pontevedra Rafael López por “Un siglo de vida económica” que publicou no suplemento especial publicado con motivo do seu número 25.000. O cuarto é para Manuel Darriba por “Hábitos do silencio en Samos” que apareceu no suplemento “Dominical”.
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19/02/03 LA FUTURA CASA DE CULTURA DE CAMELLE SERÁ TAMBIÉN MUSEO DE MAN. (http://finisterrae.com/anterior/2003/indice207.htm)

El concello de Camariñas ha adquirido un viejo edificio situado cerca del paseo marítimo de Camelle con el fin de convertilo en Casa Cultural y museo dedicado a Man.El edificio acogerá documentos y objetos relacionados con el artista, que aún se están inventariando; mientras su principal legado, el museo al aire libre, está a la espera de un programa detallado de conservación y difusión.

17/02/03 INICIATIVAS BENÉFICAS PARA EL MUSEO DE MAN.

(http://finisterrae.com/anterior/2003/indice207.htm)

El viernes 14, en la galería Andrós de Vigo, se realizó una subasta benéfica a favor del museo de Man, en Camelle. La recaudación ascendió a 6590 euros.Ahora, 29 artistas baleares editarán catálogos, de cuya venta se espera recaudar 52.000 euros, que serán destinados al concello de Camariñas para la conservación del patrimonio de Man.
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El hombre y el loro
JOSÉ F. DE LA SOTA
EL PAÍS - País Vasco - 01-03-2003
El hombre se llamaba Manfred Gnadinger. Pude verle a finales de los años setenta en Camelle, la aldea de la Costa de la Muerte en la que decidió instalarse como un náufrago. Pude también echar una ojeada a su museo de piedras y detritos marinos (nada muy diferente a la pintura matérica de Tàpies o cualquiera de sus imitadores en los stands de Arco). No pude hablar con él, porque el hombre, aquella temporada, practicaba el silencio riguroso. Sus amables vecinos, gentes duras del mar y poco dadas a contemplaciones, dedujeron que el hombre era un vago, un zumbado que vivía desnudo a los pies del océano Atlántico para, precisamente, no dar un palo al agua. La única duda de estas buenas gentes acerca de su extraño vecino estribaba en saber si su holgazanería superaba a su propia locura.

El loco de Camelle, Manfred Gnadinger, conocido en el siglo por el nombre de Man, fue la primera víctima mortal de la marea negra del Prestige. Esta vez no hubo cormoranes perplejos mirando al objetivo de una cámara, sino el hombre delgado de Camelle, el hombre flaco y loco de Camelle muriéndose de asco (queda más lírico decir de pena) en la cama de un hospital de la Seguridad Social. Man no pudo soportar el desastre y murió de un infarto. El hombre delgado a quien en treinta años nadie vio flaquear murió asfixiado por el fuel del Prestige.

Ahora leo en la prensa una noticia cuyo protagonista no es otro que el difunto hombre loco de Camelle, sólo que ahora se refieren a él como "el artista alemán que residía en la Costa de la Muerte". Estos cambios escaman. Las palabras, todo el mundo lo sabe, jamás son inocentes. Ahora el alemán loco era un artista afincado en Galicia. Uno de esos pintorescos guiris que desde Jorge Borrow se dejan caer por nuestra piel de toro. El caso es que la Consellería gallega de Cultura va a destinar los 300.000 euros que no gastó en la gala de los premios Max de teatro en levantar un museo en Camariñas dedicado "al artista alemán". Si a alguien le hubiesen dicho en Camariñas que un gobierno iba a gastarse un céntimo en montar un museo en honor del loco de Camelle se hubiera, simplemente, partido de la risa. Ahora todo ha cambiado.

Gracias a las proclamas antibélicas lanzadas en los premios Goya, el loco de Camelle tendrá un museo. Gracias a los actores españoles, el hombre de la Costa de la Muerte será tratado como cualquier pintor o escultor de renombre. Da lo mismo que Man no fuera nada de eso, sino exclusivamente un hombre libre. Man era lo contrario de un político. Lo contrario de un loro insincero (así llamaba el sabio Miguel Torga a los políticos: loros insinceros). Man vivía desnudo y callado, ¿puede haber algo más diferente a un político? Man tendrá su museo gracias a los políticos. Es difícil hallar una acción tan taimada como ésta: utilizar al loco de Camelle como coartada, emplear sus despojos como un escudo humano contra las críticas de eso que vagamente llaman "mundo de la cultura" y que en privado se resuelve hablando de cómicos y cantamañanas. Pienso en Man, le recuerdo una tarde de agosto de los años setenta, callado como un muerto.

Vida de un loco artista contada por un activista (loco)

Manfred arrivó alla Costa da Morte nel lontano 1961, quando ovunque era
ancora “ dopoguerra”. Manfred arrivó vestito di tutto punto, perfino
con i capelli imbrillantinati e con la sua faccia da uccellino sfuggito
alla fame e alla rieducazione di un orfanatrofio bavarese. Nacque nel
1936 in Baviera e arrivó nel 1961 in Galizia. Non se andó mai piú.
Sembrava un elegante pellegrino straniero che, devoto di Santiago,
s’era perso nel cammino verso Finisterrae. Lui, Manfred arrivó col suo
passaporto della Germania di Adenauer e il cuore in cerca di pace.

Manfred fuggí alle contrade del Selva Nera in cerca di un suo dio,
mentre proprio in quegli anni, un suo austero concittadino, tal
Heidegger, si rinchiudeva in una capanna immersa nel bosco dell’Essere.

Manfred restó affascinato dalle Rias di Galicia e dalla sua gente: dai
marineros, dai perceberiros e dai contadini, abituati ancora al carro
con i buoi, al baratto nel mercatino del paese e a quel triste teorema
di partenze verso le Americhe. Terra di Migranti e marineros, Galicia
si fece un po' piú spaziosa per diventare la nuova casa di Manfred.

Lui, tedesco, straniero forse un poco pazzo decise di rimanere e
affittó una stanza nel paesino di Camelle, presso una connazionale
maritata a un gallego di ritorno dall’Argentina.

Manfred si dedicó a coltivare l'orto di quella casa e a tradurre le
carte di quei paesani che volevano andare in Germania o in Inghilterra,
in cerca di lavoro .... quanto piú traduceva tanto piú ammutoliva ....
si fece silenzioso, ... si fece pelle e ossa e buttó quell’unico
vestito che s’era portato dalla Germania ... Manfred incominció a
deambulare nudo per i campi, a nuotare nottetempo e a raccogliere
qualsiasi ramo, scheletro animale o pietra che attirava la sua
attenzione ... Manfred era un artista e ne aveva coscienza: forse aveva
passato buona parte della sua vita a osservare,a immaginare,a
catalogare ogni tipo d’oggetto che gli ricordasse le forme e la luce
dei suoi luoghi sacri ...Fu cosí che Manfred incominció a destare
preoccupazione e stupore fra i sui vicini che incominciarono a
chiamarlo MAN el loco.
Il pazzo Man continuava i suoi baratti con i paesani ... non usava il
denaro salvo per comprare gli attrezzi per l’orto o per entrare in
possesso di quei rottami che dovevano costituire i pezzi pregiati del
suo strano Museo.

Abbandonata la stanza della signora tedesca, compró un piccolo
appezzamento di terreno fuori dal paese, proprio sulle scogliere della
Ria e lí cominció a progettere la sua casa: una casa cubica di poche
stanze e infinite variazioni di luce: lí installó il suo giaciglio e il
suo Museo. Continuó a correre e a nuotare in perizoma e con piccoli
catarifrangenti legati alle caviglie ... la Guardia Civil cosí gli
aveva ordinato.

Quel suo strano Museo sulle scogliere divenne famoso nella zona e fra i
turisti stranieri e spagnoli che viaggiavano a Finisterrae ... il
Comune collocó un segnale municipale fuori dal paese perché fosse
facile raggiungerlo: Museo della Natura, recitava.
Manfred chiedeva solo un euro per accompagnare i visitatori ad
esplorare quello strano luogo, quella caverna cubica en plein air, con
i suoi tronchi, i suoi fossili, le sue rocce e le sue pietre, scolpite
dalle sue mani, dal vento e dalle maree dell’Atlantico che lambivano
senza posa quel cumulo di "resti". Man correva, nuotava, barattava e
c’accompagnava vestito come un cristo salvatosi dalla croce e poi
invecchiato ... era pelle e ossa e c’aveva un barba canosa,
spennacchiata .... era un cristo povero venuto alla Costa da Morte a
redimersi dal peso delle infinite barbarie che i suoi giovani occhi,
bagnati in lacrime, erano stati costretti a vedere. Un po’ eremita e un
po’ maratoneta aveva imparato a vivere di nulla, dell’aria, del pesce e
dei frutti del mare. Artista d’avanguardia nell’era della fine delle
avanguardie.

Manfred era anche un po’ profeta e da quando incominció a star male,
nell’estate del 2002, cominció a parlare di un sogno ricorrente: diceva
ai suoi pochi amici di una Balena Nera che lo inseguiva ... forse la
Morte.... Quando affondó il “Prestige” ne ebbe la certezza: era la
morte “nera” che s’avvicinava e cosí fu. Manfred non resistette al
dolore di vedere il suo mare e le sue pietre macchiate e profanate
dal “chapapote” e dall’incompetenza.

La notte della Vigilia , chiuso ormai da settimane nel sua cubica
caverna, se ne andó ... abbandonó la sua Costa da Morte ... lo
seppellimmo nel camposanto con tutti gli onori e il suo Angelo voló su
tutte le cittá di Galicia gridando NUNCA MAIS (mai piú). Qualcuno giura
d’averlo visto il sabato scorso, 15 febbraio 2003, correre nudo nelle
strade di Vigo urlando ancora NUNCA MAIS A GUERRA... NUNCA MAIS A
GUERRA ... nunca mais a guerra ... nunca mais ...


..........

Unha vez tiven un cravo
cravado no corazón,
i eu non me acordo xa se era aquel cravo
de ouro, de ferro ou de amor.
Soio sei que me fixo un mal tan fondo,
que tanto me atormentou,
que en día e noite sin cesar choraba
cal chorou Madanela na pasión.
«Señor, que todo o podedes,
-pedinlle unha vez a Dios-
daime valor para arrincar dun golpe
cravo de tal condición».
E doumo Dios e arrinqueino,
mais... ¿quen pensara...? Despois
xa non sentín máis tormentos
nin soupen que era delor;
soupen só que non sei que me faltaba
en donde o cravo faltou,
e seica, seica tiven soidades
daquela pena... ¡Bon Dios!
Este barro mortal que envolve o esprito
¡quen o entenderá, Señor...!

Rosalía de Castro (Follas Novas, X)

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MAN

por Carmen Rivera

Naufragó su mente no se sabía cuándo; hace años que llegó perdido, con la razón sin rumbo y sin equipaje a la Costa de la Muerte, huyendo quién sabe de qué sinrazones desde el centro de Europa, cuando ya era una ausencia de sí mismo por los días en que arribó al confín del mundo que llaman Finisterre. Levantó con los restos de su extraviada memoria una cabaña de ermitaño enfrentada a todos los vientos del Atlántico, a la furia de tempestades que forjaron leyendas tenebrosas. Se hacía llamar simplemente 'Man' y pasó a ser un hombre sin nombre, un ser pintoresco, un enajenado Robinson germano de larga cabellera rubia que saltaba con pies desnudos entre las rocas, moreno de sol y frío, cubierto con un taparrabos, hablando con los peces en el pequeño puerto de Camelle.

Erigía 'Man' por aquel tiempo con desquiciado anhelo un bosque petrificado con cantos esculpidos por el océano y ausente de todo y de todos, formaba cúmulos de piedra, un arrebato doliente de arte primario, ante la condescendiente mirada de los vecinos de la villa marinera, absorto y ajeno al embate de las olas, a lo que Yeats definió en un verso como «la asesina inocencia del mar».

No sé que habrá sido del 'loco de Camelle'. Ayer he visto en un diario su fantasmagórico museo, las estalagmitas de guijarros de su afán cubiertas por el manto asesino y obsceno de la negra peste del petróleo que trajo la desgracia a las playas y a las gentes de Galicia un infausto barco mal nombrado 'Prestige' y, el señor Santiago nos valga, capitaneado por un tal Apostulos.

'Man', el precursor naturista, esperaba fundirse con el mar en alguna incierta hora. «Yo soy agua», decía, «este cuerpo es un saco de huesos, un envoltorio de piel». Muchas veces le oían llorar allí, en el límite ahora impreciso, donde un Cunqueiro morriñoso señaló que «terminaba el vuelo del mirlo y empezaba el vuelo de la gaviota. ¡Tiempos felices!».

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'Man'
Por PACO RODA

Diario de Navarra, Jueves, 9 ene. 2003


Se llamaba Manfred Gnadinger. Pero la gente le conocía por Man, el alemán. Llegó a Camelle, pequeño pueblo del litoral gallego, hace cuarenta años. Su vida nunca se extendió más allá del acantilado rocoso desde el que edificó sus sueños. Allí, en medio de un océano furioso que le llegaba por el noreste, construyó una diminuta chabola y decidió casarse con ese mar que hoy escupe vómitos de fuel. Man era un anacoreta, un tipo extraño que vivía como un eremita marino en la más pura indigencia. Pero Man, además, era un artista desengañado del mundo, un despechado por un amor imposible que hizo del acantilado de Camelle un museo de rocas esculpidas que recuerdan los jardines del Bosco o las obras de Gaudí. Y esa obra se convirtió en el símbolo de una costa que hoy, más que nunca, hace honor a su nombre: Costa da Morte.
M
an apareció muerto en su refugio el pasado día 28 de diciembre, cubierto por su única vestimenta habitual, un taparrabos tan conocido como el museo al aire libre que construyó. Ese día el Atlántico estaba furioso. Y es que desde que el Prestige reventara su carga y tiñera de negro toda su obra, el alma de este náufrago de la vida se fue envenenando poco a poco y su corazón llenando de tristeza. Man no pudo, o no quiso, seguir viviendo entre las negras piedras, oscurecidas por el hidrocarburo, que él pintó de colores y moduló como si fueran percebes traídos de la luna. “Estaba enfermo da alma”, decía abatido uno de sus escasos amigos. “Morreu de melancolía”, apuntaba otro.

L
a muerte de este hombre, conocido en todo el litoral gallego, es una metáfora de la fatalidad y el despropósito político que azota desde hace años a Galicia. La muerte de Man debe convertirse en un canto intimista pero también rebelde ante el cataclismo ecológico, económico y humano que padece esta tierra de la que el historiador romántico Murguía dijo: “Era un vergel nacido de las manos de Dios”. El Prestige ha sembrado la muerte por toda la costa gallega y nadie tiene la gallardía de representar el último acto de esta tragedia: inmolarse en nombre de la coherencia, la honestidad, la responsabilidad y el sentido del deber público. Mientras tanto, Galicia se sacude de encima los tópicos sobre su conservadurismo y su histórica sumisión gritando “Nunca Mais”.

Manfred y los coruñeses

Ha fallecido el alemán/gallego Manfred Gnadinger, "El Alemán" de Camelle. Los vecinos encontraron su cuerpo a media tarde del sábado pasado. El lunes siguiente fue enterrado y la cofradía de pescadores pagó todo. El museo del germano había sido arrasado por el fuel. Man, como todo el mundo le llamaba, se había encerrado a cal y canto en su humilde vivienda al aparecer la marea negra, aquélla que para Cañete era poco menos que grano de anís. Man, de ojos de un azul purísimo, había levantado un museo en las rocas de Camelle. Dicen que la "cañetera" -o puñetera- marea negra le había debilitado muchísimo en lo físico y en lo moral. Por culpa del malhado fuel la casa del alemán y los alrededores eran a manera de boca de lobo, negra como un chamizo, donde la muerte de todo lo vivo se enseñoreaba. Vamos, la bucólica Galicia de "Trillo I, el esplendoroso". Man no lo pudo soportar. Ni quiso. Antes de morir dejó una profecía: "Seguirá llegando alquitrán, más alquitrán, hasta que no quede alquitrán en el mar, y cuando ya no llegue el alquitrán, vendrá una ballena negra, muerta. Yo la enterraré aquí y después todo habrá acabado para mí. Diré adiós, adiós, adiós...". Este émulo del profeta Jonás fue incapaz de soportar ni tan siquiera las últimas "mejoras" que, según el aún ministro Matas, ya "favorecen" nuestras costas.

Muchos coruñeses éramos muy amigos de Man. Yo iba bastante a menudo a verlo. Me acompañaban dos coruñeses ya fallecidos: el jurista José González Dopeso y el librero Fernando Arenas Quintela. Fernando le llevaba libros en alemán. Concretamente, todo lo que en lengua teutona se publicaba sobre la Costa de la Muerte. Naturalmente, se los regalaba. Y digo naturalmente, porque Fernando era uno de los hombres más generosos y desprendidos que he conocido. Por su parte, el gran Pepe González Dopeso le regalaba búhos de barro, de la colección increíble que el noble abogado había reunido. A Man le entusiasmaban los búhos y después los reproducía en determinadas piedras, esculpiéndolos a tamaño muy amplio. También le llevé a Man al actor Arturo Fernández, que se hacía cruces ante la originalidad y grandiosidad de la obra del germano. Arturo se empeñó en retratarse ante la casa del Man y cuando éste le insinuó que le vendría bien que le diésemos 25 pesetas -aún no existía el euro- el bueno de Arturo le soltó cinco mil. Man prácticamente se desmayó y golpeaba a Arturo con los puños cerrados en los hombros de boxeador que tenía y tiene el actor: "No necesitar este dinero. Yo sobro con monedas" (sic). Hicimos otra cosa: cambiamos el billete en monedas y se las entregamos en un cartucho. El las guardó en un viejo calcetín. También llevé allí, a la casa de Man, a la eximia escritora, parlamentaria y magnífica coruñesa que fue en vida María Victoria Fernández-España y Fernández-Latorre, que bien se merece una calle en la ciudad de La Coruña. Habló en alemán con Man. Juntos entonaron canciones germanas. Y la parlamentaria, deliciosa dama coruñesa que nunca halló la comprensión que merecía, hasta "cocinó" -como pudo, claro- un postre alemán para el escultor que lloraba como un chiquillo y besaba a Totora. Sólo admitió que le diésemos dos detalles: un kilo de caramelos y una coliflor.

Man es la primera víctima mortal indirecta del Prestige. Tenía 65 años y llevaba 40 en Camelle. El Ayuntamiento lo sepultó en uno de sus nichos. Esta especie de ermitaño guardaba con celo todo lo que la marea traía a tierra. Compró su terreno por una simbólica peseta y todo su atuendo era un taparrabos. Se calcula que en su "reino" ha sido visitado por cien mil alemanes. Se escribía con un hermano. Su cuerpo fue velado por medio Camelle. Era la bondad personificada, una especie de Cristo doliente. Regalaba lápices de colores e invitaba a dibujar y poner firma y fecha. Guardaba tres fotos de su Dresde natal. Un vecino observó hace seis días que no recogía los víveres que le dejaban a la puerta de su choza. Abrieron y estaba tumbado en su camastro. Man quería que la Xunta "prohijase" todo el entorno que él había creado. No sería mala iniciativa de don Manuel Fraga. Man se duchaba en casa del vecino Lavandeira. Poco más necesitaba. Tuvo un amor en Camelle, una maestra que lo rechazó. El Ayuntamiento de Camariñas le había gestionado una pensión no contributiva. Ya no le hace falta. Está con Dios. Acaso, disfrutando de las "vistas esplendorosas" de la Galicia de Federico Trillo. Descanse en paz. Man, no Federico.

Te puse esto,creo que te puede resultar curioso.

Saludos

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Man ha muerto.

por José Puentes

En la cabeza de A Costa da Morte un promontorio
granítico entra en la mar y crea un abrigo natural de pequeñas
dimensiones. Allí nació en la hondura del tiempo un caserío de
pescadores, dependiente de la aldea de Ponte do Porto, que tuvo el
curioso privilegio de recibir por mar "O Santo Espírito, Pai dos
pobres, Dador dos dons, Lume dos corazóns". Negose "O Santo"
a marchar de allí a pesar del empeño del párroco e hiciéronle un
santuario los de Camelle, agradecidos.
Con la Ilustración fue villa expropiada por el Conde de
Altamira, que se quedó con casas, ermita, barcos y aparejos. Cien
años más tarde una empresa de salvamento marítimo estableció su
base en aquel refugio y, mientras duró, fue visitado por agentes de
seguros marítimos, cónsules y náufragos que alteraban
crónicamente la vida de los pescadores y de sus familias. Otro
siglo más y llegó Man.
Cuando Manfred Gnadinger, O Alemán, llegó a Camelle el
fondo del pequeño puerto hervía de nécoras —que se usaban para
abono de labradíos— y de centollas —que por una peseta los
muchachos del pueblo atrapaban buceando para regalo de raros
visitantes. Cuenta la leyenda, pues ya lo es, que estaban en fiestas
y que el artista desengañado de unos amores decidió quedarse a
vivir entre los peñascos redondos que protegen la villa de los
temporales. Verano e invierno en taparrabos, construyó una choza
en aquel yermo de granito. Comenzó a crear esculturas con
piedras esferoidales grandes y pequeñas que después coloreaba.
De los primeros roces con los marineros se pasó al respeto mutuo
y con el tiempo devino en admiración y simpatía por aquel
anacoreta moderno.
Cuarenta años llevaba Man decorando roquedos y hasta el
muelle de abrigo sin nada más que una choza, un taparrabos, el
poco dinero que le dejaban los visitantes y la caridad de aquellas
gentes recias que se preocupaban por él. Juntos vieron temporales
y naufragios, vivieron alegrías y tristezas, pero el pasado
noviembre una oleada de fuel tiñó sus esculturas, su casa-museo
al aire libre, de un negro pegajoso y fúnebre. Manfred el
excéntrico, loco para algunos, dice la Voz de Galicia que
exclamó: ¡Si no me muero me mato; esto a mí no se me puede
hacer!
Enfermó del alma, según dijo uno de sus amigos, y el
veintiocho, día de los Inocentes, murió en su cabaña de un paro
cardíaco. La primera víctima humana del Prestige murió de pena.
Que O Santo o garde.

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MAN, EL ALEMÁN DE CAMELLE

Hola.

Hace unos días se murió Man, un hombre de Alemania que dicen que llegó
andando, muchacho, allá por los 60, a Camelle, un pueblo da Costa da
Morte en el que se quedó a vivir como ermitaño, como los cangrejos.
Vestía con taparrabos, dormía entre más o menos cuatro pedruscos,
dibujaba y esculpía. Buscando algo sobre él en la red encontré estas
palabras anónimas:

"(...)La gente hizo durante años toda clase de especulaciones sobre
cómo, por qué y para qué había venido a Camelle: alternativamente fue un
disidente fugitivo de la Alemania del Este, o un hippy, o un delincuente
común que se escondía de la justicia de su país, o un amante de folletín
huyendo de un marido celoso, o, para los más románticos, un millonario
hombre de negocios que había decidido renunciar a su fortuna y hacerse
ermitaño. Muchos creían que había saltado al agua desde un barco que
pasó muy cerca de la costa, e incluso hubo quien aseguró que había
venido a nado desde Alemania.

Durante años también, fue blanco de las sospechas y de la desconfianza
de la gente. De esa desconfianza que nos hace recelar de lo que no
conocemos, o de lo que no es común. Porque Manfred no fue ni actuó como
un hombre común. No condujo un coche, no buscó un empleo, no usó
paraguas, no se casó en el pueblo. Simplemente se instaló en su casita
sobre las rocas, más cerca que nadie del mar, y con el mar convivió
siempre, mirándolo, disfrutándolo, bañándose en él, buscando en él la
materia prima para sus obras.

Porque durante todos estos años Manfred fue modificando poco a poco el
paisaje que tenía más cerca con sus esculturas. Allí mismo, delante de
su casa, fue creando su museo, el Museo do Alemán de Camelle. Al aire
libre, como él mismo. Combinando guijarros, cantos rodados, plantas y
toda clase de restos devueltos por el mar a la costa: raíces y troncos
de árboles desgastados por la erosión, hierros, redes, ... y agua. Poco
a poco todos estos elementos pasaron a integrarse en sus esculturas,
formando un paisaje fantástico que fue cambiando y creciendo con el tiempo.

También con el tiempo, y también muy poco a poco, Manfred se fue ganando
la confianza de la gente. Y el respeto. Siguió siendo visto como una
persona excéntrica, con su taparrabos descolorido, su pelo largo y su
piel tostada por el sol y el mar. Pero inofensivo, tranquilo y
respetuoso. Como un Robinson, pero con vecinos.

Pero un día salió para darse su baño, como siempre, y se encontró con el
fuel a sus pies. Todos los callejones y los rincones entre sus obras,
todas las rocas y todo el mar de su paisaje estaban cubiertos de
chapapote. Y a lo largo de aquel día, y de los siguientes, su museo se
llenó de curiosos que entraban y salían por todas partes, que se subían
encima de sus obras para ver mejor o para buscar un buen encuadre, que
arrancaban cantos de sus pináculos para tirarlos al mar asfaltado y
comprobar cuánto tardaban en hundirse en el alquitrán. Y de reporteros y
pseudoreporteros que aprovechaban para fisgonear en su mundo privado, en
su casa. Y sobre todo, de tristeza por este mar que ya no es el mismo.

Ayer, Manfred murió.

A lo mejor pensáis que esto es una ñoñería, pero creo que Man murió de pena.

Ciertamente ya no era un jovencito, y había tenido algún pequeño
achaque, pero no estaba gravemente enfermo hasta ese día de mediados de
noviembre. Creo que lo venció la Negra Sombra.

Saludos, Man. Y gracias."

 

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Nunca máis - la marea nera
http://www.altrocinema.it/archivi/nuncamais.htm

ALTROCINEMA: libero, independente, experimentale, d´autore, sociale, documentario.

La terra è abbastanza per la necessità di tutti, ma non per l'avidità di pochi (Gandhi)

Nunca máis è un racconto per immagini e sensazioni dell’incidente della Prestige, la petroliera che il 13 novembre scorso è affondata al largo delle coste della Galizia, provocando la fuoriuscita di 125 tonnellate di olio pesante al giorno. Una catastrofe che ha compromesso irreparabilmente sia l’economia galiziana, fondata sulla pesca, sia l’intero ecosistema. Una “marea negra” che ha invaso oltre 600 chilometri di costa. Ancora adesso dal relitto della Prestige continuano a fuoriuscire ingenti quantità di olio pesante che rendono vano ogni tentativo di pulizia delle coste.
Le immagini seguono la marea nera e il lavoro dei volontari attraverso un montaggio che tende a sottolineare l’assurdità e l’imponenza di quella che è stata appropriatamente definita “la Chernobyl del mare” attraverso l’alternanza di momenti surreali e di interviste agli abitanti del posto e ad alcuni esperti, (Lengambiente, Greenpeace, I.C.R.A.M.).
Le immagini e il montaggio nascono e si sviluppano insieme ad una colonna sonora creata appositamente dai musicisti fiorentini Ether, vincitori dell’edizione 2002 di Electro Wave, del Festival Arezzo Wave con la collaborazione di Alberto Favilli.

Nunca máis - La Marea Nera
di Stefano Lorenzi, Federico Micali, Teresa Paoli
2003 - DV – PAL 40'

Una produzione Stefano Stefani per L’Atelier Distribuzione

Fotografia: Aldo Di Marcantonio
Montaggio: Stefano Lorenzi, Federico Micali, Teresa Paoli
Fonico: Daniele Maraniello
Assistente Operatore: Pasquini Marco
Musiche originali composte e arrangiatae da: Ether e Alberto Favilli
Grafica: Mr. Sembo
Traduzioni dallo spagnolo: Paula Areses, Beatrice Franco
Supporto Tecnico: Sirio Zabberoni, Brunetto Pellicci
Dedicato a Manfred “Man” Gnadigner de Camelle

Copyleft 2003

 

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[22/12/2003]

Cabodano e Museo de Man en Camelle,

por Felipe Senén.


Font: La Opinión

Man, significa simplemente o home, Manfred o home ceibe. Nesta consecuente historia do home e o mar, nunca o nome foi tan apropiadamente propio. Man, o Alemán de Camelle, profesor de debuxo en Suiza, despois dunha visita a Galiza e de certos desamores que enchen de misterio esta historia, no maio ye-ye de 1961, toma asento a carón do máis batido mar dos confíns do Vello Mundo. Man é precursor do hippismo. Non era un pobriño náufrago, un tópico Robinsón Crusoe da Costa da Morte. Escollera aquel lugar e estar así, como un santocristo barbado, andante e nadador e en taparrabos, porque sí porque lle petaba... e eso marca diferencias. Non todos estaban coa filosofía e o proceder de Man. Somentes aquel humanista, pegado ó humus, foi desterrado ó eternoTrasmundo, cando unha marea negra integral, de jalipote, avaricia, arrogancia, mentiras -como contaban as vellas lendas referidas á trabe de ouro e á trabe de alcatrán- enmerdaron estes confíns de encaixe. Os sete pecados capitais emborcaron as praias e cons do batido e sempre temido Mar Tebroso das míticas barcas de pedra, señas e santas compañas... Man era como un Dióxenes na selva de supermercados desta nosa contemporaneidade. Conformábase cun océano límpo batendo incesantemente sobre os cons, trousando á terra canto lixo lle botaban...e con eso mesmamente Man argallaba esculturas efímeras, feitas con anacos de redes multicores, con ferros e maquinarias retortas, con gastadas madeiras de vellas embarcacións e cos mesmos coios labrados pola erosión da acción dos Catro Elementos ceibes. Man complementaba as desfeitas do feismo reinante cunha particular cosmogonía de pinturas de circos en positivo e negativo, brancos,negros, roxos... sobre os muros do dique, sobre as medianeiras das casas...e como un druida, sen saial nen caido, en taparrapos, enfrentouse polo baixo contra canto ilegalmente amenazaba a beiramar. Gañou máis nemigos que amigos. Senlleiro militante, en teoría e práctica, do ecoloxismo integral, entre catro paredes e un raio de sol, de lostregazo ou de lua entrando no su leito de ermitaño, aberto ó son das ondas e do berro desartellado das gaivotas, con cheiro a sal e algas... Man, o máis inocente de todos, como un Cristo fisterrán de barba dourada que agarda a Pascua Frorida, morreu no Nadal do ano 2002, e un Día dos Santos Inocentes. Importante lección de nacemento-morte, que non precisa demasiadas explicacións.

Cúmprese agora o cabodano daquel acontecemento, seguen as ameazas, as guerras e as retóricas de tribuna, Cabodano do Man deseperado, como un Merlín entoleirado vendo seu espacio, seu altar de pedra e mar, inxenuo homenaxe ó cosmos, enchapapoteado pola negra avaricia. Non era a primeira vez, e de seguir así non será a derradeira. Os enxeñeiros deseñaron plans, promesas...e aquel espacio sacro para o ecoloxismo sufriu expolios e colocou o letreiro de Prohibido el paso. Lamento os silencios, as reclamacións -todas son poucas- por parte de tanto batallón enamorado destes confíns. O Concello de Camariñas asume a responsabilidade de coidar ese espacio de ética e de estética que, deica hoxe, se ofrece desamparado a todos os xeitos de vandalismo: sácase un concurso de ideas para a potenciación. Agradeceríamos que non se abarrocase en innecesarios gastos de afeamento para caer na paradoxa do intervencionismo nun espacio esencialmente natural e franciscán. Compre, simplemente, un área de acollida, recepción de visitantes, próxima a ese espacio que foi vivenda e altar de Man, para aprender a valorar máis a vida e a armonia do cosmos entre o caos individualista da sociedade de consumo. Musealizar, que quere decir, conservar e mostrar, neste caso ese singular e simbólico espacio, é cousa máis sinxela do que se pensa nos despachos, o medio xa xenera mensaxe por si mesmo. Simplemente compre vontade de facelo e alguén con paixón e filosofia ecoloxista que administre,vixile e abra ese espacio sacropagano, tan alonxado do mortífero chapapote, endiañada enerxía da máquina das guerras . Un plan de recuperación coherente e coordenado debera comenzar por esta primeira lección de ecoloxismo teórico e práctico.

Felipe Senén

Museólogo e técnico de Xestión Cultural

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Ángel trasterrado, Man de Camelle.

por Eugenio Castro

Infligir sobre el mito una derrota tras otra. Tal parece ser una de las tareas de la civilización capitalista, que progresivamente acecha cualquier espacio de libertad salvaje, aunque allí habite sólo un hombre próximo al estado de inocencia. Oscuramente avanza sobre él hasta ocuparlo, derramando sobre sus dominios su oferta tenebrosa, porque ningún resto debe quedar de la nostalgia del paraíso. Insidiosamente arruina los últimos resquicios de vida no territorializada, con absoluto desdén de su condición colectiva o individual. Podría incluso pensarse que depara a aquellos que han logrado burlar sus designios (o habían creído hacerlo), el golpe más brutal, su propia muerte, vengándose de su evasión, del destino armonioso de un hombre cuya paz no soporta.

La civilización capitalista no soporta la idea de que un hombre construya su libertad convencido de que no puede consentir, dentro de la enajenación social, la suya propia. Aún más: de que un hombre edifique su libertad en el límite de su expresión, cuando advierte la condición de enajenado de sí mismo, lo que tal vez le haga ser consciente de un estadio existencial impensable para los demás, en el que el instinto de supervivencia quizás no es antagónico del instinto de muerte.
¿Así Man de Camelle?

Ángel trasterrado, el progreso no había olvidado la osadía que tuvo al renunciar, a principios de los años sesenta, a sus vanos beneficios; no había dejado de predestinar en él su lógica aniquiladora, cerniéndose sobre él cuarenta años después de esa manera impune que tiene lo poderoso de actuar contra “lo pobre”, sin mostrar la cara, a través de uno de sus mensajeros, acarreando una plaga que devaste la construcción de un paraíso, y, como es el caso, de un paraíso realizado.

El progreso, la catástrofe que Walter Benjamin vislumbra en el Angelus Novus de Paul Klee, cada vez que lleva a cabo una “ejecución sumaria”, advierte de que nada debe permanecer que suscite la experiencia real de una vida vivida sin atributos, levantada piedra a piedra, rama a rama, al borde del origen, y, sin embrago, no separada de la comunidad.

Así la de Man de Camelle: una vida construida con los materiales de lo inmanente, cuyo esfuerzo señala en esos casos un ritual de creación mediante el cual se satisface el objeto de deseo. Una vida, y una obra, que se fijará en la memoria del hombre libre como fermento utópico que resistirá contra el avance del desencantamiento del mundo.

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www.thalassa-online.com

Man, el náufrago voluntario

Por José Luís Secorún

Hace cuarenta años llegó a Galicia, a la Costa de la Muerte, un alemán que se buscaba a sí mismo. Y se quedó. Es Man: el náufrago voluntario, el ermitaño, el artista de Camelle



Un equipo descubrió este hombre y le dedicó un reportaje. Por aquel entonces la gente del pueblo lo rehuía, pero ahora, tanto él como su museo se han convertido en atracciones turísticas.

Man vive tranquilo en la Costa de la Muerte, cerca del mar, allí donde rompen las olas, rodeado de su propio universo. “Cuando vine aquí, esta zona fue para mí como un paisaje lunar, a parte del mundo. Yo siempre había soñado cómo sería poder vivir en la luna o en el espacio, en el universo... Muy lejos de todos, a parte del mundo, muy lejos”, explica.

Después de vivir diez años en una casa de las afueras de Camelle que le dejaron, Man se compró una pedrera. Allí, en primera línea del mar y con la ayuda de algunos pescadores del pueblo, se construyó una casa, su ermita. Entonces comenzó su renuncia absoluta del mundo.

Poco a poco Man fue modelando el paisaje que rodeaba la casa. Utilizando los objetos que le daba la naturaleza, se construyó su propio entorno. Al cabo de un tiempo sintió la necesidad de abrir su mundo a los demás. Así nació el museo de Camelle.

Con el dinero que recauda con la entrada al museo, Man tiene lo justo para comprarse un poco de fruta o verduras en el pueblo que, junto con las algas que recoge del mar, son su único alimento.

Una vida al margen de todo

A Man le es indiferente vivir al margen de los corrientes artísticos, de los que desconoce prácticamente todo. Él vive para él mismo. Sólo hay un artista que le ha conmovido. Se siente cercano a él, pero no a su manera de trabajar: es Antonio Gaudí. “Si, Gaudí es mi padre. Hacer algo como yo con planos es imposible, porque es una obra espontánea y de antemano no puedes saber las circunstancias, ni cómo irán las piedras. Así, sin planos, es más interesante. Así no puedes saber el resultado de antemano", comenta.

Man trabaja solo y exclusivamente con las manos. Es un ejercicio de mucha paciencia que da resultados muy lentamente, con mucho esfuerzo. Él sabe que las cosas podrían ser diferentes: “Me parece que en mi trabajo sólo con mis dos manos es muy infantil, aunque las piedras que puedo mover cada vez son más grandes, pero me parece que hacer mis monumentos sin grúa es muy infantil”.

Visitantes curiosos

Los niños seguramente son los únicos que visitan a Man durante los meses de invierno. Los adultos del pueblo no quieren saber nada, no le entienden.

Para los niños, Man es diferente de toda la gente que conocen. Es el que siempre va corriendo medio desnudo, aunque sea invierno. Les deja papel y lápices de colores para que pinten lo que quieran. Es como un personaje de cuento, que ya forma parte del paisaje de Camelle. Algo que le hace gracia al mismo Man: “Esto es para la interpretación libre, sí, para que los niños produzcan su propia imaginación, y yo les doy a cada niño una libreta para hacer un dibujo libre sobre el museo”.

El dibujo forma una parte muy importante en la vida de este náufrago voluntario. Cada vez hay menos espacio en su habitáculo. Vive rodeado por más de dos mil libretas llenas de dibujos y escritos, fruto de aquellos que alguna vez visitaron al náufrago de Camelle y a su museo. “El museo es el árbol, y cada folio de la libreta es un folio de ese árbol y cada dibujo es un fruto de ese árbol", explica.

Un pueblo distinto

Camelle ha cambiado mucho desde que llegó Man. Hace cuarenta años era un pueblo de pescadores completamente aislado, sin carretera, donde la dura vida cotidiana obligó a la gente a emigrar.

A Man, el Camelle moderno no le gusta, ni sus nuevos edificios de hormigón, ni que la gente haya cambiado y sea más desconfiada. Para Man, Camelle se ha convertido en un pueblo sin encanto. Él siempre pasa corriendo. El único contacto que tiene es cuando recoge el correo o cuando va a comprar las frutas y verduras que necesita.

María Tajes, vecina de Camelle, se sorprende la expectación que genera Man en el pueblo: “Vienen de Coruña, vienen de Madrid, vienen de todos los sitios, la gente de fuera todos vienen para verle y nosotros no sabemos porque, pero los turistas vienen a Camelle”.

Un incomprendido con un sueño

La antigua y buena relación que tenía Man con los pescadores se rompió cuando empezó a cobrar a los turistas que visitaban el museo. Un abismo de incomprensión se abrió entre Man y los demás. El momento más trágico fue cuando le dieron una paliza: “Cuando se me castigó una vez por lo del museo, y vinieron con palos, yo dije: soy Man, el hijo del hombre y hace dos mil años me han tratado como hoy. Poco después de estas palabras, unos dos minutos o así, me dieron con los palos y tuve que estar dos meses en cama, sin poder correr”.

La relación de Man con el mundo es la de un pez fuera del agua, la de un náufrago que no quiere volver, pero que continua enviando mensajes. Pero Man, como cualquier hombre, también sueña y en su sueño expande su universo más allá de sus propios límites. Y se deja llevar por su imaginación: “Me gustaría poder comprar las fincas y con camiones poder llevar mis piedras hacia el monte, para encerrar el museo en su propio mundo, protegido del pueblo".


OS NENOS Instituto de Ensino Secundario de Melide, LEMBRAN A MAN:

CABO DE ANO DE MAN


O noso protagonista chamábase Mangfred Gnadinger e naceu o 27 de Xaneiro de 1936. Sabemos que eran sete irmáns e que axiña morreu a súa nai pero pouco máis se coñece do seu pasado, soamente que apareceu no ano 1961 nun día de festa en Camelle.
O mestre do pobo acolleuno na súa casa e naquela etapa Man era admirado pola súa elegancia, a súa extremada educación e as súas mostras de relixiosidade. Foi nese tempo cando Man se namorou de María Teresa, unha fermosa mestra de Porto do Son coa que compartía longas conversas.
Pero un mariñeiro mercante levouna ó altar e a Man quedoulle máis tempo para pensar na arte e poñer en práctica a súa paixón polos animais e a natureza. Man comezou así, pouco a pouco, a sumirse na soidade e na paz interior.
A principios dos anos 70, un veciño dooulle uns metros de terras e rochas na Alta de Camelle. Alí construíu o seu museo, abandonou a roupa e viviu espido en verán e inverno.
Man converteuse así na máxima atracción turística de Camelle ata que morreu o ano pasado desfeito ó ver o seu Museo cheo de chapapote. Non foi capaz de superar aquela tristura.

Damaris Fernández Baptista
Airina Trincheri Gordon . 2º ESO-D


O ARTISTA ANACORETA DE CAMELLE

Man naceu a pés do lago Costanza entre Suíza e Austria. Naceu en Radolffzlle (Alemania). Manfred Gnädinger naceu o 27 de xaneiro de 1936 e chegou a Galicia un domingo de 1961 camiñando pola Costa da Morte.
Manfred era un home traxeado e moi educado. Naqueles tempos, Man namorouse de María Teresa, unha fermosa mestra de Porto do Son, pero un mariño mercante casou con ela. Así, Man tivo máis tempo para pensar e poñer en práctica a súa paixón polos seres vivos.
Anos máis tarde, aló polos anos 70, dooulle o que ía ser a súa casa. Alí fixo un museo e volveuse vexetariano.
Nunha ocasión, o seu amigo Xosé Antonio Suárez Pallas gravoulle unhas imaxes dun museo de Madrid para que puidese ver a arte que tanto lle gustaba.
En 1974 déronlle unha malleira a escondidas por poñerse diante dunas máquinas apaleadoras que lle querían destruír o seu museo e posteriormente, no ano 1991, tivo outro altercado cos mariñeiros da zona.
O 13 de decembro do 2000 cae enfermo e a súa deficiente circulación deixa maltreita a súa perna dereita. Dous anos despois, ocorreu a traxedia do Prestige que encheu de chapapote o seu museo sen que Man puidera facer nada por salvalo.
Ó cabo dunhas semanas, morreu. Agora cúmprese o primeiro cabodano da súa morte.

Borja Pérez Rodríguez e Gutier Martínez Prado S2C


Man encargaba libros de escritura e arte a Alemaña e pediu que lle gravasen nunha cámara de vídeo as obras do museo Raíña Sofía. No ano 1984 empezaron as súas discusións cos habitantes da zona o que provocou que algunha xente quixera que se fose aínda que moita outra prefería que quedase. Finalmente, conseguiron que se quedase pero no ano 91 tivo outro serio altercado cos mariñeiros de Camelle porque se queixaban de que os troncos e pólas que adornaban o seu Museo poñían en perigo ós barcos porque a ondas podían arrastralos dende o seu Museo ata o mar.
Man cae enfermo o 13 de decembro do 2000 e iso engadido á traxedia do "Prestige" do ano 2002 causoulle a morte xa que non puido superar a inmensa tristura que lle provocou ver o seu museo inundado de negro chapapote.

Era un home moi especial que todos debemos coñecer.

Vanessa Taboada Vázquez. S2D


Man, o alemán de Camelle, era un home moi querido por todos os seus veciños. El levaba xa un tempo enfermo e co do Prestige púxose moito peor e morreu.
Había unha veciña que o levaba ata o hospital para facer unhas análises do sintrón. A última vez que visitou o hospital foi quince días antes de súa morte; tiña as pernas moi denegridas e seguía moi mal.
O noso protagonista chegou a Camelle o día do Espírito Santo e alí coñeceu a unha mestra da que se namorou e ela foi a causa de que quedara para sempre en Camelle.
Man era tan querido que unha veciña sempre lle levaba un bolo tradicional pola Pascua. Cando morreu, como el non tiña panteón, os seus veciños ofrecéronlle os seus.
Unha muller alemana esforzouse por ir ó seu enterro e asegurou que o Papa recoñece a figura de Man e dixo que "Deus o premiará".

Ana Belén Sánchez Quintela e Cristina Sanguiao Vázquez. S2D


Hai moitos anos chegou a Camelle un xoven alemán que, marabillado por esta zona da Costa da Morte, quedouse a vivir nela nun compromiso de perfecta harmonía. Man era alto e delgado, vivía nunha caseta chea de círculos de cores rechamantes.
Estivo 40 anos sen roupa, desde 1962 ata o 2002 que morreu. Será un personaxe lembrado por todo o mundo. A entrada para ir ver a súa caseta valía 1 Euro e a cada persoa que ía alí dáballe uns lápices de cores e unha pequena libreta para que debuxaran o que máis lle guatase do seu museo.

José Angel Penas López e Santiago Mariñas Roa. S2 C


Man chegou a Camelle en 1961. Viña moi ben vestido e relacionábase coa xente, pero un desengano amoroso levouno á transformación total.
Man construíu un museo de pedras onde tiña a súa casa, mellor dito, unha caseta pintada de rechamantes círculos de cores pola que cobraba 100 ptas pola entrada e despois 1 euro.
Era un home delgado e alto con pelo e barba longa; un home moi san que non quería fumadores preto del. A súa única roupa durante 40 anos foi un taparrabos.
Pero Man era un home forte gracias á dieta vexetariana que levou sempre. Era ademais un bo deportista, camiñaba e camiñaba na busca de pedras e ósos de animais no monte e nadaba ata a praia de Traba.

Man debería ser lembrado polo seu amor á natureza e ós seus veciños

Miguel Vázquez e Ignacio Sánchez- 2º ESO- D


En Camelle, despois da morte de Manfred Gnadinger, decidiuse o futuro do seu museo. Case todos opinaban que hai que manter e coidar todo o traballo realizado durante 40 anos polo coñecido alemán xa que era, sen dúbida algunha, o máis importante e destacado de Camelle.
Moita xente dicía que Man era "un amigo de todos".
Un médico dixo que foi unha insuficiencia respiratoria, pero a xente dicía, convencida diso, que "o do Prestige acabou de matalo".
Man foi enterrado nun nicho cedido polo cura párroco de Camelle. os veciños e veciñas non se esquecerán facilmente del.


Tomas Mato Amboage, Borja Casal Costoya e Javier Rúa Varela. S2C

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Man forever

Chegamos ata o rompeolas de Camelle. Fálannos de Man: todo o mundo na vila semella ter clara a súa historia. "Tivo a sorte de vir a unha boa vila", dime un vello mariñeiro, imaxinando que noutros sitios tería acabado a pedradas coma moitos outros. Man está retratado nas casas con estarcidos coma se fora o Che Guevara ou Moncho Reboiras. Chegou por amor, e nos últimos tempos adoecía dunha perna. Man insultaba en alemán aos visitantes cos que se cabreaba. Algunha vez cadrou atoparse con alguén que lle entendera. "Aos homes chamáballes cabróns e ás mulleres putas", dicíame o vello entre risas. O Man tíñache un xenio venerable, seica. O seu trato era diferente para os de Camelle: "facía caridades. Cando aos homes que andaban embarcados lle chegaban cartas el traducíallas ao galego". A xente queríalle.

Non sei se admiro a este tipo, pero por algún motivo estraño resúltame estrañamente próximo. Creo que o que me interesa del é a súa capacidade de ser tan diferente e tan querido ao mesmo tempo. Que vivía independente e ceibo. Non sei exactamente por que estaba espido, nin que predicaba, se é que algo predicaba. Man nunca se preocupou polas grandes palabras. As grandes palabras púñanllas os xornalistas que o confundían co Dalai Lama. E pedra a pedra montábanse aqueles valados ao redor da súa casa. Iso si que me fascina, como a pegada do seu corpo ceibe sobre o cemento.

A costa entre Cabo Vilán e Santa Mariña é, sobre todo, emocionante. Lembro En Salvaxe Compaña, de Manolo Rivas, cando falaba do Monte Branco. Imaxinaba a típica morea de penedos de beleza moderada, e non aquela soñadora torre de area rodeada de auga, piñeiriños, caramiñas, vento e forza brava.

A Costa da Morte estaba chea de nenos. Había tempo que non vía máis de 4 xuntos. Esquecérame de que antes xogaban, xogabamos nas corredoiras. Estes eran repoludos e non deixaban de mirarnos.

Fun, fumos, profundamente feliz, felices.

Posted by magago at 10:28 PM

fevreiro 07, 2004

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Vieiros.com.- PRIMEIRA ACHEGA AO ESTUDO DA OBRA ARTÍSTICA DO ALEMÁN DE CAMELLE

A pegada de Man, Xoán Abeleira

Este libro, preparado por Xoán Abeleira, constitúe o primeiro achegamento ao percorrido biográfico e ao estudo da obra artística de Manfred Gnädinger, o chamado "alemán de Camelle". Un volume que recolle, ademais, case un centenar de fotografías a cor das obras do Museo de Man, intercalando textos críticos nos que se aborda a súa análise e o contexto artístico no que se inscriben. Unha obra que constitúe tanto unha reivindicación do artista como a reclamación da urxencia de recuperar e poñer en valor o leigado do seu museo, estragado polo chapapote do Prestige.


Nacido en Radolfzell, unha vila próxima a Friburgo, o 27 de xaneiro de 1936, o artista alemán instalouse en Camelle en 1961. Dende aquela desenvolveu alí toda a súa vida, que cobrou trazas de auténtica lenda, e que finalizou de forma tráxica o 28 de decembro de 2002, apenas un mes despois de que o chapapote do Prestige asolagase a costa galega e estragase o conxunto das obras (esculturas e pinturas preparadas, a maior parte delas cos materiais naturais e de refugallo que deitaba o mar), do seu singular Museo.

Xoán Abeleira (Maracay, Venezuela) é fillo de emigrantes galegos. Viviu en Venezuela até os dez anos, época na que a súa familia decide volver a España. Tras máis de vinte e cinco anos en Madrid, onde xa empezara a ser recoñecido non só como poeta, narrador e tradutor, senón como músico e xornalista, estabelécese na Coruña, onde reside dende 1999. Como poeta publicou as seguintes obras en castelán: Umbral del centinela, Identidades e Nueve motivos para un obsequio. Como poeta en galego publicou Animais, Animais (2001) e Magnalia (2001). A serie As aventuras de Nunavut, publicada por Xerais e ilustrada por Jacobo Fernández Serrano, é a súa primeira incursión na narrativa infantil galega. Dentro desta serie publicou: O nacemento de Nunavut (Xerais 2003), Un día de caza (Xerais 2003), O caribú namorado (Xerais 2004) e Sedna, a deusa do mar (Xerais 2005). Publicou, ademais, A pegada de Man (Xerais 2006), primeira achega ao estudo do percorrido biográfico e artístico de Manfred Gnädinger, o chamado "alemán de Camelle".

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ANA BELÉN CANTA A MAN DE CAMELLE

(13-01-2006)



O vindeiro 23 de xaneiro sairá a venda o novo disco Profundis do cantautor catalán Joan Isaac.


Neste traballo inclúese a canción titulada Manfred , cantada a dúo con Ana Belén y adedicada a Manfred Gnädinger, o Alemán de Camelle.


A Joan Isaac impresionárono as circunstancias da súa morte e compuso esta canción coma himno na honra de Man.

Manfred es una canción compuesta por Joan Isaac como homenaje a Man, Manfred Gnadinger, un anacoreta alemán que llegó a Camelle en 1961 y murió de pena tras el desastre ocasionado por el Prestige.
En esta versión de Manfred, publicada en el CD "De profundis", Joan Isaac se acompaña de la voz de Ana Belén.
Las fotografías de Joan Isaac corresponden al concierto ofrecido en las fiestas de Gràcia en 2007 y han sido realizadas por Josep Tomàs. Las fotografías de paisajes son propias y tomadas en las localidades gallegas de Camelle, Corcubión, Fisterra, Carnota, Razo y Muro.

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HEREDEIROS DA CRUS

CHAPAPOTE FRESH

I'm going to speak,
the very best,
the very best,
chapapote fresh.

I'm going to speak,
the very best,
the very best,
¿Qué carallo tes?.

Anti Cristo,
ría Cristo,
asfaltaron con fuel
o marisco.

O mar aberto
cheira a serrado,
ò responsable
había que coljalo.

I'm going to speak,
the very best,
the very best,
chapapote fresh.

I'm going to speak,
the very best,
the very best,
¿Qué carallo tes?.

En superfisie de areal,
rastrillo, pala
ou collelo ca man.
La súa atione di larga durata,
evita que se limpe fora da praia.

Morreu de pena,
ou mataron a man,
era de Camelle
ou era un Aleman.

Tranquilos chicos,
vaise a conxelar,
ai non!, perdona!,
vaise a evaporar.

O pelijorso desde lote,
jalletas e lentejas
son de chapapote.

En caso de inxestión asidental,
Chamar o servisio nasional.

Morreu de pena,
ou mataron a man,
era de Camelle
ou era un Aleman.

I'm going to speak,
the very best,
the very best,
chapapote fresh.

I'm going to speak,
the very best,
the very best,
¿Qué carallo tes?.

 

Una historia de libertad: Manfred, no olvidamos
Autor: jdelariera
Fecha: 19-09-06 23:10

No voy a contar un cuento, no es el caso, tampoco una leyenda, que tampoco lo es, tal vez un milagro, eso sí, me temo que me salgo del tema "jacobeo" aunque tal vez no, en todo caso me importa un ardite, el Camino es un camino de hombres y mujeres libres, donde debe mandar el albedrío, el Camino o es libertad o no es nada y esta es una historia de libertad, de un extraordinario caso de libertad y de consecuencia. Y también de admiración (la mía). Y de tristeza, me cago en la leche, de una nube negra, negra sombra, desde entonces, y han pasado ya unos años, vestí de negro mi vieja gaita y no encuentro motivos para cambiarla de color, no me sale, tampoco toco ya muchas muiñeiras, mi país no da ya para muchas muiñeiras.
Excusas, me voy por estribor, derivo y divago. Es la historia
de Manfred, Manfred Gnadinger, "el Alemán", que le murieron en Camelle, (Costa da Morte).

La verdad es que nadie se lo explicaba. Nadie entendía a aquel tipo, rubio y escuchimizado pero perfectamente trajeado y encorbatado, que asistía a la misa dominical de Camariñas y merodeaba por las tabernas del puerto mientras se aliviaba con unos vinos blancos. Sólo sabían que era alemán, que no hablaba mucho, y que era uno de esos "voyagueurs" que de una manera u otra acaban sus pasos junto los acantilados del fin de la tierra, es decir, un loco de remate, un colgado.

Para colmo se sabía que se bañaba semidesnudo en aquel mar
salvaje. Luego se sentaba en una roca y meditaba. Demasiado para 1962. Demasiado para aquella humilde aldea del fin del mundo.

Un día dejo de ir a misa, dejó de ir a las tabernas. Arrojó la
corbata al mar, se calzó un taparrabos que ya no abandonaría jamás, ni en invierno ni en verano, se dejó también crecer una larga cabellera rubia y apostó sus humildes aparejos sobre las
rocas, construyo una precaria choza junto al mar, y allí mismo,
mientras cien pares de ojos le seguían asombrados tras las cien
celosías de Camelle, empezó la leyenda del alemán, del "Alemán de Camelle".

Durante cuarenta años Man siguió la misma rutina: Bañarse en el Mar Océano, ya hiciera el temporal más feroz, recoger conchas, alimentarse de lo que le daba ese mismo mar, pintar las rocas y recoger todo cuanto desecho le llegaba entre la espuma, no desprenderse jamás de su increíble taparrabos... poco a poco aquel espacio ocupado por Man se fue tornando en una especie de indescriptible museo al aire libre: formas redondeadas, extraños colores sobre las rocas, todo tipo de restos de animales marinos que "el alemán" transformaba en arte, un cosmos personalísimo. A Man siempre se le veía solo y semidesnudo paseando por los acantilados,
de día o de noche, recogiendo sus conchas, sus esqueletos de sirenas, trabajando infatigable en su "museo", sonriente, callado, sereno, un día y otro, un mes y otro, un año y otro... y siguió adelante su leyenda.

Al principio iban a reírse. Man también se reía. ¡ Man tírate al agua ! le decía una recua de hí de putas que acababan de descender de un autobús. Y Man se tiraba al agua, con aquel nadar majestuoso, bebiéndose el mar. Pero poco a poco Man se fue metiendo en si mismo, iba a lo suyo. Y, también poco a poco en el pueblo también lo fueron
aceptando, era uno de ellos, ¡ Un hippie antes de que se inventaran los hippies! ¡ Un ecologista antes del ecologismo!, y le protegían de aquellos tipos descarados y en bermudas que iban a ver a Man como si fuera un mono de feria. Su historia pronto trascendió y Man era un elemento más de la Costa da Morte, exactamente igual que el Faro de Fisterra, el Santuario da Barca, el encaje de Camariñas o el Cementerio de los Ingleses.

Últimamente apenas salía de su choza (salvo para los baños rituales) y les pedía unos céntimos a los turistas impertinentes que le incordiaban en todo momento. A cambio Man les daba unos lápices de colores y un pequeño cuaderno donde pedía que hicieran un dibujo.

Y de pronto llegó el monstruo negro. El roquedal de Man, su
extraordinario museo, fue de los parajes que primero y más
intensamente sufrió el chapapote. Con toda la movida que se vino encima nadie se preocupó del extravagante anacoreta. Man lloró lágrimas negras, vagó por las rocas ennegrecidas, se le veía sentado en medio de la desolación mirando al mar. Sólo declaró a un periodista: "Estoy esperando a la última ballena, una gran ballena negra, y su gigantesco esqueleto formará parte de mi museo" (El Correo Gallego, reportaje recogiendo la tragedia del Prestige). Pero luego Man se encerró en su choza.

Después de tres días de ausencia de sus rocas, un vecino dio la voz de alarma.
Man estaba muerto. En pleno desastre del Prestige lo velaron todos vecinos de Camariñas, era uno de ellos y de los mejores. Man se murió de pena rodeado de fuel. Y ahora, si viviera, volvería a morir abrumado por los montes de Camariñas vestidos de negro. Por eso muchas gaitas, la mía también, visten de negro. Negra sombra.

Pero yo quería contar esta historia de libertad, la historia de Manfred Gnandiger, que sonreía y nadaba en una mar limpio. Y dejar claro que no lo olvidamos. "Mexan por nos e dín que chove"

Desde Galicia, abrazos, José Antonio de la Riera.


Manfred Gnädinger
Na Galipedia, a wikipedia en galego.

Manfred Gnädinger coñecido como Man (Dresde 1940 - Camelle, 28 de decembro de 2002) foi un home de nacionalidade alemá que viviu durante cuarenta anos na praia de Camelle, onde creou unha peculiar paisaxe de pedra.

Man chegou á costa galega en 1961. Viviu até á súa morte da axuda dos viciños e do que lle aportaba mostrar a súa arte nas rochas nas que habitaba (un euro por persoa no último ano máis a obriga de deseñar nun caderno o que máis chamase a atención). A súa morte, natural, vinculouse no imaxinario popular coa indignación provocada pola catástrofe do petroleiro Prestige e a maré negra que provocou.

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MAN O DE CAMELLE, DE CHELO SUÁREZ

Man el de Camelle

Man, el hombre que arribó al paraíso de Camelle
para dar vida a sus sueños.
Criatura marina varada en la espiral
dorada de un nautilus.
Intérprete de mareas, gaviotas y caracolas.
Crustáceo eternamente enraizado al arenal y a las rocas.
Ingenuo ensamblador de formas
inventor equilibrista de paisajes
visionados a través del punto de mira de una estrella.
Rastreador de pecios imposibles, traductor de las voces oceánicas.
Alma preservada en custodia de sal.
Man.
Marejada de nuestra memoria.

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Amparo Vázquez - (10-08-2007)
Fui de las afortunadas en ver su obra, hablar con él dentro de su casa ya que me invitó a entrar y escribir en su libretita.
Hasta hoy no había dado con ningún documento sobre su obra y su persona. Supe de su muerte y siempre pensé que murió de pena al ver su mar destrozado y su obra ennegrecida.
Hace una semana lo recordé en el cabo Cavalleria en Menorca al ver un paisaje del que voy a dejar una foto que hice porque me recordó su obra en Camelle.
Mi mejor recuerdo para Man

 

¡SALVEMOS EL LEGADO DE MAN!

Iniciativa Man de Camelle - (17-01-2007)

LA SEGUNDA Y LENTA AGONÍA
DE MAN DE CAMELLE


Seis años han transcurrido desde los sucesos del Prestige, la catástrofe ecológica que despertara la conciencia colectiva de Galicia y España. “Nunca Máis!” fue el grito unánime que enfrentó al apestoso chapapote que enmerdaba la costa gallega.
Con el paso del tiempo la normalidad, al parecer, ha retornado. La naturaleza se regenera, pero las vidas perdidas no retornan. En el caso del Prestige, una escuálida figura representó, sin proponérselo, el lado humano de la tragedia: Manfred Gnädinger, el alemán de Camelle, se dejó morir en su casa-museo de la Costa da Morte, abrumado por la marea negra que destruía la obra de toda su vida.

La foto del barbudo Man, llorando su desesperación pocos días antes del lamentable final, recorrió el mundo convertida en la cara visible de la catástrofe. Meses después (en marzo de 2003) el Grupo Mixto, con la participación del BNG y respaldado por el PSOE, presentó en el Congreso de los Diputados del estado español una proposición dirigida a “la conservación y difusión del legado artístico de Man”. Esta proposición fue rechazada por la mayoría parlamentaria entonces existente, con sólo seis votos de diferencia. Mientras, en las calles de Madrid, en multitudinaria manifestación, cientos de pancartas con la foto del artista proclamaban: “Man estás aquí”. El alemán de Camelle se había convertido en el símbolo de la rebelión ciudadana frente a la ineficacia oficial.

Man, el alemán de Camelle, fascina después de muerto casi con la misma intensidad conque se le rechazó en vida. Destacados intelectuales le han dedicado artículos y crónicas; la libreta “Man por Man” continúa recibiendo adhesiones en internet; el cantautor catalán Joan Isaac y la inefable Ana Belén grabaron una canción compuesta en su memoria; la compañía de teatro Diritambo le ha dedicado la obra “El arquitecto del mar”; el cineasta y político francés Noel Nameré realizó un magnífico documental sobre su vida, divulgado en la televisión francesa e inédito en Galicia; la editorial Xerais publícó un libro del poeta Xoan Abeleira que analiza su obra artística; la pintora burgalesa Rosario Palacios le dedicó una serie de interesantes cuadros, al igual que un destacado grupo de pintores baleares; Bernardo Cequera, documentalista germano-venezolano, produjo un impactante filme que reconstruye la vida de Man en Alemania y Galicia. Y así, a menudo recibimos noticias parecidas. Lo cierto es que la sola mención del nombre del artista genera interés y admiración en muchas partes del mundo.


Y mientras tanto, ¿qué ocurre con el legado de Man? En Camelle se ha contruído una casa de la cultura que lleva su nombre, pero nada hay allí del alemán. Desde hace dos años se habla en los medios, una y otra vez, de una fundación que gestionaría el legado del artista; pero nada se ha concretado aún, a pesar de haberse realizado par de encuentros de intelectuales para “reflexionar sobre el legado de Man”. Una parte de la obra del alemán de Camelle –dibujos, escritos y efectos personales- permanece almacenada en dependencias del concello de Camariñas, otra parte (catalogada por Bernardo Cequera) está en la Biblioteca municipal. Mientras, la casa-museo tiene el techo a punto de derrumbarse, sin que se le haya realizado el más elemental mantenimiento. Todo esto ocurre a pesar de que Manfred Gnädinger dejó en el banco una cuenta de 120 000 € con el deseo expreso, reflejado en su testamento, de que ese dinero se dedicara a proteger su obra: los 120 000 euros fueron a parar a manos de Hacienda, al no utilizarse en el tiempo estipulado por la ley.


ASÍ PERMANECE EL INTERIOR DEL MUSEO
La realidad es que el insólito museo de piedras que el “tolo” alemán construyera durante cuarenta años se desintegra a ojos vistas, sin que nadie haga algo material por impedirlo. Ésto lo perciben las cientos de personas que aún continúan visitando el lugar y constatan con asombro que el alemán de Camelle está viviendo, en estos momentos, su segunda y lenta agonía.

En este caso, ya sobran casi seis años de buenas intenciones y palabras bonitas. Es preciso pasar a los hechos: un deber de elemental justicia y la validez del legado artístico de Manfred Gnädinger así lo reclaman

LA INICIATIVA MAN DE CAMELLE

La idea de echar a andar la Iniciativa surge a mediados del año 2006, como una respuesta espontánea al desinterés oficial por proteger la obra de Man. Ante todo nos basamos en el insólito incumplimiento de su testamento, donde instituye "heredero de todos sus bienes, derechos y acciones, al estado español" y pide que su museo sea conservado por éste para ser destinado "ser destinado a fines culturales"; también pide en el testamento que "a su fallecimiento, su cuerpo sea enterrado en dicho museo o sepultado en el mar".

....

TEXTO DEL TESTAMENTO (ESTOS Y LOS SIGUIENTES DOCUMENTOS PUEDEN LEERSE HACIENDO CLICK SOBRE EL MISMO)

Basándose en lo establecido en la Ley 4/2001 "Reguladora del Derecho de Petición", la Iniciativa promovió una recogida de firmas para solicitar a la Xunta de Galicia actuara para preservar el legado de Man, como parte del Patrimonio cultural gallego.

http://www.mandecamelle.blogspot.com/

Más luz sobre la historia de Manfred.
lunes, 24 de septiembre de 2007


Rafael Lema nos cuenta su experiencia el pasado fin de semana en la proyección de un documental sobre Manfred Gnadinger, "O Alemán de Camelle".El encuentro sirvió para esclarecer muchos datos sobre la biografía de Man, gracias a la visita a Camelle, por primera vez, de su hermano Roland, que contó bastantes anécdotas de la vida del anacoreta.

 

anacosta.es.-lunes, 24 de septiembre de 2007

MANFRED: MÁS DATOS SOBRE SU HISTORIA.

El fin de semana los vecinos de Camelle pudieron ver un documental sobre la vida de Man, o alemán, rodado por el venezolano afincado en Colonia, Bernardo Sequera. Además, está en la localidad hasta el miércoles el hermano del artista anacoreta, Roland Gnädinger y su esposa, Waltraut. Durante la exposición de la cinta, los vecinos pudieron ver documentos inéditos de la vida del artista, en su etapa de infancia adolescencia en Bohringen, su pueblo natal de la Selva Negra, y el testimonio de familiares, compañeros de pupitre y de juegos.
Uno de los documentos filmados fue el testamento de artista, realizado en 1972 en la notaría de Vimianzo, en donde indica que deja su casa y sus bienes al Estado Español pidiendo al Ministerio de Educación y Ciencia que salvaguarde su obra. En este caso le quedaron a Hacienda 120.000 euros, pero su museo sigue en estado de abandono. Por otra parte el artista pedía que sus restos fuesen enterrados en su casa museo o arrojados al mar, algo también incumplido. En los dos últimos años de su vida trató infructuosamente que la Xunta o el Concello se hicieran cargo de su legado, pero no le hicieron el menor caso. Man estaba muy enfermo, se sentía solo y despreciado, “como un perro solitario”, y el Prestige acabó con su resistencia, dejó de medicarse, apareció muerto, convirtiéndolo en lo que más aborrecía, en un icono de la tragedia aprovechado políticamente por los que lo ignoraron.

Su hermano Roland, agradeció al pueblo de Camelle la acogida prestada a su hermano y todo el apoyo recibido por este vecino tan especial y querido en líneas generales pese a su hermetismo y a algunos episodios de tensión por su carácter especial. Roland es dueño de un taller de la Mercedes en su pueblo natal, que entonces tenia 1.800 vecinos y hoy 4.000, y recuerda cuando su hermano le pidió que le llevara a la carretera nacional para hacer autostop y correr el mundo. Roland explicó que con su hermano se carteaba con frecuencia pero “ nos prohibió visitarle, ni a sus parientes ni a nadie de su entorno y amenazó con quitarse la vida o hacer algo terrible si lo veníamos a ver”.

Man era miembro de la familia más rica de la comarca, en una época de penuria para la sociedad alemana tras la guerra, y un niño tímido y solitario que no participaba en los juegos con los demás ni en actividades fuera de la escuela. Así lo recuerdan su hermano y sus compañeros de clase en la etapa de 1942 a 1950. Además era tartamudo, y un profesor filonazi que le tenía tirria por ser rico lo insultaba siempre por esta condición, sin embargo su hermano dice que en su casa y con la familia nunca fue tartamudo. La mujer de Roland lo recuerda como un joven que paseaba jugando con un cántaro de elche al que que volteaba sin cesar mientras las niñas jugaban, por eso le tenían cierto miedo y le llamaban “el loco”. El día que Waltraut acudió a la casa grande de los Gnadinger para ver al que sería su esposo y vio a Man recibió una gran sorpresa, exclamando “el loco es el hermano de mi novio Roland”.

El episodio que más le marcó fue la muerte de su madre, Bertha, en 1951. El padre volvió a casar y su madrastra lo maltrataba. La situación económica de la familia empeoró, tuvieron que vender tierras, y un extenso bosque, por lo que se marchó a trabajar a una famosa chocolatería suiza en donde se convirtió en un destacado repostero de la casa Keller entre 1959 y 1961. En las fotos de las famosas tartas de la Selva Negra de esta casa se aprecian las columnas de cantos rodados de futura la obra de Man en Camelle. Moldeaba torres de “bolos” como si fuera pan. Allí la hija del dueño se enamoró de el pero el le contó a su hermano que “ me quiere cazar, pero yo quiero estar sólo”. El hermano le insistió, “es un buen partido, serás el jefe de la pastelería, aprovecha, pero el se negó, no quería tener relaciones tan pronto”. Desde esa época empezó a dibujar, a pintar cuadros, y a escribir aforismos y poemas, pero su hermano dice que su vocación fue autodidacta, nunca acudió a una escuela de arte o de dibujo. Hace un corto viaje a Italia para ver arte, y a su regreso opta por marchar del país. En ese tiempo dibuja torsos, rostros, y escribe pequeños aforismos de cuatro o cinco líneas, con influencias bíblicas y de poetas alemanes, sobre el amor, la muerte, la creación. En uno dice “pintar cuadros, escribir, antes de hacer milagros el discípulo ha de retirarse”. Estas ideas en breves trazos seguirán acompañándolo hasta sus días finales.


El Pais.com.-12/11/2007

REPORTAJE
El renacer de Man
Tras un lustro de abandono, se reaviva el interés por el alemán de Camelle

XOÁN ABELEIRA - A Coruña -


Manfred Gnädinger, "el alemán de Camelle", fue testarudo hasta en su muerte. Se dejó morir de tristeza para no hacerlo de espanto el Día de los Santos Inocentes del año 2002. Entregó su cuerpo a la marea negra del Prestige: la misma que había arrasado su casa, su museo, y la obra de toda una vida. Dicen algunas ancianas de la villa que, de noche y también algunos días, aún puede verse su espectro de rebelde, paseando cabizbajo, con las manos en las sienes. Sea verdad o no, ese dixomedíxome colectivo, lo cierto es que su espíritu ha seguido flotando en Camelle a lo largo de este lustro en que la desidia de todas las autoridades (Concello de Camariñas, Xunta y Gobierno de España) sumada a la ignorancia de los bárbaros dieron al traste con lo que quedaba de sus obras; y también que un grupo de "amigos de Man", gallegos y foráneos, célebres y anónimos, se movilizó para rescatar su memoria del chapapote del olvido.


"La verdadera vida de Man se sabrá cuando muera", decía de sí mismo

Camariñas edificará A Casa do Alemán para alojar lo que queda de su obra
Los frutos de esa movilización empiezan a verse ahora que el Gobierno central, heredero del legado de Man, ha cedido al Concello de Camariñas la gestión de su museo y sus bienes artísticos (absorbiendo, eso sí, vía Hacienda, los 120.000 euros que Gnädinger dejó para restaurar y proteger sus obras). El nuevo alcalde socialista, Manuel Valeriano Alonso, se decidió a tomar las riendas de un proyecto que sólo puede atraer turistas y beneficios a la Costa da Morte.

Dos hechos van a evidenciar el sábado 17, coincidiendo con el quinto aniversario del desastre, el renacer de Man. Ese día tendrá lugar el I Encontro Man de Camelle, en el que participan algunas de las personas que a lo largo de estos años reivindicaron la vida, obra, ética y arte de un hombre que sigue sorprendiendo desde el más allá. Gente con afán de implicarse como Suso de Toro, el arquitecto Juan Creus, el profesor Antón Sobral o el técnico de cultura de la Diputación de A Coruña Felipe Senén. El encuentro tiene por objetivo reivindicar la figura de ese artista marginal y automarginado, y aportar ideas que ayuden a reconvertir esa punta del fin de la tierra en lo que otrora fue: un gran foco solar.

El primer paso se ha dado: construir e inaugurar A Casa do Alemán, el centro cultural de Camelle que, en principio alojará la Fundación Man con los manuscritos, cartas, cuadros y dibujos que se conservan. El segundo está por dar, y será el objetivo de esa reunión: qué hacer con las ruínas de Man. Si restaurar su viejo museo a la manera "canónica" dejando únicamente lo que se salvó del desastre y de los vándalos, o reconstruirlo para que quede como estaba en su cénit -a partir del numeroso material fotográfico que existe sobre él y de la memoria de quienes lo frecuentaron.

Ese mismo día, la TVG emitirá el primer documental que se realiza sobre Gnädinger. Una obra de Bernardo Cequera, director venezolano afincado en Alemania, que visitó los lugares donde transcurrió la infancia y la adolescencia de Man, entrevistando a sus familiares y amigos de "aquella otra vida". El documental arroja un poco de luz sobre el enigmático pasado de Manfred. Gracias a él, ahora sabemos que no nació exactamente en Radofzell, sino en Böhringen, otro pueblecito de la Selva Negra; que su familia era la más rica de la parroquia; que de niño era tímido y tartamudeaba; que la muerte de su madre y la pésima relación con su madrastra le llevó a "enrarecerse" aún más hasta granjearse fama de loco; que dejó de estudiar, marchó a Suiza y trabajó en la Casa Keller como repostero, oficio con el que ganó varios premios; que anduvo por Italia errando hasta que un día de 1961 le pidió a su hermano que lo llevara a la carretera para hacer autostop y "recorrer mundo".

El documental no sólo no desvela todos los misterios relativos a Man sino que aporta enigmas nuevos. Muestra cuadros que pintó en su juventud, influido por la pintura simbolista. Pero ¿cómo es posible que el joven pastelero poseyera ya el dominio técnico que se aprecia en esas obras sin haber tenido contacto con las Bellas Artes? ¿Fue autodidacta o estudió en alguna academia, con algún profesor cuando visitó Italia? Lo mismo puede decirse de sus diarios -algunos traducidos en el documental-, pues sus aforismos revelan una profundidad y un lirismo propios de los románticos alemanes.

De sí mismo solía decir: "La verdadera vida de Man se sabrá cuando muera". Esa hora está sonando y, de momento, parece que el escultor eremita gana la batalla que emprendió después de muerto contra la ineptitud y el desdén. Manfred, el franciscano libertario, parece dispuesto a renacer de la negrura. ¿En qué o en quién irá a reencarnarse esta vez, él, que se creía la reencarnación de Van Gogh?


Axenciadoaudiovisualgalego.org.-Oficina de produción: Catálogo do Audiovisual Galego

MANFRED, UN NÁUFRAGO NA COSTA DA MORTE (2007)
Descrición
Quen non se formulou algunha Vez mandar todo ao carallo e desaparecer, ir a un lugar remoto onde ninguén te coñezca, desligarse de toda convención e empezar unha vida outra vez desde cero. Sen embargo moi poucos se atreven a dar un paso tan extremo. Quen o fan dividen a súa vida drasticamente en un antes e un despois, matan, enterran para sempre o seu pasado, nunca volven ao seu lugar de orixe e cortan o contacto coa familia.
Este documental intenta afondar na alma dun destes personaxes, Man, o alemán de Camelle, un traballo de Bernardo Cequera (2007). O noso personaxe rompeu coa súa “primeira vida”, unha “vida normal” e comezou unha “segunda vida extrema” como ermitán en Camelle, unha pequena vila de pescadores na costa galega. Alí viviu 40 anos sen facer caso de ningunha convención, como un anacoreta, comendo do que lle daba a natureza e da caridade dos veciños; dedicado por enteiro á arte e á contemplación. Nunca máis volveu a Radolfezell am Bodensee, a súa vila de orixe, e negouse rotundamente a que o visitaran familiares e vellos amigos. Por que? Estaba tolo? Era un místico? Fuxia? De quen fuxia, de si mesmo, do mundo que o rodeaba ou de ambos os dous? Por que quixo romper co pasado? Buscaba algo?
E finalmente, como místico e artista rachou coa razón e entregouse ao mito de buscar a iluminación a través do ascetismo. Atopou no mito o que buscaba?

Argumento
Chamábase Manfred Gnadinger, naceu en Radolfzell am Bodensee, ás beiras do lago Gnaden, onde aínda hoxe vive a súa familia. Cando morreu súa nai tiña un ano. Seu pai volveu casar. A madrasta nunca se entendeu cos fillastros e foi moi dura e humillante, especialmente con Manfred, que era un neno precoz en cuestións relixiosas: quixo facer a primeira comuñón con sete anos e con nove manifestou o seu desexo de tomar os hábitos. Parece que á madrasta lle gustaba o xogo e ía con frecuencia ao casino de Baden Baden. Manfred, influído pola ética católica, vía na súa madrasta un ser pecador e malvado.
Manfred formouse como pasteleiro e dedicouse ao oficio con gran vocación. Logo, conseguiu un posto de traballo en Zúric, nunha pastelería moi famosa. Todo ía moi ben ata que a filla do pasteleiro se namorou de el. O rapaz púxose nervioso e fuxiu deixando atrás un corazón roto e unha boa dote, a florecente pastelería na puxante cidade suíza.
Logo Mafred marchou para Hamburgo, coa intención de embarcar como pasteleiro nalgún barco e viaxar polo mundo, pero mentres esperaba a oportunidade traballou como axudante nunha cociña do porto. Un día un dos axudantes mutilou os dedos cortanto verduras para unha ensalada. Manfred renunciou enseguida ao cargo e partiu para Italia, alí conseguiu un emprego nunha escola para mozos con problemas de conduta e pintou obsesivamente a figura de Cristo.
O verán de 1961
No verán de 1961 parte cara a Galicia, España. Unha mañá chegou a Camelle, unha pequena vila de pescadores na Costa da Morte. Manfred conseguiu aloxamento na casa de Uxía Heim, alemá procedente de Alsacia que estaba casada con Alberto Baña, o panadeiro da vila. O rapaz presentouse como artista pobre buscando inspiración e Uxía conmoveuse por aquel compatriota quixotesco con cara de neno que tiña a mesma idade de seu fillo menor, 22 anos. Despois dun desencontro amoroso, aquí empezou Manfred Gnadinger a segunda vida, aparentemente rompeu coa razón e consagrouse por enteiro ao mito, encerrouse en si mesmo e instalouse na beira tormentosa da Costa da Morte, preto das pedras onde rompen furiosas as ondas gran parte do ano. Primeiro levantou unha tenda con tea vella de vela. Máis tarde armou unha casiña con madeira. Logo, púxolle algunhas paredes de ladrillos e a chamouna o seu “museo”. E alí fronte ao Atlántico viviu corenta anos dedicados á arte, como Robinson Crusoe nunha illa europea, facendo esculturas con obxectos recollidos na beira do mar.
Nun xardín que limita coa agua creou unha xeografía gaudina, unha cidadela para defenderse da realidade, para vivir rodeado da súa fantasía. A súa casa converteuse nun “museo” da súa “modesta” arte, pois a súa “grande” arte foi a súa vida, foi un artista de performace exitencial, un living paiting. Non importaba que temperatura houbese, “Man” como o chamou a xente da rexión, sempre andaba descalzo e vestido con taparrabos, coa súa longa barba despeiteada. Seguía parecéndose ao Cristo que colga na Igrexa.
O 13 de novembro de 2002, comezou a traxedia que levaría a Manfred Gnadinge á morte, tamén á transcendencia. O tangueiro Prestige navegaba fronte a Fisterra con mar picado. Tres días despois, chega a primeira ondada ao xardín de Manfred. As imaxes de TV amósano co petróleo ata os xeonllos deambulando sen rumbo entre aquel “excremento do demo” que lixaba a súa arte, 40 anos de traballo, as súas amadas esculturas de pedra, o seu querido xardín. A raíz desta traxedia, Manfred caeu nunha fonda depresión e a súa saúde, xa quebrantada, deteriorouse rapidamente. O 28 de decembro, día dos Santos Inocentes, foi encontrado morto dentro da súa casa.
Manfred foi un náufrago que xamais abandonou a illa europea e sempre viviu nunha das súas costas: Radolfzell, Zúric, Hamburgo e Camelle. A paisaxe marítima nas súas diferentes versións será a escenografía deste documental, que comezará ás beiras do lago Gnaden, en Radolfzell, e rematará ás beiras do bravío Atlántico onde a vista se perde no horizonte. Outros elementos de Radolfzel son a casa da súa infancia e mocidade, a escola e a igrexa de “Herrenpatronen”, o convento de Sankt Gallen, die Mooser Wasserprozession e as fotos familiares e de arquivos.
En Camelle, a casa-museo de Manfred, o porto, a igrexa do Espírito Santo, a procesión marítima da Nosa Señora do Carme e fotos familiares e de arquivo.


Observacións
Música: Grupo “Anacos de Buxo”, Xurxo Fernández Fernández, Pedro Álvarez Fariñas. Estrea en Galicia documental o 17/11/2007

 

Laopinioncoruna.es.-29 de decembro de 2008.-

O labirinto do alquimista
San Man de Camelle entre os Santos Inocentes


por FELIPE SENÉN (MUSEÓLOGO E TÉCNICO DE XESTIÓN CULTURAL)

Foi un ecoloxista integral. Pra vivir non lle cumpría máis que horizontes de Terra e Mar, froitos que manxar e un taparrabos por aquelo das imposicións sociais. Era o "Alemán de Camelle" , Manfred Gnädinger, que algúns se empeñan en confundir cun Robinsón, coa reliquia dun precursor hippie, o primeiro e o derradeiro que preferiu seguir o seu camiño ascético, á artificalidade das moquetas, ó aire acondionado, ó tafilete, ós coches, ós tics, ás poses, á verborrea inutil, á anestesia das liturxas e ás delicias dos aduladores... Tampouco sobran os que teiman en trocalo cun extrano pirado ou unha pintoresca anécdota. A historia de Man, aínda que somella un conto de Nadal, parte do oscurantismo fisterrán, nono é. É unha lección que endexamáis debe esquecerse, para aprender e non vivir condenados a repetila. Ogallá se poñan os medios sen contradicións.

Dende o 1961, dos Kennedy, Beatles ou Marylyn Monrroe e daquela Galiza grís e de medos, Man elixeu para gastar a súa xuventude e madurez, a súa vida, un dos lugares máis fermosos e apartados nos confíns do Vello Mundo, Camelle. Aquí a historia, os mitos e as lendas baten co mar e contra os cons. Non quixo máis que un rincullo de coios e algas na extremeira do porto, encrucillada de ventos a rezar, e unha edícula cuberta de vidro para aproveitar a enerxía natural, non máis que dous por dous metros cuadrados inundados de luz e cor, para acollerse na noite. Con canto devolvía o mar, redes, madeiras, ferros vellos, tocóns carcomidos... Man improvisaba esculturas de arte pobre; coas pedras e a vexetación mariña, alí onde non molestaba, erguía un coio pequeno sobre outro maior, arte da terra e do mar... e cando tiña pintura dedicábase a dignificar con secuencias de circunferencias as obras portuarias ou as medianeiras feitas pola ignorancia na que se sume e esperpentizar a cultura tradicional.

A Man deixábaselle facer, como se deixa que as ondas do mar segan a bater, que planee a gaivota, brinque o arroaz ou que medre aquel caravel mourado nun buraco da salitrosa peneda. Na taberna moitas veces falábase del, e concluíase que non molestaba. No fondo sabíase que a súa soedade acompañaba e consolaba.

Moitos esquecen parte do calvario elixido por Man, si queren sábeno os seus viciños: as obras do dique, os infundios, as construccións viciñas... Seu escuchumizado corpo dun Cristo era como un mapa topografado. Pedía creatividade: unha libretiña e lapices de cor "debuxe e poña sua idade, nome e profesión..." e ninguén saía do seu interactivo Museo sen entregar o que Man pedía. Durante moitos anos, moitos, moitos amantes da Costa da Morte, entregáronlle a Man a incógnita dos garabatos que solicitaba.

Pero anuncíabse o inverno aquel, que se avivou nun 13 de novembro do 2002 para repetirse a historia, cando un gastado buque de arrogante nome Prestige, cargado do ouro negro da contemporaneidade atopou co mar das nosas fisterras e co ir e vir das realidades do país. A arrogancia das riquezas deu coa trabe de alquitrán que dicían as máis antergas lendas, fendeuse e a masa negra e viscosa invadiu a beiramar galega para apozar no santuario natural de Man. Non esqueceremos nunca aquel día, e aquela sentida foto de Man coas mans apretando a testa, un dos iconos do noso tempo. E serao máis na medida da maduración da conciencia, cando se entenda que Man non morreu polo seu, morreu por que xa non eran seus tempos e a súa natural esperanza quedou enchapoteada. Morreu de tristura e foi nun día dos Santos Inocentes, corte celestial na que estará si é que a hai. O fatum que dirixe as vidas, somellaba escrito. A realidade supera a toda fábula, e sobre este acontecer seguimos a construir e desfigurar mitos.

A historia non remata aínda, continúa. Sabeo ben quen máis persiste no tema, con ética e estética, o cubano-galego Manuel Sanchez. Man deixou todo o seu e unha conta de 120.000 euros para todos e todos interpretamos a cousa como nos peta. Súmáronse outras dádivas. O caso e que pasaron os anos, que houbo chamadas de atención para protexer no seu sitio e coa súa filosfía aqueles escenarios desta historia. Moitos nos avergoñamos de velo así, pese a tanto presuposto reparador a partir da catástrofe, da Burla Negra e do berro solidario, negro e azul de Nunca Máis. Non foi así pese a ofrecerse medios materiais e personais. Aquel panteista, franciscanísimo rincullo foi expoliado, maltratado, abandonado... e o peor pode ser que se endomingue, liturxice e mercantilice aquela filosofía ecoloxista, NATURAL de Man. Pese ó tristeiro estado de destrucción en que se presenta a auténtica casa na que viveu e morreu Man -e namentres algúns se xuntan novamente nun Salón de Plenos do Concello de Camariñas, con acto seguido na Casa da Cultura"de Camelle, para delucidar o seu futuro- damos tregua á esperanza. Por eso mesmo aquece agora repetir o xa dito, para aprender, aquela parabola desoutro Cristo que "morreu do mal dos bos e xenerosos", entre as soidades do desterro, Castelao, a do arboriño que naceu, tan fermoso, para dar froitos... protexéuse por estacas... e as estacas prenderon e o arboriño secou.

Joseph Brandt - (01-01-2009)
El Man que yo conocí

Recollido na Libreta de Man,

en finisterrae.org


No hay trampa ni cartón, ni leyenda en la vida de Manfred Gnädinger, el alemán de Camelle. Los exégetas de su parca trayectoria vital quieren convertirlo ahora en un personaje de ciencia ficción; quieren elevar a los altares a quien dio ejemplo de bonhomía y de ingenuidad y fue manifiestamente contrario a airear su vida. Atribuyen su muerte al efecto Prestige; es decir, Manfred murió desolado por los efectos del crudo invasor de su territorio. Como diría un italiano, se non è vero, è ben trovato. Aunque es bien cierto que vamos necesitando la creación de mártires de la contaminación para justificar sin remordimientos la lucha contra el deterioro medio ambiental, y si me apuran, contra el aún dubitable calentamiento de la Tierra por efecto de los gases que produce el hombre con sus máquinas.
Conocí a Man a principios de los años setenta. La posibilidad de entendernos en su lengua nativa abrió entre nosotros una franca amistad de esporádica frecuencia, pues estaba condicionada por la distancia física que nos separaba y por el trabajo. Nos entendimos tan bien, y él depósito en mí tanta confianza, que no dudó en pedir mi ayuda cuando fue desalojado de su museo y retenido por la autoridad bajo sospecha de espionaje.
Man no guardaba secretos. Era un perfecto anacoreta encajado entre piedras, habitante de un pueblo abierto al mar, pero cerrado al continente por tener una muy deficiente red de carreteras. Pasamos horas charlando sobre lo divino y lo humano dentro de su fría y desapacible chabola. El cicatero espacio de la vivienda que levantó con sus propias manos, y el accidentado y rocoso entorno de la Costa da Morte eran su cosmos personal, del que salía en raras ocasiones para viajar a Alemania a comerciar con sus ingenuos, pero originales, diseños. No sé si me dijo la verdad, o si buscaba con ello una explicación a su vida cuando me comentó que el destino de sus formas geométricas era la industria del diseño. Había quien se las compraba para estamparlas en ropa de nueva creación o en los más variados objetos.
El día en que nos vimos por vez primera Man me recibió de mala manera. Se mostró arisco y cerrado al diálogo, pues se creía que era yo un enviado de la autoridad que iba a espiarle al interior de su cosmos. Pero pronto se dio cuenta de mi verdadera identidad, de mi franqueza, y de que mi presencia en su chabola no tenía secretos y mucho menos torcidas intenciones. Hablamos mucho en aquel primer encuentro; me dejó fotografiarle, y también pude tomar fotos de la chabola, pero no de las rocas que la rodeaban, con las que ya comenzaba a construir su obra artística. No me dejó hacerlo. Usaba para sus esculturas los desechos que el mar devolvía a tierra: botellas, cestas, cuerdas, etc.
Ya en mi primera visita me mostró una libreta en la que escribía una especie de aforismos. Me los leyó él mismo, sin dejarme otear en las hojas, no sé porque razón. ¿Tal vez cometía faltas de ortografía? Después me pidió que dejara escrita mi impresión sobre él y su incipiente museo. Pero no recuerdo ahora si llegué a hacerlo, o si, en efecto, estampé en las hojas limpias de su carpeta unas palabras de amistad.
Después de aquella visita nos vimos un par de veces más. En la última, a finales de los años noventa, su museo había aumentado de forma considerable. Todas las piedras del entorno de la chabola de techo acristalado estaban transformadas en obras del artista. Man, como ya lo hiciera conmigo veinte años antes, pedía a los visitantes que expresaran su opinión sobre las piedras transformadas en obras de arte y sobre su autor.
Esta vez me recibió con cierta frialdad. No sé si fue porque la humedad del ambiente se calaba honda en su cuerpo malvestido con el sencillo taparrabos de siempre, o por otra causa. Pero de su comportamiento deduje que ya se sentía un artista hecho, con derecho y admirado. No obstante hizo conmigo una excepción: me acompañó por todo el recorrido de su museo, e incluso se avino a recordar nuestros pasados encuentros. No quiso detenerse mucho en hablar del lamentable caso de su detención por la Guardia Civil. Había pedido entonces mi mediación para que lo dejasen en paz y en libertad en su pequeño territorio costero de Camelle. Según sus propias palabras, lo acusaban de utilizar el muelle del pueblo para llamar la atención de barcos enemigos. Creen que soy un espía pagado por un país opuesto a España –me dijo-, y que por eso pinto círculos en las paredes del muelle para identificar objetivos. Le ayudé hasta donde pude, pero pronto supe que la realidad de su detención tenía como finalidad desalojarlo de un espacio francamente inhabitable, situado a la vera del mar y junto a un muelle. No era sitio para tener una vivienda.
El círculo fue el leit motiv de toda la obra de Man. Círculos de todos los tamaños, vacíos o rellenos de color, decoran y hasta envuelven el territorio vital de este alemán que vivió en Camelle durante más de treinta años. El círculo para él no es sólo el origen de la vida, sino la vida misma. Todo es redondo -me decía en uno de nuestros encuentros-: la Tierra, los astros, el universo. El mismo ser humano se mueve dentro de la redondez de un círculo que comienza a formarse cuando se nace y se cierra con la muerte. El círculo lo cierra todo; cualquier figura geométrica encaja dentro de él: una pirámide, un rascacielos, un país, un bosque. A todo puedes trazar un círculo a su alrededor.
Man hacía del círculo toda una filosofía personal y lo utilizaba con generosidad en sus inventos artísticos y en sus diseños comerciales. ¿Fue un bendito anacoreta, de extravagante obra y figura, o tal vez un sagaz quijote en el Camelle culturalmente árido de aquellos años sesenta en que él lo pisó por vez primera?
Nunca quiso hablarme de su fracaso amoroso, del cuento de amor romántico que por el pueblo ya entonces circulaba intramuros. Dicen que se quedó en Camelle prendado de una joven con la que mantuvo una cierta relación, y que al dejarle ella para casarse con otro entró en una especie de deliríum trémens aminorado por el afecto que desde el primer día le dispensaron los vecinos, a los que arreglaba sus aparatos domésticos por un par de perras gordas. Sea o no veraz esta historia, el caso es que el carácter solitario de Manfred, a veces escabroso como sus esculturas, podría haber sido alimentado por una fracasada historia de amor. Él mismo se metió voluntariamente en un círculo del que nunca pudo o no quiso salir. Fue, pues, principio y fin de su propia filosofía.
Debo decir que en el fondo Manfred era un bendito. Su cuerpo macilento, del que siempre pendía un raído taparrabos, deambulaba antaño por la pequeña finca-museo como quijote entre molinos de piedra. En la forma y en el fondo fue un hombre de bien. Fue arisco, pero tratable; agreste, pero caballeroso; también ceñudo. Mas sabía comportarse con gran sociabilidad cuando hablaba con personas de su nivel. Por eso permanecerá siempre en nuestro recuerdo. ¡El alemán de Camelle!
Joseph Brandt


Contacto: enarte@jazzfree.com

 

Antonionodar.com

Carta a Man

Manfred Gnädinger,
O Aleman de Camelle
Cementerio de Camelle.

Desde niño siempre escuche hablar de ti.
Al lado de la lareira esas noches de invierno interminable,
de un aleman, que se habia instalado en un trozo de roca al lado del mar en Camelle.
Tiempo mas tarde cuando me acerque al lugar descubri un mundo de formas
y el sentido por el que la gente te describia un pouco toliño.

De uno de los lugares mas inhospitos del planeta habias hecho tu jardin,
lo que el mar te entregaba tu lo recogias
y nos contabas un cuento visual, que iba evolucionando con el paso del orballo,
las inclemencias de los temporales y el vandalismo de la ignorancia.

Cuando, ya mayor, escuche la noticia del hundimiento del Prestige,
lo primero que pense fue en ti,
en que esta vez lo que el mar te entregaba eran los titulos finales,
que seguramente solo tu intuias.
Que el hombre en su afan depredador acabaria destruyendo la libertad de tu espacio a traves del mar.

Te fuiste cuando se inundo tu jardin y tu vida,
era el ultimo brochazo a tu libertad,
el chapapote ahogo tu fantasia para siempre.

Man, quedate donde estas,
las noticias que me llegan son poco halagueñas,
parece que ahora van hacerte una casa nueva y restaurar tu jardin.
Que no te extrañe que al lado pongan un coche de helados,
una tienda de souvenirs,
y en un afan realista se les ocurra hacer un molde de tu enjuta figura.
... Man, aquel espacio sin ti es inerte, tu eras el mago que lo cristalizaba.
Me queda el recuerdo de haber charlado contigo sentado en tu jardin,
entre tus blocks, mi leica y la musica de las olas,
la charla se ha diluido con la friccion del tiempo pasado,
los recuerdos verbales son oscuros,
y algunas imagenes, que nunca te hice llegar en vida.

....me queda sobre todo la esencia de haber comprendido que cada ser humano es prisionero de su propia libertad y la tuya eran aquellas rocas.

Desde este lado de la barrera todo continua igual,
chove como sempre
........e alguas veces hasta che fai un sol do carallo.

Antonio Nodar.

(Na web de Antonio Nodar, pódense ver 51 fotos de Man e o seu hábitat, o seu museo)

 

La Vozdegalicia.es.-10-maio-2009.-Entrevista | Juan Creus Andrade

Arquitecto
«La casa de Man es una obra pop de la arquitectura contemporánea»
Creus y su estudio han logrado premios nacionales e internacionales con diferentes trabajos, entre ellos la obra de la nueva lonja de Fisterra, que expone en Nueva York

Juan Creus, ayer, frente a la casa de Man, sobre cuyas posibilidades hablará hoy en CamelleAutor de la imagen: | ANA GARCÍA

Autor:
Eduardo Eiroa

Fecha de publicación:
10/5/2009
Juan Creus Andrade (Cee, 1966) participa hoy en Camelle -a las diez de la mañana- en el foro de Man con una charla sobre la vivienda del artista alemán. Creus es arquitecto. Empezó a trabajar en 1992 con Manuel Gallego Jorreto, para montar, unos años más tarde, su propio estudio, Creus y Carrasco, con su mujer, Covadonga Carrasco. Desde mediados de los años 90, el estudio, situado en el casco histórico de A Coruña, ha desarrollado proyectos públicos y privados, algunos de los cuales han obtenido importantes reconocimientos.


-¿Qué se puede hacer para recuperar la casa de Man? -Yo por ahora no tengo ningún encargo oficial oficial sobre ese tema. Propondré que se haga un plan integral, que afecte tanto a la caseta como al entorno y al museo. En 1996 ya hicimos algo para una revista. Hicimos un levantamiento topográfico y Man accedió a que entrásemos en su casa. -

¿Qué se puede hacer con lo que queda en Camelle?-Como toda obra, hay que conservar lo que tiene de interés y completar lo que falta. Ahora hay que reparar la cubierta, que se está desmoronando, y cubrir con vidrios algunos huecos en los que se han roto.

-¿Algún plan? -Lo lógico sería ponerlo todo otra vez en su sitio y pintar las fachadas, sobre todo la norte y la oeste.

-¿Y hay material para recuperarlo todo como estaba? -Hay muchísimo. Se puede dejar la casa tal y como estaba, el problema es a qué época remontarse.

-¿Y se podrá abrir al público como museo? -Él, al final, no dejaba entrar porque estaba todo lleno de cosas. Mi idea es que el público no entre, que se pueda mirar desde fuera a través de los huecos de la fachada.

-¿Cómo está el legado? -Hay un montón de obra pequeña destruida, esparcida por el suelo de la caseta. Últimamente, con Vari Caramés, estuvimos descubriendo cosas de Man. Tenía fotos muy buenas. Además de la locura y del hombre primitivo, había cierto interés artístico en sus trabajos. Tiene obra gráfica muy buena y también la casa lo es. Para mí es una obra pop, hippy , de arquitectura contemporánea. Como artista tiene interés. Me atrae, por ejemplo, que, aunque viene de fuera, toma como suya la identidad del lugar. A pesar de su apariencia estratosférica o de marciano, hay algo autóctono en él. Si hubiese vivido en otro paisaje habría hecho otra cosa.

-¿Lo de la arquitectura le viene por vocación? -Yo iba para capitán de barco, porque me gustaba mucho el mar. En Cee, en el instituto, influyó mucho en mí un buen profesor de dibujo que tuve, Enrique, que me metió el gusanillo. En COU no sabía si hacer Náutica o Arquitectura. Estoy contento con la decisión que tomé.

-¿Por qué decidió montar el estudio en A Coruña? -Porque si me quedaba en Cee lo más probable es que tuviera que sobrevivir haciendo cosas que no me gustaban.

-¿En qué proyectos andan metidos ahora? -Tenemos un proyecto en Lira, el centro de interpretación de la reserva marina de Lira, en la lonja vieja. También estamos arreglando el centro Torrente Ballester, en Ferrol, y rehabilitando un edificio para un hotel en Santiago. También algunas viviendas, nueve naves industriales en Mos para el IGVS, un centro de interpretación de la madera cerca de la Escuela de Arquitectura de A Coruña y también la torre de 80 viviendas encargada por Caixa Galicia en A Coruña. -No les falta el trabajo, por lo que se ve. -La verdad es que no me puedo quejar.


lunes 12 de abril de 2010

CAPÍTULO III: MAN DE CAMELLE

Publicado por Cronopias
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EU , MARIÑA, SER DE AUGA,VIN O QUE A MAIORÍA DOS HUMANOS NUNCA PODERÁ VER. MAN SURCOU O UNIVERSO PARA CHEGAR ATA AQUÍ.NAVEGOU POR ESA NEGRA NOITE ENXOIADA DE OLLOS QUE SON AS ESTRELAS. PROCEDÍA DUN PLANETA DA CONSTELACIÓN DE CASIOPEA.ESTO NON É NADA RARO. AS VISITAS DOS SERES DE FÓRA ESTÁN REXISTRADAS NOS LIBROS MÁIS ANTIGOS. OS AMORES ENTRE SERES MARIÑOS E SIDERAIS, TAMÉN.
DIN QUE OS PEIXES NON TEMOS MEMORIA, PERO MENOS TEÑEN OS HUMANOS QUE XA NON LEMBRAN AS ANTIGAS APARICIÓNS DE SERES DO ALÉN (¿ANXOS ?) NOS SEUS VIMANAS OU MER-KA-BAS.


MAN VIAXOU ATA AQUÍ EXCITADO POLAS NARRACIÓNS DOUTROS CASIOPEOS QUE LLE FALABAN DUN PLANETA AZUL MARABILLOSO (CHAMADO TERRA E NON AUGA COMO SERÍA O NATURAL) ,UN PLANETA CHEO DE VIDA ,DE SERES DIVERSOS E FASCINANTES TAN ENTRELAZADOS ENTRE SÍ QUE SEMELLAN UN FERMOSO TAPIZ CHEO DE INFINITOS DETALLES.
O SEU ESPÍRITU AVENTUREIRO TROUXOO ATA AQUÍ.
CAMELLE FOI A SÚA ÍTACA E AQUÍ DECIDIU QUEDARSE.

PARA DISIMULAR A SÚA CONDICIÓN ALIENÍXENA, CHAMOUSE A SÍ MESMO MAN (O HOME UNIVERSAL). O SEU CORPO FOISE ADAPTANDO AS CONDICIÓNS DE VIDA NA TERRA .

A IMAXE QUE APARECE AQUÍ DELATA CLARAMENTE A SÚA VERDADEIRA NATUREZA.¿VEDES AS ÁS NAS SÚAS COSTAS?SON A PROBA IRREFUTABLE DA SÚA CONDICIÓN ALIENÍXENA.


CESAR ANTONIO MOLINA APÓRTANOS A SÚA VERSIÓN DE CÓMO NACEU ESTA IMAXE :

"Un día le invadieron su territorio. Las máquinas, para construir el muelle de abrigo, arrojaron hormigón y cemento. ¿Cómo podía luchar un artista contra estos monstruos? Se colocó pacíficamente delante de ellas, luego tumbó su cuerpo desnudo sobre la masa gris, aún blanda, y garabateó: Man (Hombre). ¿Puede existir alguna performance más inquietante, original y verdadera? Con este gesto Manfred construyó una obra maestra: su autorretrato y el autorretrato de la humanidad. Pocas obras de arte me emocionan tanto".

Man, un artista sin mérito
VIVIR SIN SER VISTO
Publicado por Cronopias

A Man de Camelle por Isabel de Rueda

http://delamemoriaerrante.blogspot.com/




EL AUSENTE


Llegar como extranjera a estos azules
nebulosos de brumas, y encontrar
la extensión de mi cuerpo en la chabola,
la extensión de mis dedeos en esa piedra,
o en esa raída concha que anida
mansamente en tu casa.
abrazarme
a esa sola locura ya emprendida
de avistar
cual lilas las paredes, a ese solo
crepitar silencio, el fuego, el delirio...
y fornicar
como solo fornican los ausentes.
EL AUSENTE II

Mi casa es esta piedra ¡miradla!
este trozo de alambre o esta concha
que bordea la costa,aquí en Camelle. Poseo
la riqueza del hombre que desnudo
sin ropa se sustenta,
y esa luenga barba y estas ansias
de infinito en las manos.



MAN


Por favor, dejadme, no veis,
la marea es negra
y arroja por su sangre el esqueleto
de todos los colores destruidos.
para qué abrir los ojos,
si cubierta
de alquitrán mi alma no sabe
de luces ni armonía,
si me faltan tendones y no tengo
saliva, ni músculo, ni entrañas.
Para qué mirar, decidme,
si el túnel de la noche me acordona
y el verbo es en mi rostro una postilla.
Por favor, dejadme.
Yo también como el Prestige me he hundido
¡No os dais cuenta que estar loco

no es bastente para un muerto.


Literatura

http://www.cubaencuentro.com.-De los peces rojos a las manchas negras

Esta novela conjuga dos naufragios: uno naval y otro humano. La catástrofe del Prestige en la costa gallega y el naufragio de un policía madrileño en el mundo de las drogas

Luis Manuel García Méndez, Madrid | 29/07/2011


Bajo el sello editorial Algaida acaba de aparecer La mancha negra(Sevilla, 2011, 248 pp.), última novela de Manuel Sánchez Dalama, que obtuvo el XIV Premio de Novela Ciudad de Badajoz, 2010. Una novela que marca el final de un ciclo o el inicio de otro, según se mire.

Licenciado en Economía y técnico en periodismo, Manuel Sánchez Dalama (Santa Clara, Cuba, 1951), ingresó a los 17 años en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y a los 20 fue condenado a seis años de prisión en la fortaleza de La Cabaña. Emigró a Galicia en mayo de 2000, con la firme voluntad de escribir lo que no había escrito en los cincuenta años anteriores, pero ni una palabra sobre Cuba. Y comenzó a reunir información para escribir una novela que se desarrollara en la Galicia del siglo IV AC, pero los caminos de la literatura, como los del Señor, son inescrutables.

En 2004 apareció Peces rojos en la lluvia (Ediciones Noroeste, Santiago de Compostela, 2004, 208 pp.), cuyo hilo narrativo es el diario que escribiera en la prisión de La Cabaña, con flashbacks a su infancia y su primera juventud entre los años del batistato y los primeros de la revolución, y que cierra con los sucesos del Mariel en 1980 y una coda lejana en el Madrid del siglo XXI. Lejos de la heroicidad, el protagonista es un hombre vapuleado por la historia que intenta sobrevivir a la epopeya y las miserias de su tiempo. El propio Dalama afirma que “el problema básico de Fernando no es que él no quiera a la revolución sino que la revolución —con su férrea intolerancia-- no lo quiere a él. En este sentido la novela es, también, una defensa del hombre”. Desde ese punto de vista, podría ser la historia toda del exilio.

El santaclareño que no quería escribir sobre Cuba publicó en 2009 Hasta el fin del mundo (Vigo, 175 pp.), un libro de tránsito que nació de su recorrido por el tramo final del Camino de Santiago y después hasta Finisterre, “donde los peregrinos de la vieja Europa remataban un largo viaje siguiendo el curso de la Vía Láctea, lavaban su pasado en el frío mar, quemaban las ropas usadas, asistían a la puesta del sol y emprendían el impredecible regreso a su lugar de origen” y el Monte Pindo, “El Olimpo Celta”. Un concierto de los Valdés, Chucho y Bebo, completó la trama que gira alrededor de un joven abandonado por su padre, un viejo pianista, y es engañado por su mujer y por sus amigos en una lejana referencia a la vejación de la tumba de Gonzalo Castañón por los estudiantes de medicina en el siglo XIX. Las relaciones entre política, poder, libertad y (des)amores filiales centra esta historia que se desplaza como un largo camino de Santa Clara a Finisterre pasando por Santiago.

Por fin, en 2011, La mancha negra gira alrededor de la realidad española, aunque lejos del siglo IV AC.

Esta novela negra conjuga dos naufragios: uno naval y otro humano. La catástrofe del Prestige en la costa gallega, y el naufragio de un policía madrileño sumergido en el tenebroso ambiente de las drogas en la capital. Ambos se anudan al final por el destino de Manfred Gnädinger, Man, “el alemán de Camelle” que edificó en la Costa da Morte su propio museo de piedra junto al mar y que pregonaba su peculiar credo naturista.

Una historia de frustraciones personales, ambición, lucro, violencia y poder, redimidos de alguna manera por los sueños extraviados en la adolescencia, por una percepción alternativa de la realidad, un mundo posible o probable menos sujeto a los dictados de la codicia y el hedonismo, y por la generosa actuación de los voluntarios que recuperan la costa de la tragedia ecológica.

Alrededor de Ángel Bravo, el policía afincado en Madrid, giran un confidente toxicómano, un policía ciego por un atentado de ETA, mafiosos, policías y un matrimonio tan maltrecho como el Prestige, ese buque obsoleto, con bandera de Bahamas, armador griego y propiedad de una empresa liberiana, que continúa navegando a parches de codicia y desinterés criminal por el medio ambiente. Un buque que transporta petróleo con alto contenido de azufre aunque su lugar ya estaba en el desguace. Tan sórdido como los bajos fondos de Madrid, en este mundo se mueve el capitán Mantouras, dispuesto a transigir con las condiciones del barco y la carga, porque su única vida posible es la mar.

La mancha negra resuelve con habilidad las subtramas que trenzan la historia, consigue las atmósferas en que se mueven los personajes y subraya el dramatismo del naufragio tras un acertado contrapunteo entre autoridades marítimas, políticos, armadores y aseguradores, en medio de los cuales, como víctima en lecho de Procusto, el capitán es lentamente desmembrado.

Los dos disparos del agente Bravo que desencadenan toda la acción de la segunda subtrama no son, quizás, demasiado convincentes, al tratarse de un policía con amplia experiencia y que se mueve desde hace mucho en el submundo del narcotráfico, pero a partir de ese momento los acontecimientos se encadenan con acierto de acuerdo a las leyes de la necesidad narrativa. También resulta prescindible su impulso homicida final, cuando en la cárcel se anudan ambas historias, y no diré más para no arruinar la sorpresa a los lectores.

La estructura de la novela es consecuente con las normas del género y los acontecimientos se mueven con agilidad y sin apenas codas o remansos hacia su solución, algo que los lectores agradecerán. Se echa de menos, quizás, un trazado sicológico más completo de Man, de los protagonistas y del ex policía ciego, aunque quizás no sea precisamente eso lo que esperen los lectores de género, y mi percepción no pase de ser una deformación profesional.

Si en sus novelas anteriores el autor apelaba a una estilización de la norma lingüística cubana, en La mancha negra consigue una textura del idioma equidistante, una suerte de norma neutra con una precisa administración de los localismos, de modo que la intelección es inmediata y fácil para cualquier hablante de la lengua. En qué medida ello resta posibilidades a la riqueza del idioma y en qué medida es un acierto poner el lenguaje estrictamente al servicio de lo narrado, es algo que cada lector deberá juzgar por su cuenta. Ciertamente, cumple eficazmente su cometido, sin innecesarios “exabruptos poéticos” o prescindibles cambios de tono que con frecuencia obstaculizan la lectura. En cualquier caso, a lo largo de sus 248 páginas se percibe una voluntad de alcanzar y mantener un tono que facilita al lector el disfrute de la trama.

En el presente globalizado, donde la información viaja a una velocidad sin precedentes y el español recobra la universalidad del Siglo de Oro, esta novela no solo busca un espacio argumental común, que puede ser de interés para cualquier lector, sino que consigue un lenguaje que facilita este proceso y subraya los términos ya casi globales del contrato entre los lectores y las fórmulas de la escritura.

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